El santo buen humor

 

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             San Bernardo dijo en cierta ocasión a su hermana Humbelina:

            —No sé, pero preveo que vas a ser santa.

            —¡Ah, si? —dijo la joven entre risueña y escéptica—. Y dime, querido hermano tú que eres tan sabio, ¿cuáles son las señales de esa santidad?

            –Está muy claro: no has perdido nunca el buen humor y sigues siendo capaz de reírte de ti misma. Esa es una señal clarísima, porque el infierno jamás ha producido buen humor.

               Bernardo acertó: Humbelina fue beatificada por la Iglesia.[1]

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            Cuando santa Teresa de Jesús se enteró de que una priora prohibió contar chistes, para evitar el amor propio, dijo:

           —¡Dios mío, adónde hemos llegado? No nos basta ser tontos por naturaleza, que aspiramos a ser bobos por gracia.

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            San Felipe Neri era persona muy graciosa, de gran sencillez y trataba a todo el mundo como a íntimos amigos y sin ningún cumplido. Era sacerdote y pasaba casi todo el tiempo en las calles de los barrios pobres, en busca de necesitados a quienes ayudar. Como refugio de los niños pobres fundó el Oratorio, que pronto se tuvo que ampliar por la cantidad de niños que se acogían allí. A los cuales les repetía siempre:

            —¡Alegría, hijos míos alegría! Los tristes van al infierno y no a la alegre cada de Dios. Cuando no tengáis qué hacer, reíos, y si tenéis trabajo y lo estáis haciendo, ¡reíos!      

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            El médico aconsejó al papa Juan Pablo II que hiciera ejercicio frecuente, especialmente la natación. De modo que se le construyó una piscina en su residencia de verano. Ciertos enemigos de la Iglesia utilizaron la excusa de la piscina para generar una polémica artificial, y criticar al papa por el coste de la obra.

            Cuando san Juan Pablo II supo de las críticas por la construcción de una piscina para su recuperación, dijo:    

            —Es mucho más barata que unos funerales pontificios.

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            De todos los santos existen cantidad de rasgos y anécdotas de buen humor, pero el talante de santo Tomás Moro en el momento de afrontar el drama de la muerte, supera todo. 

            Cuando subía santo Tomás al cadalso, habiendo sido condenado a muerte injustamente por Enrique VIII, se detuvo para dirigirse al verdugo que habría de decapitarlo, con una histórica petición:

           —¿Puede ayudarme a subir? Porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo

             Santo Tomás rubricó así la estima que tenía por el buen humor, al que años antes escribiera un oración. 

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            Dos definiciones de santos doctores de la Iglesia que han quedado como sentencias esculpidas en marmol:

 

            De san Francisco de Sales:

            “Un santo triste es un triste santo”.

 

            De santa Teresa de Jesús:

            “Dios nos libres de santos encapotados».

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[1] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, pp.306-7.

 

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