«En la Iglesia cabemos todos»

«En la Iglesia cabemos todos», esta es una expresión de la que gusta el papa Francisco; pero, a continuación añadió, «una vez que se entra hay que respetar sus normas»Meridianamente claro, tanto como lo del cielo: en el cabemos todos y todos estamos invitados a entrar en él; pero no todos entran, sencillamente: porque no quieren, se autoexcluyen; porque hay que entrar al convite del banquete eterno bien vestido; porque existe la puerta estrecha… En conclusión, en el Cielo como en la Iglesia hay que estar como Dios manda.

En el Iglesia triunfante o gloriosa, en cielo, no hay pecadores sólo santos; fueron pecados, pero ya no lo son. En la Iglesia militante o terrena, hay pecadores, pero que están en constante perdón, y que han de mirar con su aptitud de humilde arrepentimiento el no dañar la fe de los demás miembros, contaminando y disminuyendo su crecimiento; como la cizaña que ahoga el desarrollo del trigo fiel.

En la Iglesia cabemos todos, pero -aunque no sea exacto- excepto los que no quieren entrar. Como humanos, en la Iglesia todos somos pecadores; pero pecadores redimidos y con una vocación a ser semejantes de Dios, a ser santos, pues en definitiva no se podrá pertenecer a la familia de Dios, sin ser de la pasta que el es, es decir, hay una «participación en el ADN divino, el de la santidad. Quien reniega de esto, se aleja de esta comunidad de los hijos de Dios, que constituye la Iglesia o Cuerpo de Cristo.  

Y estamos en esta situación de complicación de la vida de la Iglesia, en la que muchos, algunos, que se creen más papistas que el Papa, prelados, gente de jerarquía dentro de la Iglesia, que se realizan manifestación que van más allá de la doctrina de la Iglesia  reinterpretando de moralidad conducente a la santidad, y en este caso, se quedan con la frase redonda y hermosa de «en la Iglesia cabemos todos», en un exceso de buenísimo, y se olvidan o eliminan voluntaria y erróneamente la segunda parte: la de aquellos que no quiere estar o entrar en ella, o que aparentando querer estar ella, con los hechos demuestran su exclusión, e hipócritamente se autoengañan. Quienes pertenecen a este «club» han de respetar sus normas, con voluntad constante y la ayuda de la gracia.

No confundir misericordia con consentimiento o compadreo. Una obra de misericordia es enseñar al que no sabe, corregirle; para que cambie, se convierta y salve. Los pecados existen y apartan de la comunión. Recordemos: tus pecados te son perdonas, y lo son hasta 70 veces 7; pero no peques más.

Dios es misericordioso, tierno, bondadosísimo, etc., de manera incasable, infinita, para con sus criaturas a las que hace hijos, por puro amor. Pero también en exigente, en cuanto a la necesaria respuesta de la libertad humana, a la colaboración de la otra parte personal; y como suele decirse en todo don hay una tarea; es decir, que a la gracia de Dios hay que responder –como una alianza- con la aquiescencia y acogimiento de la misma. Cuando Dios se aproxima, cuando su reinado se actualiza en nuestra vida no puede dejarnos igual que estábamos, a la fuerza produce unos efectos transformativos, si no, si no pasa nada, es que se ha frustrado por nuestra parte, que no hemos correspondido…

En el caso de Mateo, Jesús, como ocurrió con Zaqueo, llama, invita a la conversión. Es un hecho misericordioso. Jesús, Dios, se acerca y habla al pecador, para que cambien; Mateo como Zaqueo, cambiaron, los dos reaccionaron: Zaqueo bajo del árbol y Mateo se levanto de la mesa recaudatoria, y en ambos casos, se fueron a celebrarlo con un banquete. La respuesta, como la llamada, en el caso de Mateo fue más radical; en este fue una invitación a seguirlo como discípulo pescador de hombres, y la respuesta fue esta: Mateo lo dejo todo y lo siguió.

 

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