Algo grande está por venir

            Está próxima a acaecer sobre el mundo una descomunal catástrofe, que excederá a cuanto haya acontecido en la historia de la humanidad. Este terrible desastre será más tremendo que el diluvio universal y en una dimensión jamás vista.

           Es una catástrofe vaticinada por muchos profetas del Antiguo Testamento y descrita en San Mateo 24, San Marcos 13 y Lucas 21; 2 San Pedro 2 y 3 y en el Apocalipsis, y posteriormente anunciada por la Virgen María o el mismo Jesucristo, en muchas apariciones y mensajes transmitidos a muchos santos.

         El cáliz está llenando y llegará tardando -muy poco años- el momento que reclamaban los justos martirizados: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?” (Ap 6,10). Ha sonado la trompeta del ángel que anuncia la irrupción del día del Señor (Sof 3,14-18), el día en que Dios hará justicia en la tierra. Es grande el Día de Yahvé, y muy terrible: ¿quién lo soportará? (Joel 2,11). ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos (Mal 3,2). Porque llega el Día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama (Mal 3,19).

            En los aires aparecerá una cruz esplendorosa que anunciará el advenimiento del Salvador, derramando su gracia para que los corazones se abran a Dios y se conviertan. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahvé vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia (Joel 2,13).

           Inmediatamente después de que el Señor haya atraído hacía sí a cuantos hayan querido ser salvados por su divina misericordia, la hoz será pasada sobre la faz de la tierra, porque la mies está madura (Joel 4,13): Salió del Santuario otro Ángel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: “Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.” (Ap 14,15).

              En su Discurso Escatológico, el Señor dice que “habrá en diversos lugares hambres y terremotos…, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo” (Mt 24,7.29).

        Sobrevendrá sobre la tierra un cataclismo primordialmente cósmico, signo de una particular intervención de Dios, de dimensiones inauditas, que estremecerá el universo entero. ¡Ante él tiembla la tierra, se estremecen los cielos, el sol y la luna se oscurecen, y las estrellas retraen su fulgor! (Joel 2,10). El cielo será invadido por una oscuridad espesa. El sol se apagará y la luna no emitirá resplandor alguno, las estrellas se borrarán. Las fuerzas del cielo se tambalearán; las leyes de los movimientos de los cuerpos celestiales parecerán suspendidas. La tierra se verá sacudida por terremotos espantosos, su corteza parecerá resquebrajarse y romperse en pedazos; habrá una profunda conflagración en el mar, olas gigantescas se alzarán inundando la tierra; globos de llamas convertirán la tierra en una tea, y el aire abrasador estará infectado de gases mortíferos. Grandes ciudades desaparecerán: engullidas por terremotos, inundadas por el mar o calcinadas por el fuego.

             Las esclusas de lo alto han sido abiertas, y se estremecen los cimientos de la tierra. Estalla, estalla la tierra, se hace pedazos la tierra, sacudida se bambolea la tierra, vacila, vacila la tierra como un beodo, se balancea como una cabaña; pesa sobre ella su rebeldía, cae, y no volverá a levantarse. (Is 24,18-20).

         Miré a la tierra, y he aquí que era un caos; a los cielos, y faltaba su luz. Miré a los montes, y estaban temblando, y todos los cerros trepidaban. Miré, y he aquí que no había un alma, y todas las aves del cielo se habían volado. Miré, y he aquí que el vergel era yermo, y todas las ciudades estaban arrasadas delante de Yahvé y del ardor de su ira. Porque así dice Yahvé: Desolación se volverá toda la tierra, aunque no acabaré con ella. (Jer 4,23-27).

      Una intensa oscuridad, que durará tres días y tres noches, cubrirá toda la tierra. Los hombres, enloquecidos, huyendo de tantísimo terror no sabrán dónde refugiarse. 

       Los impíos serán aplastados y aniquilados, y muchos se perderán porque permanecerán en la obstinación de sus pecados. Se pudrirá su  carne estando ellos todavía en pie, sus ojos se pudrirán en sus cuencas, y su lengua se pudrirá en su boca (Zac 14,12). Los dictadores del mundo, gente infernal, que destruyeron iglesias, profanaron la Eucaristía, martirizaron a los justos y perdieron a la humanidad serán arrasados. Todo lo que esté contaminado por la maldad y el pecado quedará reducido a cenizas. Entonces se verá el poder de la luz sobre el poder de las tinieblas. Se verá la gloria de Yahvé, el esplendor de nuestro Dios (Is 35,2).

         Todos los enemigos de la Iglesia y cuantos habían apostatado, ocultos o aparentes, perecerán en las tinieblas, con excepción de algunos que se les brindará la conversión…

         La iglesia, tras la victoria, irradiará como el sol. Se tendrá la sensación de ser cumplida la plegaria: “Venga a nosotros tu reino”.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.