En la misa de hoy 13 de junio se proclama el santo evangelio según san Mateo 5, 27-32. Jesús habla con claridad meridiana estas dos realidades tan presentes en la vida de humana: el divorcio y el adulterio.
Dos temas que en el Antiguo Testamentos son definidas moralmente; y Jesucristo ahora viene a realizar algunas observaciones, a profundizarlas y planificarlas:
«Se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón.»
Y «También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.»
Asistí hace unos años a escuchar una conferencia en la que uno los conferenciantes se expresaba en estos términos: «no es inmoral o no se comete pecado si lo que se siente o piensa no se traduce en hechos». Nadie dijo nada, ni el público ni los otros dos conferenciantes. Es sorprendente, se hablaba desde la exterioridad, como muy elemental; algo así como se trataban los asuntos entre los escribas y fariseos. Es obvio que no se comete pecado cuando se siente, sino cuando se consiente, e igual con un deseo deshonesto instantáneo, cuando le da cabida y se regodea en el alimentado con pensamientos; así ocurre con todo tipo de tentaciones. Jesús viene a poner las cosas en claro, a interiorizar en el corazón -la conciencia- donde se dilucida la verdad moral.
Por otro lado, añadir una nota: Dice Jesús que si hay algo en ti que provoca ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Primero: Hay que tomarse las cosas en serio, los riesgos de los pecados, porque pueden causarnos la perdición eterna. Segundo: Hay quien se toma las cosas al pie de la letra, y este es un defecto que se puede cometer, por cualquier, hasta el más santo; me viene a la mente aquello de Orígenes, padre e la Iglesia, reconocido por su profundo conocimiento teológico, Eusebio afirma que, cuando Orígenes era joven, después de una lectura literal de Mateo 19,12, en la que Jesús se presenta diciendo «hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos para el reino de los cielos». Esto fue motivo por el que no fue canonizado como santo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 27-32:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio»
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Palabras del papa Francisco
(Homilía Santa Marta, 13 de noviembre de 2017)
Estad atentos a no escandalizar. El escándalo es feo porque hiere la vulnerabilidad del Pueblo de Dios, hiere la debilidad del Pueblo de Dios, y muchas veces estas heridas se llevan para toda la vida». Es más, el escándalo, explicó el Papa, «no solo hiere» sino que «es capaz de matar: matar esperanzas, matar ilusiones, matar familias, matar muchos corazones». Y «cuántos cristianos alejan a la gente con su ejemplo, con su incoherencia: la incoherencia de los cristianos es una de las armas más fáciles que tiene el diablo para debilitar al Pueblo de Dios y para alejar al Pueblo de Dios del Señor». Es el estilo de «decir una cosa y hacer otra». (Papa Francisco – Homilía Santa Marta, 13 de noviembre de 2017)
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Catena Aurea
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.17,1
Después que el Señor terminó el primer mandamiento a saber: «No matarás», procede con orden a hablar del segundo. Oísteis que fue dicho a los antiguos: «No adulterarás».
San Agustín, sermones, 9,3
Esto es, no irás a buscar otra mujer que la tuya. Si exiges de tu mujer esto, ¿no querrás pagarle del mismo modo cuando debes darle ejemplo con tus virtudes? Es muy necio el que el hombre diga que esto no se puede hacer. Lo que hace la mujer, ¿no podrá hacerlo el hombre? No quieras decir: No tengo mujer y por lo tanto voy a buscar a una mujer pública y por ello no quebranto este precepto, puesto que dice: «No adulterarás». Ya has conocido lo que vales, el precio que Cristo pagó por ti: ya sabes qué comes y qué bebes, y también a quién comes y a quién bebes. Sepárate, pues, de las fornicaciones. Cuando corrompes la imagen de Dios (que eres tú), por las fornicaciones y por las complacencias carnales, el mismo Dios también (que sabe lo que te es útil), te manda esto para que no se destruya su templo, que tú has empezado a ser.
San Agustín, contra Faustum,19, 23
Pero como los fariseos creían que el sólo trato corporal e ilícito con una mujer se llamaba adulterio, el Señor les manifestó que tal concupiscencia no era otra cosa, diciéndoles: «Pues yo os digo que todo aquél que pusiese los ojos en una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella». Lo que la ley manda es: «No desearás la mujer de tu prójimo» ( Ex 20,17), esto les parecía a los judíos que debía entenderse sólo de la acción de quitar la mujer a otro y no del trato carnal.
San Jerónimo
Entre la pasión y el deseo hay la diferencia de que la pasión se considera como vicio, y el deseo aun cuando tiene la misma culpa del vicio, sin embargo, no se considera como crimen. Luego aquel que viese una mujer y observase que su alma se perturba, éste debe considerarse como herido por el deseo. Si consintiese, pasa del deseo a la pasión, y para éste, no sólo hay voluntad de pecar, sino también ocasión. Todo aquél que viese una mujer con ánimo de pecar con ella (esto es, si la mira de tal modo que la desee y se prepare para obrar el mal), éste ya puede decirse con verdad que ha pecado en su corazón.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 12
Tres circunstancias concurren para que se cometa un pecado: la sugestión, la complacencia y el consentimiento. La sugestión se verifica por medio de la memoria, esto es, por los sentidos del cuerpo, en cuyo goce, si alguno se deleita, ha incurrido en delectación ilícita, que debe refrenar. Si ha habido consentimiento, entonces hay pecado completo. La complacencia, sin embargo, antes del consentimiento, o es nula o muy leve. Consentir con ella es pecado cuando es ilícita; pero si se lleva a la práctica, parece que entonces se sacia y se apaga la concupiscencia. Después, cuando la sugestión se repite, la complacencia es mayor, más no lo es tanto como aquella que viene a constituir un hábito, que difícilmente se puede vencer.
San Gregorio, Moralia, 21, 2
Todo aquel que mira exteriormente de una manera incauta, generalmente incurre en la delectación de pecado, y obligado por los deseos, empieza a querer lo que antes no quiso. Es muy grande la fuerza con que la carne obliga a caer, y, una vez obligada por medio de los ojos, se forma el deseo en el corazón, que apenas puede ya extinguirse con la ayuda de una gran batalla. Debemos, pues, vigilarnos, porque no debe verse aquello que no es lícito desear. Para que la inteligencia pueda conservarse libre de todo mal pensamiento, deben apartarse los ojos de toda mirada lasciva, porque son como los ladrones que nos arrastran a la culpa.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 17,2
Si quieres con frecuencia fijar los ojos en las caras hermosas, serás atrapado por completo, aunque acaso puedas contenerte por dos o tres veces, porque esto no está fuera de la humana naturaleza. Pero el que una vez enciende la llama en su corazón (después de vista una mujer), aun cuando no vea sus formas, retiene en sí el recuerdo de las acciones torpes, de cuya representación muchas veces pasa a la obra. Pero si alguna, adornándose demasiado, atrae los ojos de los hombres hacia sí, aun cuando no haga pecar a ninguno, ella padecerá el fuego eterno, porque forma el veneno, aun cuando no encuentre ninguno que lo beba. Lo que dice a los hombres, esto mismo dice a las mujeres, lo que se dice a la cabeza, también se dice al cuerpo.
Glosa
Después que Jesucristo enseñó a evitar el pecado de la lujuria, porque no sólo debe evitarse este pecado en sí, sino que también deben evitarse las ocasiones de los pecados, nos dice que no sólo en la práctica, sino también en el corazón, conviene evitar las ocasiones de los pecados, diciendo: «Si tu ojo derecho te escandaliza».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
Si según el profeta ( Sal 37,4), no hay nada que no esté herido por el pecado en nuestra carne, debemos cortarnos cuantos miembros tenemos para que la pena de éstos pague la malicia de la carne. Pero veamos si así puede entenderse del ojo corporal y de la mano.
Así como todo hombre, cuando se convierte a Dios, está muerto al pecado, así el ojo, cuando deja de mirar mal, se separa del pecado, pero ni aun así está conforme. Si el ojo derecho te escandaliza, ¿el izquierdo qué hace? ¿Acaso contradice al derecho para que se conserve inocente?
San Jerónimo
En el ojo derecho, y en la mano derecha, se insinúa el afecto a los hermanos, la mujer, los hijos, los parientes y amigos, los cuales, si alguna vez resulta que nos son impedimento para conocer la verdad, debemos separarlos de nosotros.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 13
Del mismo modo que se entiende la contemplación en el ojo, así debe entenderse con toda propiedad la acción en la mano. Por ojo entendemos un amigo muy querido. Y esto suele decirse por aquellos que quieren expresar su cariño, diciendo: «Lo quiero como a las niñas de mis ojos». Conviene entender aquí por ojo un amigo consejero, porque el ojo nos enseña el camino. En cuanto a lo que se añade, el ojo derecho, acaso vale para aumentar la fuerza del cariño. Siempre temen los hombres mucho más el perder el ojo derecho. Por lo mismo que es ojo derecho se entiende que es su consejero respecto de las cosas divinas. El ojo izquierdo es el consejero de las cosas mundanas. Y así éste es el sentir: «Cualquiera que sea la cosa que tú quieras, como si fuera tu ojo derecho, si te escandaliza (esto es, si te sirve de impedimento para conseguir la vida eterna), arrójalo y sepáralo de ti». Acerca del izquierdo, cuando te escandalice, es inútil el decir que tampoco debes perdonarlo. La mano derecha se considera como un auxiliar estimado para las buenas obras, y la izquierda como un auxiliar de las cosas necesarias para esta vida y para el cuerpo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
O de otro modo: nuestro Señor Jesucristo quiere que nos preservemos no sólo del peligro de pecar, sino que también las personas cercanas a nosotros, eviten el hacer algo malo. Como si teniendo tú algún amigo, le consideras como tu ojo derecho, y cuando cuida de tus cosas le consideras como tu propia mano; mas si supieras que hacía alguna cosa mala, lo arrojarías lejos de ti, porque te escandaliza; pues no sólo daremos cuenta de nuestros pecados, sino también de los de nuestros prójimos que podamos evitar.
San Hilario in Matthaeum, 4
Hay un grado de inocencia que llega a ser muy elevado: se nos aconseja no sólo carecer de nuestros propios vicios, sino también de no incurrir en ellos exteriormente.
San Jerónimo
O de otro modo: Como antes había hablado de la concupiscencia de la mujer, llamó ahora pensamiento y sensación al ojo que se fija en diversas cosas. Por la mano derecha y por las demás partes del cuerpo se designan los principios de la voluntad y del afecto.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
Este ojo de carne es el espejo del ojo interior. El cuerpo tiene su sentido, que es el ojo izquierdo, y el apetito es la mano izquierda. Las acciones del alma se llaman derechas, porque el alma ha sido creada con el libre albedrío y bajo la ley de la justicia, para que vea y obre bien. El cuerpo no tiene libre albedrío, está bajo la ley del pecado y se le llama mano izquierda. No manda nuestro Señor cortar el sentido o el apetito de la carne. Podemos contener el deseo de la carne con tal que no hagamos lo que la carne desea; mas no podemos arrancarla para que no desee. Cuando a propósito queremos una cosa mala y pensamos en ella, entonces el sentido derecho y la voluntad derecha nos escandalizan, y por lo tanto se nos manda cortar estas cosas, lo cual podemos hacer por medio del libre albedrío. O de otro modo: toda cosa buena que nos escandaliza, o a cualquier otro, debe ser separada de aquellos a quienes escandaliza. Así como si yo visito alguna mujer por causa de la fe, este motivo es bueno y se llama ojo derecho; pero si visitándola con frecuencia caigo en deseo de ella, o si los que lo ven se escandalizan, entonces mi ojo derecho me escandaliza, y lo que es bueno sirve de escándalo. El ojo derecho es una mirada con buen fin, esto es, una buena intención. La mano derecha es una buena voluntad.
Glosa
Tu ojo derecho es también la vida contemplativa, que escandaliza cuando caes en desidia o en arrogancia, o cuando no podemos por debilidad nuestra contemplar las cosas santas. La mano derecha es una buena obra, o la vida activa, la cual escandaliza cuando se desordena con la frecuencia de las cosas mundanas y el tedio de la ocupación. Si alguno no adelanta en la vida contemplativa, no descuide la activa y así no agostará en el ocio la dulzura de la vida interior.
Remigio
Nuestro Señor Jesucristo manifiesta por qué debe arrojarse el ojo derecho y cuándo debe cortarse la mano derecha, cuando dice: «Porque te conviene perder uno de tus miembros, etc».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
Como somos los unos miembros de los otros, mejor es que nos salvemos sin uno de estos miembros, que queriendo conservarlos, ellos y nosotros perezcamos. O mejor es que nos salvemos sin un respeto o sin una obra buena, que no hacer toda las obras buenas, pereciendo con ellas.
Glosa
Había enseñado el Señor antes, que no debe desearse la mujer del prójimo. Ahora enseña, como consecuencia, que no debe dejarse la propia, diciendo: «También fue dicho a los antiguos: cualquiera que repudiase a su mujer, déle carta de repudio».
San Jerónimo
Más abajo nuestro Salvador explica mejor este pasaje, esto es, que Moisés mandó dar el acta de divorcio por la dureza de corazón de los maridos, no concediendo el divorcio, sino impidiendo el homicidio.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
Cuando Moisés sacó a los hijos de Israel de Egipto, por su descendencia eran israelitas, pero por sus costumbres eran egipcios. De aquí, que habían aprendido, en las costumbres de los gentiles, que el marido aborreciese a su mujer, y como no se le permitía dejarla, estaba dispuesto a matarla o mortificarla constantemente. Por eso Moisés mandó dar el acta de divorcio, no porque era bueno, sino porque era el remedio de un mal mayor.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Pero nuestro Señor, conciliando la equidad para con todos, mandó que ella principalmente sea la que procure la paz del matrimonio. Y por esto añade: «Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer», etc.
San Agustín, contra Faustum,19, 26
Lo que aquí manda el Señor de no despedir a la mujer, no es contrario a lo que manda la ley, como decía el maniqueo, ni tampoco dice esto la ley: «El que quiera dimita a su mujer» (a lo cual sería contrario no despedirla), sino que como no quería que la mujer fuese repudiada por el marido, puso ese obstáculo del acta, que podía detener a un espíritu precipitado. Entonces, sobre todo, que entre los hebreos (como dicen) sólo los escribas tenían el privilegio de escribir en su idioma, porque tenían una sabiduría superior. La ley mandaba que viniesen a éstos todos aquellos a quienes mandó dar el acta de divorcio si despedían a su mujer. Estos escribas procuraban persuadir a los consortes, de una manera pacífica, a que tuviesen concordia entre sí y no escribían el acta sino cuando no acogían su consejo y se perdía toda esperanza de conciliación. Así como, pues, no cumplió la ley primordial por esta adición de palabras, tampoco destruyó la de Moisés oponiéndole una contraria (como el maniqueo decía), sino que de tal modo recomendó todo el contenido de la ley de los hebreos, que todo lo que hablase además de su persona valiese, o para buscar mejor aclaración (si algo oscuro se encontraba en ella) o que aprovechase para cumplirla mejor.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 14
El que buscó medio de detener el divorcio, manifestó claramente que no quería la disensión ni aun entre los hombres más endurecidos. El Señor para confirmar esto mismo, esto es, que no se repudie fácilmente, exceptúa sólo la causa de fornicación, diciendo: «A no ser por causa de fornicación». Manda, pues, que se sufran todas las demás molestias, si acaso existieren, llevándolas con paciencia en beneficio de la paz conyugal.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
Si debemos llevar con paciencia las malas acciones de los extraños, puesto que dice el Apóstol: «Llevad mutuamente vuestras cargas» ( Gál 6,2), ¿cuánto más las molestias de las mujeres? El hombre cristiano no sólo no debe pecar, sino que también debe evitar a otros la ocasión de obrar mal. De lo contrario, la culpa de otro vendría a constituir un pecado de éste, puesto que había sido la causa de que se cometiese el crimen. El que despidiendo pues, a su mujer, dio ocasión a adulterios, que ella adultere con otro, y otro con ella, éste sería condenado por causa de este adulterio. Por ello dice que el que repudia a su mujer, la obliga a que adultere.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 14
También dice más adelante que adultera aquel hombre que se case con la repudiada por otro, aun cuando sea por medio del acta de divorcio. Y por esto añade: «Y el que tomase la repudiada, comete adulterio».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.17,4
Y no puede decirse que su propio marido la ha repudiado, puesto que ésta, aun después de repudiada, continúa siendo mujer del que la repudió.
San Agustín, de sermone Domini, 1,14
El Apóstol señala los límites de este precepto, diciendo que debe observarse por todo el tiempo que viva el marido, pero muerto éste se le concede licencia a la mujer para casarse. Y si no se le concede permiso para casarse con otro, mientras vive el marido, de quien se ha separado, mucho menos le es permitido cometer pecados ilícitos o estupros con cualquier otro. El que sin despedir a su mujer, vive con ella, no carnal sino espiritualmente, no va contra este precepto, pues los matrimonios de aquellos que viven en continencia por mutuo consentimiento, son más felices. Aquí nace una cuestión: siendo así que nuestro Señor permite repudiar a la mujer por causa de fornicación, conviene saber qué clase de fornicación sea ésta. Si debemos creer que esta fornicación se refiere a aquellos que cometen estupros, o si, como dicen las escrituras, que suelen llamar fornicación a todo pecado ilícito ( 1Cor 7), como es la idolatría, la avaricia, o cualquier otra transgresión de la ley, cometida por concupiscencia ilícita. Pero si es permitido, según el Apóstol, el repudiar a la mujer infiel, aun cuando sería mejor no repudiarla, sin embargo, no es lícito, según el precepto del Señor, el que se repudie a la mujer, sino por causa de fornicación. La infidelidad es una fornicación. Y si la infidelidad es también fornicación, y la idolatría infidelidad, y la avaricia idolatría, no debe dudarse que la avaricia es también fornicación. Y en este caso ¿quién podrá separar fácilmente cualquier concupiscencia ilícita de la fornicación, si la avaricia es fornicación también?
San Agustín, in libro retractationum, 1, 19
No quiero, sin embargo, creer que esta cuestión suscitada por nosotros en asunto tan difícil, satisfaga al lector. No todo pecado puede llamarse fornicación espiritual, ni tampoco Dios castiga a todo el que peca, puesto que todos los días oye a sus santos, que dicen: «Perdónanos nuestras deudas» ( Mt 6,12). Sin embargo, pierde a todo el que se hace reo de fornicación respecto de El. ¿Es lícito el divorcio por una fornicación de esta clase? Oscura es la cuestión, pero no hay duda ninguna respecto de la fornicación que profana el cuerpo.
San Agustín, de diuersis quaestionibus octoginta tribus, q. ultima
Si alguno dice que el Señor sólo considera la fornicación como causa suficiente para repudiar a la mujer, aquella fornicación que se comete por medio de concubinato ilícito, puede decirse que el Señor se refería a uno y a otro fiel, diciendo que a ninguno es lícito separarse del otro a no ser por causa de fornicación.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 16
No se trata aquí solamente de repudiar a la mujer adúltera. El que la despide lo hace, no sólo porque ella cometía la fornicación, sino porque era causa de fornicación para él mismo; la repudiaría por causa de fornicación no sólo de ella sino también suya; de ella, porque fornica, y suya, para que no fornique.
San Agustín, de fide et operibus, 16
Con igual razón, la repudiará, si ella dice a su marido: «No continuaré siendo mujer tuya, si no me enriqueces con el robo», o si se deleitase con alguna otra cualidad criminal que notase en su marido. Entonces, aquel a quien la mujer dice cualquier cosa de éstas, si es un verdadero penitente, cortará aquel miembro que la escandaliza.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 16
Ninguna cosa hay más fea que dejar a la mujer por causa de fornicación, cuando el marido puede convencerse de que también él es fornicador. Entonces sucede aquí lo que dice San Pablo a los fieles de Roma: «Te condenas a ti mismo en aquello que juzgas a otro» ( Rom 2,1). Y en cuanto a lo que dice Jesucristo: «Y el que tomare la repudiada comete adulterio», puede comprenderse que así como adultera el que se casa con ella, así también peca aquella con quien se casó. Se manda por el Apóstol que ella siga sin casarse o que se reconcilie con su marido, pero si se separa de su marido, dijo el Apóstol que siguiera sin casarse. Mucho interesa saber si es ella la que repudia o si es la repudiada. Si es ella la que se separa de su marido y se casa con otro, parece que se separa de su primer marido por el deseo de contraer nuevo matrimonio (lo cual debe considerarse como un pensamiento de adulterio), pero si es ella repudiada por el marido no puede averiguarse ciertamente cómo se explica que, verificándose la unión por mutuo consentimiento, uno de ellos sea el que adultere y no el otro. A esto debe añadirse que si adultera aquel que se casa con otra que ha sido repudiada por su marido, ella es la que le hace adúltero, lo que prohíbe el Señor aquí.
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