Ante el ataque feroz con ese arma destructiva del virus que se propaga como una peste lacerando a la humanidad, no queda otra respuesta que la Eucaristía y la oración.
Por nada del mundo la Iglesia debe cerrar las iglesias ni la asistencia a los necesitados. Es decir, no debe renunciar la sacramento del amor ni al ejercicio del amor. Esto es lo que el enemigo del Amor está deseando que suceda. Es más, en esta enfermedad contagiosa del coronavirus el Maligno ha tenido mucho que ver.