Estamos celebrando la llegada del Amor Salvador, cuando bruscamente pasamos a conmemorar a san Esteban, el llamado protomártir por ser el mártir primer y próximo tras la muerte de Jesús.
El martirio parece ir indisolublemente unido a la presencia del Señor en la tierra. En su nombre, por Él, como rechazo a la presencia divina del Amor y la Bondad, han surgido infinidad de persecuciones, que en muchos casos han terminado en el martirio. Ejemplo a unir a este de san Esteban es el de los Santos Inocentes, que celebraremos pasado mañana, el 28.
La cruz -martirio- se ha convertido en distintivo de los amigos de Jesucristo, los cristianos. Es, pues, consecuencia y como reacción a la presencia del Amor divino, que resulta intolerable: una realidad contra la que se rabia. Tal y como vemos en el relato del martirio de Esteban, al igual que vimos en el de Jesús, los enemigos no pueden contener el ánimo rabioso destructivo, pidiendo y ejecutando sus muertes.
Este es el relato de la muerte de san Esteban (Hechos de los Apóstoles, capítulo 7):
1 El Sumo Sacerdote preguntó a Esteban: «¿Es verdad lo que estos dicen?».
2 El respondió:
(…)
51 ¡Hombres rebeldes, paganos de corazón y cerrados a la verdad! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo y son iguales a sus padres.
52 ¿Hubo algún profeta a quien ellos no persiguieran? Mataron a los que anunciaban la venida del Justo, el mismo que acaba de ser traicionado y asesinado por ustedes,
53 los que recibieron la Ley por intermedio de los ángeles y no la cumplieron».
54 Al oír esto, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él.
55 Esteban, lleno del Espíritu Santo y con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios.
56 Entonces exclamó: «Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
57 Ellos comenzaron a vociferar y, tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre,
58 y arrastrándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo.
59 Mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
60 Después, poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y al decir esto, expiró.