El celibato sacerdotal

«En tiempo de borrasca no hacer mudanza» se dice en espiritualidad. Y vale para estos momentos de la Iglesia Católica, barca de Pedro, navegando en aguas turbulentas, aguas que han agitado los progres de la doctrina, especialmente de moral sexual, y ahí estas los del camino sinodal alemán, provocando un desafío cismático, que rememora temor y temblor a lo que hiciera Lutero hace 500 años; y que está sin resolver, y a lo que se ha venido añadir lo de la declaración Fiducia Supplicans. Y estando en estas, salta un nuevo asunto a la palestra: El celibato debería ser opcional para los sacerdotes católicos.

Asunto éste sobre el que ha vuelto a pronunciarse un miembro del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mons. Charles Scicluna, arzobispo de Malta, que ha manifestado: 

El fenómeno de los sacerdotes católicos que mantienen relaciones sentimentales ocultas y duraderas, sucede en todas partes, es un síntoma de que los sacerdotes tienen que hacer frente a su requisito del celibato. 

Permitir el matrimonio sacerdotal podría ser un medio para evitar que los clérigos vivan una doble vida peligrosa.

El celibato fue opcional durante el primer milenio de existencia de la iglesia, y debería volver a ser opcional.

La Iglesia ha perdido muchos grandes sacerdotes porque eligieron el matrimonio. ¿Por qué deberíamos perder a un joven que habría sido un buen sacerdote sólo porque quería casarse?

Esto no es para disminuir la belleza del celibato o el compromiso heroico de las personas que han aceptado el celibato como un don y lo viven, pero creo que es bueno que lo discutamos.

Hay un lugar para el celibato en la iglesia, los sacerdotes deberían tener la opción de permanecer célibes o casarse tal como en las iglesias católicas orientales.

 

Esta es la opinión de Mons. Munilla respecto a la propuesta de Mons. Scicluna, dada a través de su perfil en la red social X  

 (https://twitter.com/ObispoMunilla/status/1752786020704170382):

1º.- ¿De verdad cree que el matrimonio es el remedio contra la infidelidad sacerdotal? ¿Acaso no existen multitud de matrimonios con doble vida? Y, por otra parte, ¿qué hacemos con los sacerdotes que se divorcien?

2º.- La evolución de la disciplina del celibato en la tradición de la Iglesia (tanto en oriente como en occidente) ha ido dando pasos a lo largo de los siglos, siempre en la dirección de una mayor adecuación con Jesucristo, el cual fue célibe. La propuesta del Sr. Scicluna supondría una «involución» por primera vez en la tradición de la Iglesia, alejando nuestra disciplina del sacerdocio celibatario de Cristo.

3º.- El Sr. Scicluna parece olvidar que la vocación al sacerdocio es una llamada personal de Dios, en la que Él nos da su gracia para que podamos seguirle; y no una mera elección individual entre las distintas posibilidades que a cada uno le resulten más atrayentes…

Por último, a muchos católicos nos gustaría saber si Mons. Scicluna está haciendo declaraciones contra la ley del celibato desde su condición de miembro del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, o si lo hace a título personal. ¡Es por saber a qué atenernos!

 

Consideramos:

Este es un tema a debatir, con tiempo y sosegadamente, que no causaría ningún quebranto en la doctrina, como en el caso de los surgidos por la Fiducia Suppilicans. Hay sus posibles pros y sus contras, pero no inabordables cuestiones teológicos.

Lo ideal sería asemejarnos lo más posible a Jesús, que fue célibe por el Reino. San Pablo siguió sus pasos y él aconsejó que se optara por esa opción: «Esto os lo digo como una concesión, no como una orden, aunque deseo que todos los hombres fueran como yo mismo. Pero cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro. Ahora bien, a los no casados y a las viudas les digo: es bueno que se mantengan como yo. Pero si no se contienen, cásense; es mejor casarse que abrasarse» (1 Cor 7,6-9).

Por otro lado, san Pedro fue elegido por Jesús para que fuera quien encabezara la misión de expandir el Evangelio, y para ello tuvo que dejar su hogar familiar en Cafarnaúm y viajar hasta Roma donde murió.

Poner fin este requisito milenario de que los sacerdotes permanezcan célibes, por un seguimiento de imitación a Cristo y por una entrega total por la causa del Evangelio y en pro del Reino de Dios, tiene que haber causas muy poderosas; pero el que sea que haya algún que otro sacerdote que no haya sido fiel al celibato llevando una doble vida, tal vez no sea motivo suficiente, pues en los protestantes pudiendo casarse también se da, y en cuanto a los abusos, es claro que no por falta de una mujer a su lado, pues más del 80% de los casos son provocados por homosexuales.

No es cierto —según los datos de evangélicos y anglicanos— que si se acabara con el celibato habría más vocaciones. Estos se pueden casar y, sin embargo, no tienen más vocaciones. Las vocaciones en el mundo actual no se dan porque conlleve esa renuncia, son causas de otros orden, que tienen que ver con la increencia generalizada y por la falta de piedad y vivencia religiosa en los hogares.

El Primer Concilio de Letrán en el siglo XII prohibió el matrimonio a los sacerdotes, diáconos y subdiáconos católicos de rito latino. A partir de 1951, el Papa Pío XII otorgó permisos especiales a los ministros luteranos que se convirtieron al catolicismo para ser ordenados sacerdotes como hombres casados, iniciando una normalización de que el antiguo clero protestante se convirtiera en sacerdotes católicos casados ​​de rito latino.

La castidad por amor a Dios es algo hermoso, importante, hay gracia, un misterio que desborda más de lo que podamos apreciar. Esto es insoportable a Satanás,  y la mundanidad lo combate. El pretender que la Iglesia sea según el mundo, se nos antoja peligrosísimo, hay como una pérdida de trascendencia…

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