![]() «Donde abunda el peligro crece lo que salva», Hölderlin. Quien toda las yagas ajenas, hace presente a Cristo.
***** La campiña de Asís estaba frecuentada por leprosos. Francisco huía de ellos, vomitaba, se tapaba la nariz… Llegó otro momento decisivo en su conversión. Francisco, el joven refinado, de espíritu cortés y galante, un día se halló de frente a un hombre despojado de su dignidad. Era un leproso que encontró en las afueras de Asís. El era la imagen de Cristo, despreciado, silenciado y maltratado. Lo besó. Un escalofrío corrió por toda su alma y cuerpo. Este acontecimiento macará para siempre su persona y quedará vivo en su memoria. Al final de su vida escribirá en su Testamento: “Como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos y practique con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y después de esto permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”. Después se fue con los leprosos, haciéndose uno de ellos. “Vivía con ellos…, lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus úlceras purulentas…”[1]. *****
San Luis, el rey santo y los enfermos y leprosos. Viernes Santo en Compiègne, la cristiandad está de duelo, transida de emoción y de gratitud. El rey reservaba ese día para hacer descalzo, una peregrinación por las iglesias de la ciudad. El rey caminaba por una vereda, cuando un leproso desde la otra vereda agitó con fuerza la campanilla, para llamar la atención y esperar alguna ayuda. Apenas advertido el llamado, Luis atravesó la calle barrosa, se acercó al leproso, le dio una limosna y besó su mano. Muchos de los presentes, al ver el gesto del rey, se hacían la señal de la cruz y se decían unos a otros: —¡Mirad lo que hizo el rey! ¡Besó la mano del leproso! Visitando los hospitales, mientras sus escuderos, incapaces de sufrir la hediondez, se escabullían, Luis se ofrecía a servir a los enfermos, superando toda repugnancia.[2] *****
En 1933, un acontecimiento cambia la vida de Raúl Follereau. El mismo nos lo cuenta: «En mi camino, a la orilla del río Níger, el coche que me llevaba tuvo una avería… Al punto asomaron por entre los árboles algunos rostros asustados; luego, algunos cuerpos famélicos. Les grité para que se acercaran. Unos echaron a correr; los más valiente se quedaron inmóviles, sin dejar de mirarme con unos ojos fijos y dolientes. Pregunté al guía: —¿Quiénes son éstos? —Leprosos —me respondió. —¿Y por qué están ahí? —Porque son leproso. —Comprendo. ¿Pero no estarían mejor en el poblado? ¿Qué han hecho ellos para quedar excluidos? —Son leprosos —respondió el hombre, taciturno y obstinado. —¿Se les atiende al menos? El guía no respondió. En aquel mismo momento tomé una decisión: me dedicaría —aunque tuviera que cambiar el rumbo de mi vida— a defender a aquellas gentes que tenían dos males: la enfermedad de la lepra y el hecho de ser leprosos, es decir, aborrecidos por la humanidad.» Desde entonces, como él mismo se propuso, su vida estará dedicada por completo a los leprosos, sus hermanos y amigos; a los hambrientos, a los necesitados.[3]
..ooOoo.. Raúl Follereau en su larga actividad a favor de los leprosos, logró curar a un millón de ellos, viajó dos millones de kilómetros y recolectó y distribuyó millones de dólares a los enfermos . *****
Dijo en una ocasión un periodista a la Madre Teresa: —Para hacerse cargo de leprosos, para asistir a los agonizantes, hace falta mucho coraje. La Madre Teresa contestó: —Es el coraje que me faltaría si, tocando el cuerpo de un moribundo que despide mal olor, no estuvieses convencida de tocar el cuerpo de Cristo tal como lo recibo en la Eucaristía.[4] *****
Si el cuidado de los leprosos es tan entrañable a los misioneros, y especialmente a los misioneros católicos, es porque ningún servicio exige un mayor espíritu de sacrificio: requiere el ideal más elevado, la abnegación más perfecta. El mundo de la política y de la publicidad no puede ofrecernos un héroe de la talla del apóstol de Molokai, el Padre Damián. La Iglesia católica, por el contrario, cuenta por militares los que, ejemplo de este héroe, se han consagrado al servicio de los leprosos. Estos comportamientos con los enfermos despreciados, contagiosos, etc., es un límite excepcional al que nadie llega, tan solo los creyentes en Cristo, a quien ven en esos despojos humanos, y por quien son capaces de arriesgar la vida: los misioneros corren verdaderos riesgos a la hora de tratar con enfermos de SIDA, abola, tifus, etc., y seguro ahora con el Coronavirus. Ya en la antigua Roma, cuando aparecía alguna enfermedad contagiosa, todo el mundo abandonaba la ciudad y a los enfermos, tan solo los cristianos se quedaban… “Lo humano del hombre es desvivirse por el otro hombre” (E. Levinas). Más cabría decir aún: lo cristiano es desvivirse por el otro hasta la tragedia: la cruz, la muerte por contagio de aquellos los que te has desvivido. San Luis Gonzaga murió por el contagio de aquellos a los que atendía, lo mismo el Padre Damián y tantos otros misioneros. Dios ha descendido hasta el hombre, no es el hombre el que ha de ascender a Dios. Y ha descendido hasta la mínima manifestación de la aniquilación de lo humano. Se ha identificado, solidarizado, con el hombre reducido a la mínima expresión. Allí donde parece no darse apenas dignidad humana a los ojos del mundo, allí está la humanidad de la divinidad de Cristo. Y allí ha de estar el cristiano. Es el lugar reservado que nadie le podrá quitar. Ver en un paria lleno de puses y llagas la inconmensurable grandeza de la dignidad humana es capacidad que no todo el mundo posee. Sobre esta realidad Cristo revela su luz. La Madre santa Teresa de Calcuta lo supo ver. ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? (Mt 25,44). Esta carencia de visión sería terrible. Para estos días en que enfermedades contagiosas como el Coronavirus pone a la Humanidad a escala planetaria contra las cuerdas en un pánico un tanto exagerado, dedicamos especialmente este artículo. Vendrán otras epidemias, seguramente, y más graves y mortíferas, entonces se verá la pasta de que está hecho el ser humano con mayúsculas y el cristiano.
…………………………….. [1] VICTORIANO CASAS, Francisco de Asís, vivir según el evangelio, Ed. Paulinas, Madrid, 1988, pp.33-34. [2] www.elbuenpastor.8m.net. [3] Rev. REINADO SOCIAL, n. 577, Febrero 1978, p.23. [4] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, p.19.
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