En la perspectiva del fin

En esto días en que se ha culminado el año litúrgico y comienza otro, las lecturas en las misas tiene tono apocalíptico, tratan sobre el fin de los tiempos… Pero un fin, por contra, cargado de esperanza.

El mes de noviembre, tiempo gris y de lluvias, es propicio para mirar hacia el fin… el fin de la vida, de cada uno de nosotros y de todos. No es solo porque la liturgía en estos días se centre en esta temática sino que ya al comienzo, el día 1 y 2 se ha fijado la mirada en los santos y en los difuntos.

Y a la vez con el comienzo del Adviento se nos insiste en ese aspecto con una mirada de esperanza, hacía la venida del Señor. Entonces se trataba de la segunda venida ahora conmemorados su venida como hombre entre nosotros. Pero en ambos casos en un entonar «¡Maranata'», «¡Ven, Señor Jesús!». Un exclamación de llena de esperanza, de buenaventura, para quienes estamos necesitados de ella.

Ahora, después de  Cuarenta y seis años después del último mensaje recibido en las apariciones de Nuestra Señora de Akita, Japón, reconocidos como auténticas por parte de la Iglesia, la vidente sor Agnes Sasagawa ha comunicado haber recibido un nuevo mensaje: “Es bueno que se diga a todos: cúbranse de cenizas y recen el Rosario Penitente todos los días. Tú, Sor Sasagawa, debes ser como un niño y cada día, por favor, ofrece sacrificios”.

La vidente expresó que sintió dudas de difundir el mensaje, pero al asistir a la Eucaristía notó que la liturgia dos días después incluyó la profecía de Jonás, hacían referencia a signos incluidos en el mensaje recibido. «El nuevo mensaje nos pide a cada uno de nosotros rezar un Rosario Penitente diariamente, y cubrirnos de cenizas como lo hicieron los residentes de Nínive al escuchar la profecía de Jonás»

Según las Sagradas Escrituras cómo Jonás[1] fue enviado a Nínive a predicar una advertencia y un mensaje de arrepentimiento a la gente muy pecaminosa de aquella ciudad, recorrió la ciudad profetizando que la ciudad de Nínive sería destruida en cuarenta días al menos que sus habitantes cambiaran, se arrepintieran de sus pecados y ayunaran. Y así fue, se convirtieron y cambiaron del camino; entonces el Señor, no llevó a cabo el castigo profetizado.

No sabemos cuándo acaecerá el fin de los tiempos, si será durante nuestra vida o no, pero que ocurrirá en algún momento es palabra de Dios. Y lo que sí sabemos es que nuestro fín particular tendrá lugar en nuestra vida; para nosotros ese será nuestro fin de los tiempos, y para el cual hemos de estar preparados.

En los comienzos del cristianismo se vivía muy intensamente en la perspectiva del fin. Tan así que al final de la Eucaristía se pronunciaba como oración la expresión «Maranata» (Ven Señor o el Señor viene).

Esta perspectiva salvadora es liberadora y relativista de tanta pasión humana, de  tanto absolutismo por las cosas, de tanta esclavitud y ceguera.

Estamos necesitados de conversión, de urgente y continua conversión; de estar en vela, y de oración y penitencia.

En este tiempo de Adviento estamos llamados a abrirnos, a acoger a Dios, nuestra única esperanza, y a no apegarnos a lo mundano y pasajero, para no pasar con ello, y convertirnos en ceniza, como las cosas y el ruido de este tiempo paganizado y ajeno al Dios que viene.

 

El papa Francisco, en su homilía de la Misa celebrada este domingo 1 de diciembre en la Basílica de San Pedro del Vaticano, nos acaba de advertir del peligro del consumismo: “El consumismo es un virus que infecta la fe desde la raíz, porque te hace creer que la vida depende sólo de aquello que tiene, y así te olvidas de Dios que viene al encuentro y de quien tienes a tu lado. El Señor viene, pero en cambio sigues los apetitos que te llegan; el hermano llama a tu puerta, pero a ti te molesta porque interrumpe tus planes”. “El verdadero peligro es aquel que anestesia el corazón: depender del consumismo, y cargar el corazón con necesidades”. “Entonces se vive de cosas y no se sabe para qué; se tienen muchos bienes, pero no se hace el bien; las casas se llenan de cosas, pero se vacían de hijos; se pierde el tiempo en pasatiempos, pero no se dedica tiempo a Dios y a los demás”. “Cuando se vive para las cosas, las cosas no bastan nunca, la codicia crece y los demás parecen obstáculos en el camino, y así se termina por sentirse amenazados e insatisfechos siempre, y enfadados, se eleva el novel del odio”. «Jesús quiere despertar al pueblo de este consumismo, y lo hace con el verbo ‘vigilad’. Vigilar era el trabajo del centinela, que vigilaba permaneciendo despierto mientras los demás dormían. Vigilar es no ceder al sueño que atrapa a todos”. “Para poder vigilar se necesita tener una esperanza segura: que la noche no durará para siempre, que pronto llegará el alba. Y así también nosotros: Dios viene y su luz iluminará hasta las tinieblas más oscuras”.“A nosotros nos toca hoy vigilar: vencer la tentación de que el sentido de la vida sea acumular, desenmascarar el engaño de que se es feliz si se tienen muchas cosas, resistir las luces resplandecientes del consumismo que brillan por todos sitios durante este mes, y creer que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los tesoros más grandes”. “El Señor no nos deja solos. Vino hace dos mil años y volverá a venir al final de los tiempos, pero también viene hoy a mi vida, a tu vida”. “Frente a las luces del Señor se pueden preferir las tinieblas del mundo. Al Señor que viene y a su invitación a caminar con Él se le puede responder que no. Con frecuencia, no se trata de un no directo, insolente, sino sutil. Es el no del que nos advierte Jesús en el Evangelio al exhortarnos a no hacer como en los días de Noé”. “¿Qué es lo que sucedía en los días de Noé? Sucedía que, mientras algo nuevo y perturbador estaba a punto de llegar, nadie le hizo caso, porque todos pensaban sólo en comer y en beber. En otras palabras, todos reducían su vida sólo a sus necesidades, se contentaban con una vida plana, horizontal, sin impulso. No había espera de nadie, sólo la pretensión de tener algo para sí mismo, algo para consumir”

Necesitamos de oración y renuncia, de austeridad, y de mirar a Dios Salvador.  Estar atentos a Jesús, velando, dispuestos para su venida: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

 

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[1]Jonás 3, 1-10: 1 Por segunda vez fue dirigida la palabra de Yahveh a Jonás en estos términos: 2 «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga.» 3 Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yahveh. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido  de tres días. 4 Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»  5 Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor.  6 La palabra llegó hasta el rey de Nínive, que se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de sayal y se  sentó en la ceniza.  7 Luego mandó pregonar y decir en Nínive: «Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua. 8 Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. 9      ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos.» 10 Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.

 

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