«`Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror'» («Mi amores es mi peso; por él voy dondequiera que voy.») (San Agustín) [1]. Amor es gravitación hacia lo amado.» (J. Ortega Y Gasset) [2].
***** Una atractiva admiradora de un intelectual le preguntó a éste a la salida de una conferencia que acaba de pronunciar: —¿Por qué usted nunca habla ni escribe sobre el amor? —¡El amor! ¿Qué amor? —inquiró él un tanto desconcertado. —Seguro que usted lo habrá sentido alguna vez. Y que de joven habrá mandado unas flores en día señalado… —Señorita… no siga. Eso es algo que no he sentido nunca. Pero… creo en él, creo en él como en un milagro. Al poco tiempo, ese intelectual escribía en el periódico en el que habitualmente lo hacía: «… este escritor habla poco del amor. Porque cree fundamentalmente en él. Porque sabe que es una fuerza de incalculable consecuencia; una fuerza de inmensa potencia. El férreo dictador de un continente puede arrodillarse por la noche a los pies de una adolescente. ¿Por qué? Usted no lo sabe; yo tampoco. Por eso sigue existiendo el amor. Porque en un momento cualquiera del día y de la noche, el milagro puede producirse. Y entonces, uno, en manos del amor, es como una hoja en el viento». *****
«Pondus meum, amor meus», decía san Agustín, (mi amor es mi peso). Somos llevados por el peso del amor, ¿y adónde nos lleva? Al no haber una contestación se requiere una capacidad de riesgo, de exponer, de hacerse vulnerable…, de la que carece hoy día el ser humano. Amar es, en primer lugar, ser atraído, seducido, cautivado, tomado, enlazado, llevado… «Sus manos son de seda, mas su corazón de hierro.»[3] La «dependencia» total existe sólo en el «Amor». En la relación de amor, la voluntad del otro no me viene impuesta, al contrario, es como si fuese mía: la voluntad del otro se convierte en mi voluntad. Por consiguiente, tan sólo el amor realiza esa plenitud de dependencia que llega hasta los orígenes de mi personalidad y le ofrece el rostro mismo de la persona amada.[4] ..ooOoo..
«Tu sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera…» [5] Reconocer que se nos ama, que se nos ama demasiado, puede dar miedo, demasiado miedo, tal vez. Da miedo, da miedo el amor porque el amor amor es, hoy más que nunca, una locura. El amor conlleva una lógica que cada vez nos resulta más extraña, desconcertante e incontrolable, y esto se nos hace insoportable. Preferimos, entonces, no exponernos, reservándonos lo más íntimo de nosotros mismos, para que nada eso nos alcance, para que nada nos pueda tumbar. Pero esa incapacidad para ser vulnerables, para ex-ponernos, pone de manifiesto la inaptitud para el amor. La incapacidad para confiarse es directamente proporcional a la incapacidad de amar. El amor obliga a ser, y muchas veces a dejar de ser lo que se es, pues esa forma de ser es la negación del ser. Y ahí surge el drama más profundo: el miedo al amor. El amor no tiene medida o tiene la medida del ser, y eso infunde miedo, pues no vemos sus límites y llega un momento en que no lo manejamos. El amor es una aventura, y se requiere ser un místico para aventurarse en él.
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[1] «Confesiones», 13,9. [2] ORTEGA Y GASSET, J.: «Estudios sobre el amor», Espasa-Calpe, Madrid, 1984, p.67. [3] G. JALIL GIBRAN: «El Profeta», EDAF, Madrid 1986, p.44. [4] GIUSSANI, L.: «El sentido religioso», Ed. Encuentro, Madrid 1978, p.78. [5] SARTRE, J-P.: «La nausea», Losada, Madrid 1986, p.186. |
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