Hay una inquina demoniaca instalada en el alma social de España. Y a fe que sólo nos cabe la esperanza de que Cristo revelara que Él reinaría en ella y la confianza en que esta es la «tierra de María» sobre la que ella extenderá su manto protector. Por lo demás, todo es asomarse a una abismo de oscuridad y desazón: hay un odio cainita capaz de lo peor.
En España, de seguir así las cosas, se cierne un más que probable enfrentamiento civil de carácter violento. Además del odio de los bandos, especialmente el procedente de la Izquierda política, a consecuencia de la perdida de la guerra civil de 1936-9, y que también se ha alimentado por la imagen antiespañola y anticatólica, al socaire de la leyenda negra, proyectada en estos años por los medios cinematográficos-televisivos, acaparados por la Izquierda; además, como decimos, existe una clase política poco o nada éticamente irreprochable, nada virtuosa, de nulo patriotismo, de un egoísmo voraz capaz de cualquier cosa… de no respetar la Constitución y hasta llevarse a la nación por delante, es decir, romper el estado más antiguo de Europa. En fin, que de seguir así acabaremos mal, muy mal.
Viendo la que hay cabría decir «este país esta maldito» o algo por el estilo.
Este verano, durante las vacaciones, coincidí en una población costera con una española que ha hecho toda su vida en Francia. Me comentaba hablando sobre el clima político en España que lo que ocurría aquí no sucedía en Francia:
La tensión de enfrentamiento «a muerte» de los bandos políticos; algo que en Francia su sucede, allí no hay esa inquina crónica de la clase política.
Hay intercomunicación del gobierno y la oposición, se consultan y comparten acuerdos sobre todo en el plano de los intereses de país.
En España no hay comunicación entre el gobierno y la oposición. Es más, el que gobierna se dedica a decidir cosas en contra da la otra parte, de la mitad (por lo general) de los otros españoles. En España no se gobierna para todos los españoles, sino en contra de la otra parte de ellos.
Otro dato curioso y tristísimo es que la Izquierda española, empezando por sus artistas (cineastas), odian -y es así, y no se sabe por qué- a España. En sus películas se da un constante desprecio de este país, promoviendo la imagen de la leyenda negra. Y esta inquina perversa se ha instalado en las entrañas de esta sociedad, como algo culturalmente natural. Hay una recóndita satisfacción de venganza y una mentalidad masónica y anticatólica que les posee y proyectan insensatamente sobre el alma social de este pueblo legendario.
Desde hace 45 años, desde 1978 con las primeras elecciones municipales y desde 1982 con las generales, España ha sido gobernada la Izquierda política durante una gran mayoría del tiempo (32 años). El clima de odio guerracivilismo no ha desaparecido, sino todo lo contrario, cabría decir que se ha incluso enconando.
En la actualidad, menos del 6% de la población, cuyo objetivo es romper España para obtener la independencia y mientras tanto conseguir todo cuanto pillen para sus intereses egoístas, condiciona decisivamente la gobernabilidad del 94% de la población. Y todo ello, porque parte de ese 94%, un 45% de Izquierda cainita, se aviene a vincularse con aquel 6%, en algo de lo que se une en común: el espíritu fratricida contra España y los valores cristianos
El bando provocador es este: el llamado «frankenstein», compuesto por socialcomunistas, separatistas, terroristas: PSOE, Sumar (18 partidos anarquistas y comunistas), PNV, ERC, Junts, Bildu ( secesionistas fachas e izquierdosos, terroristas comunistas y demás enemigos del reino España) forman un frente popular populista contra la democracia, aspirando al totalitarismo y al acristiamiento y descuartizamiento de España. Y todo esto con el pegamento del poder mediático, avaro, ricamente subvencionado, y demás arribistas de la res pública.
El guerracivilismo español está servido, provocado por un odio destructivo indomable, tras el que no está lejos la mano del NOM.
Algunos piensan que es una sociedad enferma, pero no exactamente -que también-, sino mala. Recemos, recemos.
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