El futuro revolucionario inminente

Años atrás el papa Francisco mandaba un mensaje a los grades de Davos: «La tecnología debe proteger la vida».

Es obvio que los avances científicos y tecnológicos, de todo tipo, cada vez son más rápidos y numerosos; en una aceleración exponencial. En muy pocos años, ¿quince o veinte?, en el mundo se producirá una revolución, en todos los sentidos.

Si tal y como se prevé se producen hechos, entre otros, como el descubrimiento de una energía barata (como el reciente logro: el ‘autocalentamiento’ de la materia en estado de plasma mediante procesos de fusión nuclear), el fenómeno de la inteligencia artificial (entre las muchísimas utilidades están en que los robots harán las funciones de cuidadadores de las personas mayores o imposibilitadas o de «animales de compañia» para combatir la soledad, etc. Y, ah, el riesgo de que con el tiempo pudieran estos robots llegar a ser autónomos) y los avances de la biotecnología…, el mundo será totalmente cambiado en muchos de sus aspectos. Y esto está ya a las puertas.

Todo ello no está sino en la voluntad de Dios que dijo: «Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: `Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla´» (Gen 1,28a). Por lo que, de por sí, no hay que alarmarse, sino mirar el lado positivo y obrar con comportamientos éticos y responsables ante el potencial puesto en manos humanas, tan capaces de todo.

Dada, pues, la capacidad que se dará para producir bienes y servicios, es decir, para producir riqueza, la posibilidad de «eliminar» la pobreza a escala mundial será una de las cosas positivas. Del mismo, y en sentido contrario, la posibilidad de que grandes potenciales de hacer daño…  a poblaciones, multitudes o la humanidad entera, será grande, por estados despóticos u organizaciones globalistas “secretas”, o por individuos locos o perversos, etc.

¿Y cómo se reorganizará la vida? El ser humano tendrá mucho tiempo, ¿para dedicarlo a qué? Ya se está percibiendo, con la robótica aún incipiente, los efectos en el trabajo. Dentro de poco, ya no habrá trabajo para todos. Seguro que cuando todo el mundo, cantidad de personas que aún no están en el mundo del trabajo «normal» (africanos, indios, etc.) se sumen a él, más el gigantesco avance de estos descubrimientos de que hablamos, el mundo tendrá que pasar de las 40 horas semanales, a 16 o menos. ¿Qué supondrá esto?

¿Qué supondrá disponer de tanto tiempo (vacio)?  ¿El ser humano estará en el centro de la economía, del trabajo? ¿Qué será de la justicia social? ¿El que haya por las cosas pululando como compañía-mascota a un robot? ¿Hasta dónde se llegará con la inteligencia artificial y la biotecnología? ¿Se respetara la vida, la dignidad humana,… la casa común, el planeta, etc.?

¿Y qué supondrá la limitación de libertad a cambio de seguridad? Habrá controles tecnológicos por todas partes; nada escapará al a ese control total: cámaras de reconocimiento facial en todas las partes, pagos sin moneda y con tarjetas, ciudades grabadas desde drones suspendidos en aire, los teléfonos móviles localizables, datos personales portados en microchip implantados y susceptible de ser seguido o de dejar rastro de su trayectoria a modo de gepeese. Todo grabado en megaordenadores cuyas bases de datos puedan permanecer en el tiempo y ser recuperables… etc.

El futuro ya está ahí, llamando a la puerta. Lo veremos. Y tengamos presente:

La inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad. Es un imperativo moral, una responsabilidad que involucra a todos, crear las condiciones adecuadas para permitir que cada persona viva de manera digna, según la voluntad de Dios.

ACTUALIDAD CATÓLICA


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