De origen irlandés, John Traynor quedó huérfano joven pero la fe, el amor a la Eucaristía y la devoción a la Virgen María quedaron impreso en él desde su infancia. Algo que le sería de gran ayuda en la dura vida que le tocaría vivir.
Hace un siglo, el 11 de noviembre de 1918, acabó la Primera Guerra Mundial, uno de los conflictos bélicos más sangrientos de la historia y que dejó millones de muertos y otros tantos de heridos. Uno de ellos fue el soldado británico natural de Liverpool, John Traynor, que quedó inválido debido a los múltiples disparos de una ametralladora en Gallipoli (Turquía).
Una fe y amor a la Virgen transmitida desde niño De origen irlandés, Traynor quedó huérfano joven pero la fe, el amor a la Eucaristía y la devoción a la Virgen María quedaron impreso en él desde su infancia. Algo que le sería de gran ayuda en la dura vida que le tocaría vivir. Este fue el inicio de un sinfín de intervenciones quirúrgicas y de traslados de un hospital a otro. Tenía un brazo destrozado el cual querían amputar, comenzó a sufrir ataques de epilepsia y a perder la movilidad en las piernas hasta no poder ni moverlas. Y además buena parte de sus órganos estaban dañados.
Un desecho humano No fue sencillo, pero logró montar en el tren que le llevaría hasta el santuario. En varias ocasiones ya en Francia estuvieron a punto de dejarle en algún hospital pensando que iba a morir al no soportar el viaje.
Su terrible llegada a Lourdes Seis días sería la estancia en Lourdes. Los primeros días estuvo muy enfermo, con hemorragias y ataques constantes. Todos creían que moriría allí. Sin embargo, debido a su obstinación y cierta terquedad logró que lo bañaran ocho veces en las piscinas del manantial.
Algo ocurrió en una de las piscinas Los camilleros le vistieron rápidamente para montarlo en la camilla y llevarlo a la procesión. Aquel día el arzobispo de Reims llevaba el Santísimo y a su paso le bendijo. “Acababa de pasar cuando me di cuenta de que se había producido un gran cambio en mí. Mi brazo derecho, que había estado muerto desde 1915, estaba violentamente agitado. Rompí los vendajes y me santigüé con él por primera vez en años”, escribía. Se quiso levantar, pero los camilleros y enfermos que ya conocían su temperamento pensaron que podría montar el espectáculo y se lo llevaron dándole algo para tranquilizarlo. Le acostaron. Aquella noche apenas durmió, pero sí rezó bastante tiempo, sobre todo el Rosario.
El milagro se había producido No había caminado desde 1915 y su peso había disminuido sobremanera. Ya en la calle, John Traynor corrió velozmente hacia la gruta de la Virgen, que se encontraba a unos 300 metros. Allí volvió a arrodillarse todavía con el pijama y empezó a rezar y a dar las gracias a la Virgen María. “Todo lo que sabía era que debía agradecérselo y la Gruta era el lugar para hacerlo”.
Un nuevo examen médico El día que debía volver a Inglaterra tres médicos volvieron a examinarle y confirmaron que podía caminar perfectamente, que había recuperado la función de su brazo derecho, que recuperó la sensibilidad en las piernas, que la abertura de su cráneo había disminuido considerablemente y que no había tenido más crisis epilépticas.
La bendición no del arzobispo sino al arzobispo La noticia también había llegado a Liverpool y la prensa contaba la asombrosa noticia del milagro de John. La Policía tuvo que custodiar la estación de tren ante la cantidad de gente que había allí esperándole.
Una vida nueva para John Era tal la seguridad que los médicos tenían de que nunca se curaría de su invalidez que los facultativos y funcionarios del Ministerio de Pensiones de Guerra nunca quisieron revocar la pensión de invalidez completa.
Además, aseguraba que “una gran cantidad de conversiones en Liverpool se han dado tras el milagro”. Tras esto John, volvió a Lourdes como enfermo. No faltó ni un solo año hasta su muerte, yendo incluso en algunas ocasiones hasta dos o tres veces en el mismo año. https://www.portaluz.org/imagenes/imagenesck2/images/camillero.JPG |
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