¿Es posible un mundo sin moral?

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Es obvio que hoy día la gente se conduce por la vida sin una fundamentación ética; es decir, que no se comporta con arreglo a unos principios, mandamientos o imperativos morales que le hagan sentirse responsable de sus actos.

Bien por una cuestión religiosa o natural, la persona, de siempre, se ha comportado respetando los dictámenes que le surgían de dentro, de la conciencia. Ahora -y este es un hecho dramático- esto, la conciencia, parece no existir.

¿Qué supone esto? ¿Qué conlleva la aniquilación de la conciencia y la moral?

Ese «ante ti está el bien y el mal; elige el bien»; es el ejercicio de libertad por antonomasia. Libertad que iba asociada al bien, y a la asunción de tal decisión libre como responsabilidad.  Actualmente, esto ha dejado de existir. Y las consecuencias son graves.

De un ser humano sin responsabilidad que supone el tener conciencia -pues ha sido aniquilada- no es de fiar. Las relaciones humanas a partir de ahora son de sospecha, no fraternas. Esto es un gravísimo quebranto de la confianza necesaria para las relaciones interpersonales y la edificación de una sociedad humana y solidaria.

El individuo así, conducente según quiera, sin patrón de conducta fiable, sino según le cuadre y apetezca o interese, etc., es obvio que acaba guiándose a base de ardides que le procuren su «bien», sin importarle nada más, y sin escrúpulos de ninguna clase y sin importarle lo más mismo lo que les suceda a los demás.

Es ser humano de hoy es un individuo amoral, que hace lo que le viene en gana. ¿Por qué debo preferir el bien y no el mal, la justicia y no la injusticia, antes que aquello que me convenga?

Para domesticar un poco a este individuo actual, se propone como solución la coacción represiva de la ley. La responsabilidad moral ha sido sustituida por el miedo a la multitud de leyes establecidas por el legislador. De modo que lo que la ley positiva no contemple está permitido.  

La grandeza de la asunción interior de uno mismo como juez soberano de lo que hace queda cercenada. De tal manera que nuestros actos aparecerán ante uno mismo sin valoración moral, por una conciencia que nos existe, neutros, reducidos a la estima del gusto y el capricho.

A todas luces, es obvio que este tipo de individuo acaba volviéndose desconfiado y receloso de los demás y hasta de sí mismo. El egoísmo -el beneficio inmediato propio- se impone a cualquier empatía, resquebrajando este vínculo social.

Cada hombre, así, acabará siendo un lobo entre lobos. El respeto y la consideración que le puedan tener vendrá determinado por el miedo al otro. Así no vamos muy lejos en mejoramiento de ningún tipo ni pretendido progreso. Un mundo amoral no tiene futuro.

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