
Ya lo mencionó san Pablo (2 Tes 1-12), al referirse a ciertos tiempos en que se aparecería el Anómos (en griego: ho ánomos), el hombre sin Ley. (Ah, entiéndase: varón o mujer).
Es sorprendente el empeño ilógico del ser humano por hacer lo que no puede, no debe o está prohibido. El que algo reúna esas características, que éticamente obedecen a que no le convienen para su ser personal y a salvarla de los peligros que le asaltan por el hecho de existir. Y por eso mismo, llama la atención ese desear lo que va en su contra, lo que le perjudica, e incluso, aparece como un acicate o motivo estimulador para perentoriamente realizarlo.
«Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. (…) El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud«, se dice en el Vaticano II[1].
Nuestra conciencia nos empuja hacia una libertad responsable, en la que debemos procurar traducir en una vida de fe nuestras convicciones religiosas. Y en una época como la nuestra, defendamos la vida física de los seres humanos, pero sobre todo la vida espiritual.
El hecho moral es una realidad que parece no existir, es metafísica, un intangible carente de aprecio e importancia. Seguir leyendo «La ausencia de moralidad» →
