Nos produce un revoltijo de repugnancia y lástima vivir en esta época, que queriendo construir un paraíso en la tierra (por cancelar aquel «valle de lágrimas» que era como una premonición del purgatorio) no ha hecho sino infernar nuestros días terrenales, hasta convertirlos en algo muy similar a los padecimientos de los réprobos.
¡Época sórdida e hipócrita! Para detener la degradación del planeta (que no es sino el espejo que nos devuelve nuestra propia degradación) no existe otro remedio sino renegar de una forma de vida que ensancha ilimitadamente nuestras necesidades; o, dicho más exactamente, que convierte todos nuestros caprichos (también nuestros caprichos ecologistas) en necesidades. Nuestra época no está dispuesta a la única conversión que podría detener la degradación del planeta, que es la conversión que detiene la degradación de las almas; y entonces tiene que inventarse un hormiguero de conversiones sucedáneas que distraigan nuestra atención: se inventa la conversión del coche de gasolina en coche eléctrico, la conversión de la energía nuclear en energía eólica, la conversión del plástico en residuo orgánico, la conversión de una dieta carnívora en una dieta vegana… y, por supuesto, la conversión del amor fecundo en un zurriburri estéril con mucho rifirrafe de género, jaleo penevulvar y juerga poliamorosa. Pues el fin último de toda falsa religión, detrás de todas sus tramoyas y disfraces, es siempre el odio a la procreación: «Pongo eterna enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya». https://www.portaluz.org/aquelarres-de-fin-de-semana-3576.htm |
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