El Señor está con nosotros

Trinidad

No acabamos de comprender…, que el Señor se encuentra siempre a nuestro lado. Qué Él inhabita en mí y que mientras esté habitando en mi ser, yo soy la gloria de Dios, porque es mi ser el que se  honra con su inhabitación. Antes de abandonar definitivamente este mundo, ya en Galilea, termina la narración del evangelio de San Mateo, escribiendo este los tres últimos versículos de su evangelio que nos dicen: 18 Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt 28,18-20),

 ¡Eh aquí! uno de los muchos grandes recursos que todos tenemos, para gloriarnos porque seremos salvados, aprovechándonos de que el Señor está siempre a nuestro lado y siempre está con nosotros para lograr nuestra eterna salvación y así poder calmar de una vez, esa sed de eterna felicidad, por la cual luchamos, porque esta una impronta, que nos marcó Dios en nuestra alma al tiempo de crearla. Pero muchos son los que se equivocan, no distinguiendo entre felicidad material y felicidad espiritual y luchan por ser felices con una felicidad material, que es la que se encuentra en este mundo. Es una felicidad que nunca llega a saciar a nadie y cuando alguien cree que está punto de conseguirla, esta se le escapa convirtiéndose en un hastío.

Quien quiere ser feliz eternamente, es nuestra alma no nuestro cuerpo, porque el solo puede aspirar como materia que es a una simple y efímera felicidad material. Solo es nuestra alma la que tiene la posibilidad de adquirirla la felicidad eterna porque ella al ser eterna puede aspirar a lo eterno.

El valor de nuestra alma es infinito, no tenemos idea de ello. Y ¿Por qué es infinito el valor de nuestra alma? Nosotros somos, cada uno de nosotros, por despreciable que nos parezcan algunos seres conocidos nuestros, ellos y nosotros somos la gloria de Dios. Somos la gloria de Dios, nos explica Henri Nouwen diciéndonos: “Bien lo primero es darse cuenta de que tú eres la gloria de Dios. En el Génesis se puede leer: Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices el aliento de la vida y resultó el hombre un ser viviente”. (Gn. 2, 7-)”. Vivimos porque compartimos el aliento de Dios, la vida de Dios, la gloria de Dios. La pregunta no es tanto ¿cómo vivir para la gloria de Dios? sino ¿cómo vivir lo que somos?, ¿cómo hacer verdadero nuestro ser más profundo?” Yo soy la gloria de Dios. Haz de este pensamiento el centro de tu meditación, para que lentamente se convierta en tu mente, no solo en idea sino en realidad viva. Tú eres el lugar en que Dios eligió para habitar… y la vida espiritual no es otra cosa que permitir que exista el espacio en que Dios pueda morar en mí, crear el espacio en que su gloria pueda manifestarse. Al estar creado por Dios y para Dios, el hombre solo puede encontrar una perfecta felicidad, antes y después de su muerte, buscándola en la gloria de Dios, en su glorificación.

Nosotros que hemos sido redimidos de las cadenas de satanás por Nuestro Señor Jesucristo, Él no desea que se pierda ninguna de las almas de este mundo. Todas y cada una de ellas han sido redimidas al precio de su sangre. Así San Lucas en los Hechos de los apóstoles, no dice: 28 Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre”. (Hch 20, 28). Y también San Pablo en su primera  epístola a los corintios les dice a estos: “¡Ustedes han sido redimidos y a qué precio! No se hagan esclavos de los hombres 24 Hermanos, que cada uno permanezca delante de Dios en el estado en que se encontraba cuando fue llamado”. (1Cor 7,23-24).

 Nosotros inconscientemente vivimos despreocupados, sin pensar en el valor infinito de un alma humana. Solo nos preocupa y ocupa los que vemos con los ojos materiales de nuestra cara, es decir la materia que nos rodea. Y el demonio constantemente nos tienta tal como dice San Pedro en su segunda epístola: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro enemigo el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar, resistidles firmes en la fe”.  (2Pdr 5,8). Y Para librarnos de las tentaciones demoniacas tenemos siempre a nuestro lado, en el fondo de nuestro ser de Dios trinitario, que nos protege de todo. Si esta ayuda no la tenemos es porque no vivimos en la gracia y amistad con Dios, lo hemos echado de nuestro interior manchando nuestra alma con el pecado.

 Cierto es que de las cosas del orden del espíritu, sabemos muy poco, porque cierto es también, que muy poco nos hemos de preocupado nosotros de acercarnos a ellas. Estas son las que circulan a nuestro alrededor y que los ojos de nuestra cara no ve y como su ignorante raciocinio, le dice que solo existe los que se ve, se pierde el interés por tratar de averiguar, para después ver con más claridad. Y ¿cuándo será esto? Para la mayoría de nosotros, cuando seamos llamados a la Casa del Padre.

Nuestra alma tiene sentidos y ojos pero con ellos no podemos ver nada la mayoría de nosotros. De la misma manera que los ojos materiales de nuestro cuerpo necesitan una luz material, del fuego o del sol para ver. Los ojos espirituales de nuestra alma, para ver necesitan la Luz espiritual divina de Dios. Es esta la luz con la cual vieron los tres apóstoles, en la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Ha habido personas en el mundo que han llegado a ver y contemplar la belleza de un alma en gracia de Dios, y también la repugnancia de un alma sumida en el pecado, caminando hacia su reprobación. Son almas a las que Dios les ha donado esta posibilidad de ver con los ojos de su alma lo que solo se puede ver si estos ojos están iluminados por la Luz divina.

No se puede asegurar que estas almas hayan visto a Dios: “A Dios nadie le vio jamás; Dios unigénito que está en el seno del Padre, ese le ha dado a conocer”. (Jn 1,18).v Dios no se aparece, pero si se aparece Nuestra Madre celestial que vive en la Gloria y grandeza de Dios. Santa Teresa de Jesús en uno de sus escritos manifestó que el Señor nunca se la había aparecido, lo que ella recibía eran visiones. Existe mucha  confusión entre los términos visiones y apariciones.

Tenemos al Señor siempre a nuestro lado y a Dios trinitario, inhabitando en nuestro ser. Somos templos vivos de Dios y el que no lo sea, puede serlo de inmediato acudiendo a un confesionario. Si alguien se condena, es porque desea condenarse.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo 

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