ANTHONY DE DE MELLO, Una llamada al amor

Les ofrecemos unos párrafos extraídos de esta obra[1] de Anthony de Mello.  Nació en Bombay, en 1931 y murió en Nueva York, en 1987, con 55 años.  Fue sacerdote Jesuita y  psicoterapeuta conocido por sus libros y conferencias sobre espiritualidad. (Nota: El lector católico ha de leer sus escritos con una cierta prudencia, pues no siempre se ajustan a la ortodoxia católica; sus fueron escritos en un contexto multirreligioso para ayudar a los seguidores de otras religiones, agnósticos y ateos en su búsqueda espiritual).

 

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         Recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando alguien te elogia, cuando te ves aprobado, aceptado, aplaudido… Y compáralo con el sentimiento que brota en tu interior cuando contemplas la salida o la puesta del sol, o la naturaleza en general, o cuando lees un libro o ves una película que te gustan de veras. trata de revivir este último sentimiento y compáralo con el primero, el producido por el hecho de ser elogiado. Comprende que este primer tipo de sentimiento proviene de tu propia «glorificación» y «promoción» y es un sentimiento mundano, mientras que el segundo proviene de tu propia realización y es un sentimiento anímico. 11

         Veamos toros contraste: recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando obtienes algún éxito, cuando consigues algo que anhelabas, cuando «llegas arriba», cuando vences en una partida, en una apuesta o en una discusión. Y compáralo con el sentimiento que te invade cuando disfrutas realmente con tu trabajo, cuando de veras te absorbe por entero la tarea que desempeñas. Y observa, una vez más, la diferencia cualitativa que existe entre el sentimiento mundo y el sentimiento anímico. 11

         Y todavía otro contraste más: recuerda lo que sentías cuando tenías poder, cuando tú eras el jefe y la gente te respetaba y acataba tus órdenes, o cuando eras una persona popular admirada. Y compara ese sentimiento mundo con el sentimiento de intimidad y compañerismo que has experimentado cuando has disfrutado a tope de la compañía de un amigo o de un grupo de amigos con los que te has reído y divertido de veras. 12

         Una vez hecho lo anterior, trata de comprender la verdadera naturaleza de los sentimientos mundanos, es decir, los sentimientos de autobombo y vanagloria, que no son naturales, sino que han sido inventados por tu sociedad y tu cultura para hacer que seas productivo y poder controlarte. Dichos sentimientos no proporcionan el sustento y la felicidad que se producen cuando contemplas la naturaleza o disfrutas de la compañía de un amigo y de tu propio trabajo, sino que han sido ideados para producir ilusiones, emoción… y vacío. 12

         Trata luego de verte a ti mismo en el trascurso de un día o de una semana y piensa cuántas de las acciones que has realizado y de las actividades en que te has ocupado han estado libres del deseo de sentir esas emociones e ilusiones que únicamente producen vacío, del deseo de obtener la atención y la aprobación de los demás, la fama, la popularidad, el éxito o el poder. 12

         Fíjate en las personas que te rodean. ¿Hay entre ellas alguna que no se interese por esos sentimientos mundos? ¿Hay una sola que no esté dominada por dichos sentimientos, que no los ansíe, que no emplee, consciente o inconscientemente, cada minuto de su vida en buscarlos? Cuando consigas ver esto, comprenderás cómo la gente trata de ganar el mundo y cómo, al hacerlo, pide su vida. Y es que viven unas vidas vacías, monótonas, sin alma…

         Propongo a tu consideración la siguiente parábola de la vida: un autobús cargado de turistas atraviesa una hermosísima región llegan de lagos, montañas, ríos y praderas. Pero las cortinas del autobús están echadas, y los turistas, que no tienen la menor idea de lo que hay al otro lado de las ventanillas, se pasan el viaje discutiendo sobre quién debe ocupar el mejor asiento del autobús, a quién hay que aplaudir, quién es más digno de consideración… Y así siguen hasta el final del viaje. 13

         La razón por la que eres infeliz es porque no dejas de pensar en lo que no tienes, en lugar de pensar más bien en lo que tienes en este momento. 15

         ¿Qué puede hacerse para alcanzar la felicidad? No hay nada que tú ni cualquier otro podías hacer. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que ahora mismo ya eres feliz, ¿y cómo vas a adquirir lo que ya tienes? Pero, si es así, ¿por qué no experimentas esa felicidad que ya posees? Pues, simplemente, porque tu mente no deja de producir infelicidad. Arroja esa infelicidad de tu mente, y al instante aflorará al exterior la felicidad que siempre te ha pertenecido. ¿Y cómo se arroja fuera la infelicidad? Descubre qué es lo que origina y examina la causa abiertamente y sin temor: la infelicidad desaparecerá automáticamente. 27

         Ahora bien, si te fijas como es debido, verás que hay una sola cosa que origina la infelicidad: el apego. ¿Y qué es un apego? Es un estado emocional de vinculación compulsiva a una cosa o persona determinada, originado por la creencia de que sin esa cosa o persona no es posible ser feliz. Tan estado emocional se compone de dos elementos; uno positivo y otro negativo. El elemento positivo es el fogonazo del placer y la emoción, el estremecimiento que experimentas cuando logras aquello a lo que estás apegado. El elemento negativo es la sensación de amenaza y de tensión que siempre acompaña al apego. Imagínate a alguien encerrado en una campo de concentración y que no deja de engullir comida: con una mano se lleva la comida a la boca, mientas que con la otra protege la comida restante de la codicia de sus compañeros de encierro, que tratarán de arrebatársela en cuanto baje la guardia. Por su propia naturaleza, el apego te hace vulnerable al desorden emocional y amenaza constantemente con hacer añicos tu paz. ¿Cómo puedes esperar, entonces, que una persona apegada acceda a ese océano de felicidad que llamamos el «Reino de Dios»? ¡Es como esperar que un camello pase por el ojo de una aguja! 28

         Ahora bien, la verdaderamente trágico del apego es que, si no se consigue su objeto, origina infelicidad; y, si se consigue, no origina propiamente la felicidad, sino que simplemente produce un instante de placer, seguido de la preocupación y el temor de perder dicho objeto. Dirás: «Entonces, ¿no puedo tener ni un solo apego?». Por supuesto que sí, puedes tener todos los apegos que quieras. Pero por cada uno de ellos tendrás que pagar un precio en forma de pérdida de felicidad. Fíjate bien: los apegos son de tal naturaleza que, cuando  lograras satisfacer muchos de ellos a lo largo de un día, con que sólo hubiera uno que no pudieras satisfacer, bastaría para obsesionarte y hacerte infeliz. No hay manera de ganar la batalla de los apegos. Pretender un apego sin infelicidad es algo así como buscar agua que no sea húmeda. Jamás ha habido nadie que haya dado con la fórmula para conservar los objetos de los propios apegos sin lucha, sin preocupación, sin temor y sin caer, tarde o temprano, derrotado. 28

         En realidad, sin embargo, sí hay una forma de ganar la batalla de los apegos: renunciar a ellos. Contrariamente lo que suele creerse, renunciar a los apegos es fácil. Todo lo que hay que hacer es ver, pero ver realmente, las siguientes verdades. Primera verdad: estás aferrado a una falsa creencia, a saber, la de que sin una cosa o persona determinada no puedes ser feliz. Segunda verdad: si te limitas a disfrutar las cosas, negándote a quedar apegado  a ellas, es decir, negándote a creer que no podrás ser feliz sin ellas, te ahorrarás toda la lucha y toda la tensión emocional que supone el protegerlas y conservarlas. Tercera y última verdad: si aprendes a disfrutar el aroma de un millar de flores, no te aferrarás a ninguna de ellas ni sufrirás cuando no puedas conseguirla. 29

         Piensa en alguien que te desagrade: alguien a quien sueles tratar de evitar, porque su presencia te produce sentimientos negativos. Imagina que estás ahora mismo en presencia de esa persona y observa cómo surgen las emociones negativas… Es perfectamente posible que imagines a alguien pobre, lisiado, ciego o cojo.

         Comprende ahora que, si invitas a tu casa a esa persona, a ese mendigo que anda por plazas y calles, es decir, si la invitas a estar en tu presencia, ella te ofrecerá algo que ninguno de tus encantadores y amables amigos, por muy rico que sea, puede ofrecerte. Te revelará a ti mismo tu propio ser y la naturaleza humana: una revelación tan valiosa como cualquiera de las que pueden hallarse en la Biblia, porque ¿de qué te vale conocer todas las Escrituras si no te conoces a ti mismo y, consiguientemente, vives como si fueras un «robot»? La revelación que ese mendigo va a hacerte servirá para ensanchar tu corazón hasta que haya espacio en él para toda criatura viviente. ¿Puede haber mejor regalo? 33

         Una vez recibidas estas revelaciones acerca de ti mismo, presta atención a la revelación relativa a la naturaleza humana: ¿sabes si esa otra persona es o no responsable de ese comportamiento o esa característica suya que te hace reaccionar negativamente? Sólo puedes persistir en tus sentimientos negativos si crees, equivocadamente, que esa persona es perfectamente libre y consciente y, por lo tanto, responsable. Pero ¿acaso hay alguien que haga el mal con pleno conocimiento de causa? La capacidad de hacer el mal o de ser malo no tiene que ver con la libertad, sino que es una enfermedad, porque supone una falta de consciencia y de sensibilidad. Los que son verdaderamente libres no pueden pecar, como tampoco Dios puede hacerlo. esa pobre persona que tienes ante ti es una persona lisiada, ciega, coja, no la persona terca y malévola que tu, neciamente, creías. Trata de comprender esta verdad; considérala detenida y profundamente, y verás cómo tus emociones negativas dan paso a la ternura ay la compasión. De pronto se hará espacio en tu corazón para quien había sido ignorado y despreciado por los demás… y por ti mismo. 34

         Una vez que lo hayas visto, comprobarás cómo al sentimiento de compasión se ha añadido en tu corazón el sentimiento de gratitud hacia ese mendigo que, de hecho, es tu benefactor. Y experimentarás también un nuevo e inusitado sentimiento: del mismo modo que el que ha aprendido a nadar desea encontrar agua donde poder hacerlo, así anhelarás también tú la compañía de esos seres lisiado, ciegos y cojos, porque siempre que estás con ellos, en lugar de experimentar como antes la opresión y la tiranía de los sentimientos negativos, ahora puedes verdaderamente sentir una compasión cada vez mayor y una inefable libertad. y apenas puedes reconocerte a ti mismo saliendo a las calles y plazas de la ciudad, obediente al mandato del Maestro, en busca de los pobres, lisiado, ciegos y cojos. 35

         Si, además de este ansia de poder, está apegado a otras cosas, como el sexo o el dinero, el pobre hombre será tan selectivo en sus percepciones que casi puede afirmarse que está ciego. Esto es algo que ve todo el mundo, excepto él mismo. Y es también lo que conduce al rechazo del Mesías, el rechazo de la verdad, la belleza y la bondad, porque uno se ha hecho ciego para percibirlas. 36-37

       Si deseas estar plenamente vivo, debes adquirir y desarrollar el sentido de la perspectiva. La vida es infinitamente más grande que esa nimiedad a la que tu corazón se ha apegado y a la que tú has dado el poder de alterarte de ese modo. Una nimiedad, sí, porque, si vives lo suficiente, es muy fácil que algún día esa cosa o persona deje de importante… y hasta puede que ni siquiera te acuerdes de ella, como podrás comprobar por experiencia. Hoy mismo, apenas recuerdas aquellas tremendas tonterías que tanto te inquietaron en el pasado y que ya no te afectan en lo más mínimo. 42

         Si te aferras a una idea acerca de alguna persona, entonces ya no amas a es apersona, sino que amas tu idea acerca de ella. Cuando la ves hacer o decir algo, o comportarse de una determinada manera, le pones una etiqueta: «es tonta», «es torpe», «es cruel», «es simpática»… Y entonces ya has puesto una pantalla, una «capa de grasa» entre ti y esa persona; y cuando vuelvas a encontrarte con ella, la verás en función de esa idea que te has formado, aun cuando ella haya cambiado. Observa cómo es precisamente esto lo que has hecho con casi todas la personas que conoces. 48

         Compara el sereno y sencillo esplendor de una rosa con las tensiones y la agitación de tu vida. La rosa tiene un don del que tú careces: está perfectamente conforme con ser lo que es. Al contrario que tu, ella no ha sido programada desde su nacimiento para estar insatisfecha consigo misma, por lo que no siente el menor deseo de ser algo distinto de lo que es. Y por eso posee esa gracia natural y esa ausencia de conflicto interno que, entre los humanos, sólo se dan en los niños y en los místicos. 59

         Solo el ser humano adulto es capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente. Cuando una persona mayor castiga a un niño por decir la verdad, pro revelar lo que piensa y siente, el niño aprende a disimular y comienza a perder su inocencia. Y no tardará en engrosar las filas de las innumerables personas que reconocen perplejas no saber quiénes son, porque, habiendo ocultado durante tanto tiempo a los demás la verdad sobre sí misas, acaban ocultándosela a sí mismas. ¿Cuánto de la inocencia de tu infancia conservas todavía? ¿Existe alguien hoy en cuya presencia puedas ser simple y totalmente tu mismo, tan indefensamente sincero e inocente como un niño? 70

            Y así es como entras irremediablemente en el mundo de la insinceridad y del control y te ves exiliado del Reino, propio de la inocencia de la infancia. 72

         Y una última y sutilísima forma de destruir tu inocencia consiste en competir y compararte con los demás, con lo cual canjeas tu ingenua sencillez por la ambición de ser tan bueno o incluso mejor que otra persona determinada. Fíjate bien: la razón pro al que el niño es capaz de preservar su inocencia y vivir, como el resto de la creación, en la felicidad del Reino, es porque no ha sido absorbido por lo que llamamos el «mundo», esa región de oscuridad habitada por adultos que emplean sus vidas, no es vivir, sino en buscar el aplauso y la admiración; no en ser pacíficamente ellos mismos, sino en compararse y competir neuróticamente, afanándose por conseguir algo tan vacío como el éxito y la fama, aun cuando esto sólo pueda obtenerse a costa de  derrotar, humillar y destruir al prójimo. Si te permitieras sentir realmente el dolor de este verdadero infierno en la tierra, tal vez te sublevarías inferiormente y experimentarías una repugnancia tan intensa que haría que se rompieran las cadenas de dependencia y de engaño que se han formado en torno a tu alma, y podrías escapar al reino de la inocencia, donde habitan los místicos y los niños. 72-73.

         ¿Qué es el amor? Fíjate en la rosa: ¿puede acaso decir la rosa: «Voy a ofrecer mi fragancia a las buenas personas y negársela a las malas»? ¿O puedes tu imaginar una lámpara que niegue sus rayos a un individuo perverso que trate da caminar a su luz? Sólo podría hacerlo si dejara de ser una lámpara. Observa cuán necesaria e indiscriminadamente ofrece el árbol su sombra a todos, buenos y malos, jóvenes y viejos, altos y bajos, hombres y animales y cualesquiera seres vivientes… incluso a quien pretende cortarlo y echarlo abajo. Esta, pues, la primera cualidad del amor: su carácter indiscriminado. Por eso se nos exhorta a que seamos como Dios, «que hace brillar su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos; sed, pues, buenos como vuestro Padre celestial es bueno». Contempla con asombro la bondad absoluta de la rosa, de la lámpara, del árbol…, porque en ellos tienes una imagen de lo que sucede con el amor. 74

          Observa el maravilloso cambio que se produce en ti cuando dejas de ver a  los demás como buenos y malos, como justos y pecadores, y empiezas a verlos como inconscientes e ignorantes. Debes renunciar a tu falta creencia de que las personas pueden pecar conscientemente. Nadie puede pecar «a conciencia». En contra de lo que erróneamente pensamos, el pecado no es fruto de la malicia, sino de la ignorancia. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…» Comprender esto significa adquirir esa cualidad no discriminatoria que tanto admiramos en la rosa, en la lámpara, en el árbol… 75

         El Reino de Dios es amor. Pero ¿qué significa amar? Significa ser sensible a la vida, a las cosas y a las personas; tener sentimientos hacia todo y hacia todos, sin excluir nada ni a nadie. Porque a la exclusión sólo se llega a base de endurecerse, a base de cerrar las propias puertas. Y el endurecimiento mata la sensibilidad. No te resultará difícil encontrar ejemplos de esta clase de sensibilidad en tu propia vida. ¿No te  has detenido nunca a retirar una piedra o un clavo de la carretera para evitar que alguien pueda sufrir daño? Lo de menos es que tu  no llegues nunca a conocer a la persona que va a beneficiarse de ello, o que no se recompense ni se reconozca tu gesto. Lo haces pro puro sentimiento de benevolencia y bondad. ¿No te has sentido alguna vez afligido ante la absurda destrucción, en cualquier parte del mundo, de un bosque que nunca ibas a ver ni del que te ibas a beneficiar jamás? ¿No te has tomado nunca más molestias de la normales  por ayudar a un extraño a encontrar la dirección que buscaba, aunque no conocieras ni fueras nunca a volver a ver a esa persona, simplemente por haber experimentado un sentimiento de bondad? En eso y en otro muchos momentos, el amor ha aflorado a la superficie en tu vida, haciendo ver que se hallaba en tu interior esperando ser liberado. 78

         ¿Cómo puedes llegar a poseer esta clase de amor? NO puedes, porque ya está dentro de ti. Todo lo que tienes que hacer es quitar los obstáculos que tú mismo pones a la sensibilidad, y ésta saldrá a la superficie.

         Esos obstáculos a la sensibilidad son dos: la opinión y el apego. Hablemos primero de la `opinión’. En cuanto tienes un opinión, ya has llegado a una conclusión acerca de una persona, una situación o una cosa. Te has quedado fijo en un punto y has renunciado a tu sensibilidad. Te has predispuesto, y ya sólo verás a esa persona o cosa desde tu predisposición o prejuicio. En otras palabras, vas a dejar de verla para siempre. 79

         Si uno está apegado al poder, al dinero, a la propiedad, a la fama y al éxito,; si uno busca todas estas cosas como si su felicidad dependiera de ellas, será considerado como un miembro dinámico , trabajador y productivo de la sociedad. En otras palabras, si uno persigue esas cosas con una arrolladora ambición capaz de destruir la sinfonía de su vida y convertirle en un ser duro, frío e insensible para con los demás y para consigo mismo, entonces la sociedad le considerará un ciudadano «como es debido», y sus parientes y amigos se sentirán orgullosos del «status» que ha alcanzado. ¿A cuántas personas conoces, de las que llaman «respetables», que hayan conservado esa tierna sensibilidad del amor que sólo la falta de apegos puede proporcionar? 81

         Considera todo cuanto piensas, sientes, dices y hacer… y no te agrada: tus emociones negativas, tus defecto, tus «handicaps», tus errores, tus apegos, tus neurosis, tus dependencias… y tus pecados, naturalmente. Puedes considerarlo todo ello como una parte necesaria de tu desarrollo; como algo que te ofrece una promesa de crecimiento y de gracia para ti y para otros y que no se daría sin esa cosa concreta que tanto te desagrada. Y si tú mismo has ocasionado dolor y sentimientos negativos a otros, piensa que en ese momento has ejercido con ellos la función de «maestro» y les has dado ocasión de autoconocerse y de crecer. Puedes seguir considerándolo hasta que lo veas todo ello como una «feliz culpa», como un pecado necesario que es ocasión de un inmenso bien para ti y para el mundo. 108

         Encontrar el reino es lo más fácil del mundo, pero también lo más difícil. Es fácil, porque el reino está a tu alrededor y aun dentro mismo de ti, y lo único que tiene que hacer es extender tu mano y tomar posesión de él. Y es difícil, porque, si deseas poseer el reino, no puede poseer nada más. Es decir, debes acceder a lo más hondo de ti mismo sin apoyarte en nada ni en nadie, arrebatando a todos y a todo, pasa siempre, el poder de estremecerte, de emocionarse de darte una sensación de seguridad o de bienestar, Para lo cual, lo primero que necesitas es ver con absoluta claridad esta contundente verdad: contrariamente a lo que tu cultura y tu religión te han enseñado, nada, absolutamente nada, puede hacerte feliz. 110

         Los demás, la inmensa mayoría, se limitan a seguir llamando patéticamente a la puerta de otras criaturas, mendigando sin recato, implorando afecto, aprobación, consejos, poder, honor, éxito… Y es que se niegan obstinadamente a entender que la felicidad no está en esas cosas. 111

         De pronto te encontrarás viviendo en un mundo del todo diferente, infinitamente alejado del mundo de las personas que te rodean, porque todo cuanto los demás estiman y por lo que claman sus corazones (honor, poder, aceptación, aprobación, seguridad, riqueza…) es visto como la hedionda, repugnante y nauseabunda basura que en realidad es. Y todo aquello de lo que los demás huyen sin para ya no volverá a infundirte terror. Te has vuelto una persona serena, intrépida y libre, porque has abandonado tu mundo ilusorio y has entrado en el reino. 113

         Ahora bien, no confundas este descontento divino con la desesperación que a veces induce a la gente a la locura y al suicidio, en cuyo caso no se trataría del impulso místico hacia la vida, sino del impulso neurótico hacia la autodestrucción. Ni lo confundas tampoco con el gimoteo de quienes no hacen más que quejarse de todo: estas personas no son místicos, sino pelmazos en constante campaña en favor de una mejora de sus condiciones carcelarias, cuando lo que necesitarían sería abrir las puertas de su prisión y salir a la libertad.  113

         La mayoría de las personas, cuando sienten en sus corazones el aguijonazo de este descontento, o bien huyen de él drogándose en la búsqueda febril de trabajo, de compañía y de amistad, o bien canalizan en descontento hacia una labor social o hacia la literatura, la música o las llamadas tareas creativas, y se contentan con la reforma, cuando lo que hace falta es la rebelión. Estas personas, aunque tremendamente activas, en realidad no están vivas en absoluto, sino muertas y contentas de vivir en la región de los muertos. La prueba de que tu descontento es divino la constituye el hecho de que no haya en él el menor rastro de tristeza o de amargura, sino que, por el contrario, y aun cuando pueda brotar frecuentemente el miedo en tu corazón, el descontento venga siempre acompañado de alegría, de la alegría del reino. 113

         Jóvenes o viejos la mayoría de nosotros estamos descontentos, simplemente porque deseamos algo (más conocimientos, un mejor trabajo, un coche más potente, un salario más abundante…). Nuestro descontento se basa en nuestro deseo de «más». Si la mayoría de nosotros estamos descontentos, es únicamente porque deseamos algo más. Pero no me estaba refiriendo a esta clase de descontento. Evidentemente, el desear «más» nos impide pensar con claridad, pero, si estamos descontentos, no porque deseamos algo, sino porque no sabemos lo que deseamos, si nos sentimos insatisfechos con nuestro trabajo, con la necesidad de hacer dinero y lograr poder y posición, con la tradición, con lo que tenemos y lo que podríamos tener; si estamos insatisfechos, no con lago en particular, sino con todo, entonces creo que descubriremos que nuestro descontento nos proporciona claridad. Cuando no aceptamos ni seguimos, sino que dudamos, investigamos e inquirimos entonces se da una intuición o penetración que da lugar a la creatividad y la alegría. 114

         Por lo general, el descontento que experimentas se debe a que no tienes suficiente de algo: estás insatisfecho porque piensas que no tienes suficiente dinero, o poder, o éxito, o fama, o virtud, o amor, o santidad… No es éste el descontento que conduce a la alegría del reino, porque su origen es la codicia y la ambición, y su consecuencia el desasosiego y la frustración. El día en que estés descontento, no porque desees más de algo, sino porque no sabes qué es lo que deseas; el día en que estés mortalmente harto de todo cuanto has estado persiguiendo hasta entonces, harto incluso de perseguirlo, ese día tu corazón alcanzará una inmensa claridad, una intuición, una perspicacia que, de un modo misterioso, te permitirá deleitarte con todo y con nada. 115

         Si cambiaras tu «programa», tus sentimientos de inseguridad se desvanecerían en un santiamén, aun cuando todo lo existente en el mundo exterior a ti permaneciera exactamente igual que antes. Hay personas que se sienten absolutamente seguras sin tener un duro en el banco, mientras que otras se sienten inseguras a pesar de tener millones. Lo importante no es la cantidad de dinero, sino la «programación». Hay personas que no tienen amigos y, sin embargo, se sienten perfectamente seguros del amor de la gente; otras, en cambio, se sienten inseguras aunque gocen de las más posesivas y exclusivas relaciones del mundo. Una vez más, la diferencia viene marcada por la «programación». 116-7

         ¿Qué es la muerte? Una pérdida, una desaparición, un marcharse, un decir adiós. Cuando te aferras a algo, te niegas a marcharte, te niegas a decir adiós, te resistes a la muerte. Y, aunque no te des cuenta, te resiste también a la vida. 120

         Porque la vida está en movimiento, y tu, en cambio, estás fijo; la vida fluye, y tu, en cambio, te has estancado; la vida es flexible y libre, y tu, en cambio, estás rígido y paralizado. La vida se lo lleva todo, y tu, en cambio, ansías estabilidad y permanencia. 121

         Por eso temes a la vida y temes a la muerte: porque te aferras. Si no te aferraras a nada, si no temieras perder nada, entonces seréis libre para  fluir como el torrente de la montaña, siempre fresco, vivo y cambiante. 121

         En ese no-aferrarse está la decisión de fluir libremente, de disfrutar, gustar y saborear cada nuevo instante de la vida; una vida que ahora es mucho más dulce, porque ha quedado libre de la inquietud, la tensión y la inseguridad; libre del temor a la pérdida y a la muerte que siempre acompaña al deseo de permanecer y de aferrarse. 122

         La verdadera tolerancia brota únicamente de una viva conciencia de la profunda ignorancia que a todos nos aqueja en relación con la verdad. Porque la verdad es, esencialmente, misterio. La mente puede sentirla, pero no comprenderla, y menos aún formularla. Nuestras creencias pueden vislumbrarla, pero no expresarla con palabras. 123

         ¿Qué es la clarividencia y cómo se obtiene? Lo primero que debes saber es que la clarividencia no requiere demasiados conocimientos. es algo tan simple que está al alcance de un niño de diez meses. No requiere conocimientos, sino ignorancia; no requiere talento, sino valor. Lo comprenderás si piensas en un niño en brazos de una vieja y fea criada. El niño es demasiado joven para haber adquirido los prejuicios de sus mayores. Por eso, cuando se encuentra cálidamente instalado entre los brazos de esa mujer, no está respondiendo a ningún tipo de «clichés» mentales (clichés como «mujer blanca-mujer negra», «fea-guapa», «vieja-joven», madre-criada», etc.), sino que está respondiendo a la realidad. Esa mujer satisface la necesidad que el niño tiene de amor, y es a esta realidad a la que el niño responde, no al nombre, la apariencia, la religión o la raza de la mujer. Todas estas cosas son para él absolutamente irrelevantes. El niño carece todavía de creencias y de prejuicios. Este es el medio en el que puede darse la clarividencia, y para obtenerla hay que olvidarse de todo cuantos e ha aprendido y adquirir la mente del niño, libre de esas experiencias pasadas y esa «programación» que tanto oscurecen nuestra forma de ver la realidad. 124-125.

         Pero no los prejuicios y las creencias los únicos enemigos de la clarividencia. Hay otra pareja de enemigos que llamamos «deseo» y «miedo». Para que el pensamiento esté incontaminado de toda emoción, y concretamente de deseo, de miedo y de egoísmo, se requiere una ascesis verdaderamente aterradora. Las personas creen equivocadamente que su pensamiento es producto de su mente, en realidad es producto de su corazón, que primero dicta una determinada conclusión y luego ordena a la mete que elabore el razonamiento con que poder apoyarla. He aquí, pues, otra fuente de revelación divina. Examina algunas de las conclusiones a las que has llegado y comprueba cómo han sido adulteradas por tu egoísmo. Esto vale para cualquier conclusión, a no ser que la consideres provisional. 125-6

       Cada vez que lo intentas, comprobarás que lo que la clarividencia requiere no son conocimientos o informaciones. Esto se adquiere fácilmente; no así el valor para hacer frente con éxito al miedo y al deseo, porque, en el momento en que desees o temas algo,. tu corazón, consciente o inconscientemente, se interpondrá y servirá de obstáculo a tu pensamiento. 126

         La santidad no es un logro, es una Gracia. Una Gracia llamada consciencia, visión, observación, comprensión… Sólo con que encierras la luz de la consciencia ay te observaras a ti mismo y cuanto te rodea a lo largo del día; sólo con que te vieras reflejado en el espejo de la consciencia del mismo modo que ves tu rostro reflejado en un espejo de cristal, sin la menor distorsión ni el menor añadido, y observaras dicho reflejo sin emitir juicio ni condena de ningún tipo, experimentarías los maravillosos cambios de toda clase que se producen en ti. Lo que ocurre es que no puedes controlar dichos cambios, ni eres capaz de planificarlos de antemano ni de decidir cómo y cuándo tiene que producirse. Es esta clase de consciencia que no emite juicios la única capaz de sanarte, de cambiarte y de hacerte crecer. Pero lo hace a su manera y a su tiempo. 130

         ¿De qué debes ser consciente concretamente? De tus reacciones y de tus relaciones. Cada vez que estás en presencia de una persona (la que sea y en la situación en que sea), tienes toda clase de reacciones, positivas y negativas. Estudia esas reacciones, observa cuáles son exactamente y de dónde provienen, sin reconvención o culpabilización de ningún tipo, incluso sin deseo alguno, y, sobre todo, sin tratar de cambiarlas. Eso es todo lo que ha falta para que brote la santidad. 130

         Pero ¿no constituye la consciencia en sí misma un esfuerzo? No, si la has percibido aunque no sea más que una vez. Porque entonces comprenderás que la consciencia es un placer: el placer de un niño que sale asombrado a descubrir en ti cosas que te desagradan, siempre ocasiona liberación y gozo. Y entonces sabrás que la vida inconsciente no merece ser vivida, porque está excesivamente llevan de oscuridad y de dolor. 130

         Si al principio sientes pereza en practicar la consciencia, no te violentes. Sería un esfuerzo más. Limítate a ser consciente de tu pereza, sin juzgar ni condenar. Comprenderás entonces que la consciencia requiere el mismo esfuerzo que el que tiene que realizar un enamorado para acudir junto a su manda, o un hambriento para comer,. o un montañero para escalar la montaña de sus sueños; tal vez haya que emplear mucha energía, tal vez sea incluso penoso, pero no es cuestión de esfuerzo; ¡es hasta divertido! En otras palabras, la consciencia es una actividad fácil. 131

 

 

 

 

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[1] DE MELLO, A.: «Una llamada al amor», Sal Tarrae, Santander 1991.

 


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