Amar, dar la vida

                           

 “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.  Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” (Jn 15,12-13). 

“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

 

 

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            Hace muchos años, cuando yo trabajaba de voluntaria en un hospital de Stanford, conocí una niñita llamada Liz que sufría de una extraña y sería enfermedad. Su única oportunidad de recuperación era una transfusión de sangre de su hermanito de 5 años, quien se había salvado milagrosamente de esta misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.

           El médico le explicó la situación al hermanito, y le preguntó que si estaba dispuesto a darle sangre a su hermana. El crío vaciló por solo un momento antes de respirar fuertemente y decirle: “Si, lo haré, si así se salva Liz.”

           Mientras que progresaba la transfusión, el estaba acostado al lado de su hermanita y sonrió viendo como el color regresaba a sus mejillas. Entonces el niño se puso pálido y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y preguntó con una voz temblorosa, “¿Moriré enseguida?”

           El niño había malentendido al médico; pensó que le tendría que dar toda su sangre a su hermana para salvarla y que entonces el moriría. Y aun así había aceptado. 

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“Hemos comprendido lo que es el amor, porque El se desprendió de su vida por nosotros; ahora, también nosotros, debemos desprendernos de la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3,16).

Hace falta un grado de “locura”. A  Jesús le llegaron a llamar loco. Si a ti no te lo llaman es que todavía no estás en su lógica sino en la de los que llaman locos… a los que aman demasiado, hasta el extremo. En mundo no comprende este amor, porque no es de este mundo, pertenece al orden de la Caridad, que es mundo de la vida Trinitaria, el Reino de Dios. ¡Ay, cuando los hombres os alaben! Es que estamos en su lógica.

Hay muchas maneras de morir, hay muchos instantes en que el sacrificio puede dar. Pero es la muerte la que nos abre a la vida. Es nuestra actitud a entregarlo todo, lo que nos hace actos para la gloria, es decir, en ese instante la vida está en nosotros. Cuando se tiene la Vida se puede donar la vida.

Según Jesucristo, el ideal de la vida no es “ganar el mundo entero”, ni querer a toda costa “salvar la propia vida”. Es, más bien, hacer con ella lo que hizo Jesús, el hombre para los demás: entregarla para todos. Además, sólo esta actitud nos permite enfrentarnos eternamente con la muerte. Porque nadie puede arrebatar la vida a quien la tiene de antemano entregada.

El modo de ser de Jesús como ser-para-los-demás deducimos cuál es el verdadero ser y existir del hombre. El hombre sólo existe con sentido si se concibe como total apertura ay como nudo de relaciones en todas las direcciones, para con el mundo, para con el otro y para con Dios.

“Lo que tu siembras, no germina, si no muere” (1 Cor 15,36).

“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto. El que ama su vida, la perderá y el que odia su vida en este mundo, la conservará en la vida eterna. Si alguno se pone a mi servicio, que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor. A quien me sirva, mi Padre lo honrará.” (Jn 12,24-26)

Jesús tiene la última palabra y dice: “Quien se apega a su vida, la pierde; quien no se apega a su vida, la gana para la vida eterna”. La personalidad cristiana (y humana) consiste en un “ex-tasis”, en una salida de sí mismo, sin la cual el individuo sigue enterrado estérilmente en su propio yo. El que no ama permanece en la muerte.[1]

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[1] LEON-DUFOUR, X.: “Jesús y Pablo ante la muerte”, Cristiandad, Madrid, 1982, p.279.

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