¿Todos a mamporros?

Es otro de los mantras de los “buenistas a ultranza” -«no ver, no oír, no entender»; ‘porque no’, simplemente-: la clave es ese “todos». Lo usan, y lo necesitan para igualar a los fieles con los saboteadores. Lo señalo, para saber dónde estamos, y de qué estamos hablando.

En ese mantra, los buenistas, (des)ilustrados a conciencia, igualan a los maporreros de la Iglesia -que los hay, a manta: los constructores de la “nueva iglesita molona»-, con los que resisten, no tragan, y salen con la Palabra de Dios y la Doctrina en la mano, en la pluma, y en la boca.

Pues, para el buenísmo rampante, “todos»: mal del todo. “Todos», malos a rabiar y por igual: sin matices que valgan. Tanto los que cargan contra Jesucristo y su Iglesia, como los que defienden la Iglesia de Cristo: “todos” cortados por el mismo patrón: “todos” malotes. En esto viene a parar el buenísimo, malismo a su pesar; o bien contentos con eso.

Incluso no se cortan un pelo en citar a su favor a la Virgen que, como es lógico en una Madre Buena, no puede callar y, en consecuencia, denuncia este hecho y acusa: “obispos contra obispos…”, por ejemplo.

Pero es la denuncia de la Madre de la Iglesia CONTRA los “malos pastores», no contra todos ellos. Para nada.

Pero a los buenistas se les han abierto los cielos con estas palabras. Sólo que, desde su a priori de “no ver, no oír, no entender: sólo tragar”, porque “todo es bueno para el convento”,  no entienden nada: oyen campanas y no saben de dónde vienen ni a qué tocan.

Porque la Virgen, con sus palabras, no iguala a todos por el mismo rasero; por esto, añadirá: “muchos se condenarán, y arrastrarán a muchas almas tras ellos”: por ese actuar suyo, precisamente. Pero no dice “todos»; que sería lo lógico y obligado si “todos” hubiesen obrado malamente y estuviesen en el mismo saco, cortados por el mismo patrón.

La Santísima Virgen denuncia a “los malos pastores», que se revuelven contra Cristo y su Iglesia. Estos son los que usan y abusan de los mamporros; no los que defienden la Verdad de Dios y la Honra de su Iglesia; que, además de ser los destinatarios de los golpes, son los que los sufren en sus carnes. Y, además, no reparten: aunque pueda parecer inaudito, que lo es ciertamente.

Jesucristo tampoco lo hace: no confunde ni se confunde, al contrario. Separa muy bien a los que destruyen de los que construyen: los primeros, son mercenarios -así los cataloga Jesús en el Evangelio-, porque “vienen a destruir y matar»; y los otros son el buen pastor, que defienden a las ovejas: incluso darán su vida por ellas, si necesario fuese. De hecho, lo hará Él sin problema alguno, para ejemplo de todos y en todo tiempo.

Por tanto, en la Iglesia NO hay dos equipos a garrotazo limpio -o sucio, claro-, los dos a lo mismo y por lo mismo. De eso nada.

En la Iglesia, hay instalados unos mercenarios que pretenden, de tiempo, arrasarla; a la vez que la van sustituyendo, pedazo a pedazo, por la “nueva»: la que construyen desde sus modos y maneras; que NUNCA será la de Jesucristo: Una, Santa, Católica y Apostólica. Tal que así.

Enfrente, con la Fe y la Fortaleza en la mano, están los buenos pastores. Entre estos, unos sufren en silencio, rezan en silencio y esperan en silencio. Algo que les honra, y que agrada al Señor…; excepto si fuese por astucia, por cobardía, o por meros intereses al mísero modo humano. En estos casos, es imposible agradar a Dios: la hipocresía no tiene buena prensa en el Cielo.

Estos, los que sufren realmente en oración y silencio, son auténticos mártires: les llega todo el destrozo que la cizaña acomete. Ya se sabe que, en las cosas de Dios, muchas veces “sufren justos por pecadores”. Así son las cosas de la Vida Interior y de la Vida Sobrenatural: muy lejos de nuestra lógica y de nuestra poquedad de miras.

Pero en la Iglesia, los hay también que, rezando y ofreciendo su dolor como los anteriores, aún a riesgo de perder fama y Cargos -que asumen como ‘Cargas»-, se han plantado ante lo que sucede; y han dado -y están dando-, la Batalla de Dios y de su Iglesia. La única batalla legítima, honrosa y eficaz. Por supuesto, también rezan.

Estos son mártires por partida doble, como mínimo; a veces, incluso por partida triple. Y me explico. Sufren, en primer lugar, los destrozos de la cizaña, como los anteriores: es su primer martirio. Pero además, como ya he señalado, sufren persecución sobreañadida, con nombres y apellidos, por dar la cara por Jesucristo, por la Iglesia, y por las almas todas. Este es su segundo martirio.

Y a este, en algunos casos -no es ley general-, se suma un tercer martirio: la incomprensión o la persecución que pueden sufrir de los suyos. Se repite en estos aquello del Evangelio de que ni los reciben, ni los entienden, ni los acogen, ni  los comprenden: les persiguen “los suyos», aquellos de los que menos se podría esperar tal actitud.

Todos estos son mártires. Mucho más agradables a Dios que los primeros: porque, entre sufrir UN martirio a sufrir DOS o TRES, todavía hay clases. Y ni son mamporreros, ni mercenarios: son los hijos fieles de Dios en su Iglesia en medio del mundo. Por el contrario, asumen, en la mejor tradición de la Iglesia -¡cuántos Padres de la Iglesia, cuántos Apologistas, han dado su vida, martirialmente, por defender el Honor de Dios y de su Iglesia!-, regar con su sangre su postura de Fidelidad a ultranza. Nada de lapsis.

Los (des)ilustrados buenistas, con su postureo y su posicionamiento, vienen a parar en lo contrario de lo que, supuestamente, pretenden. Y solo consiguen potenciar a los mercenarios. Y, por tanto, ayudan a “destruir, arrasar y matar», en palabras de Cristo. Todo les viene de su inamovible a priori“El Papa es el Papa”.

En consecuencia, hay que defenderlo, al Papa y según éstos, de lo que califican de “ataques” -¡los que usan la Palabra de Dios en la mano para no dejar machacar a la Iglesia!, que ya es audacia y pecado para los mamporreros-, aunque sea destruyendo con los mercenarios: que les parecen menos execrables que los mártires auténticos: los perseguidos, los acosados, los castigados por la Jerarquía: mercenaria o buenista, el resultado es el mismo. Todo, por el gran pecado -ahora y con esta deriva, ya casi el único pecado-, de no arrodillarse ante Baal.

O ante Lutero. O ante la Pacha. O ante Davos. O ante los comunistas. O ante el calentamiento global. O ante el mundillo. O, directamente, ante el pecado… Todo al modo mundano de la kultureta aberrante de nuestros días.

Así, que nada de dos bandos a mamporros, “obispos contra obispos. El buenismo está instalado en el “no ver, no oir, no entender”. Pero el Señor añade: no vaya a ser que se conviertan y se salven. Que no es menor añadidura, por cierto. Al contrario: es una condena en toda regla.

Los buenistas (des)ilustrados igualan a los mártires -las victimas-, con sus verdugos: esa es su ceguera, asumida voluntaria y partidistamente. Exactamente lo mismo que hacen los mamporreros de turno y nómina. De buena nómina, claro, porque de algo hay que vivir; aunque sea de ser verdugo.

Es muy probable que los buenistas ni siquiera cobren: hasta en esto son tontos con pedigrí. (In)útiles, por cierto.

 José Luis Aberasturi

Infocatolica

 


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