TILMANN, K., Camino al centro

Para este domingo les presentamos unos pocos textos que hemos escogidos de la obra Camino al centro[1], de Klemens Tilmann, miembro del Oratorio de San Felipe Neri. Como su nombre indica es una inmersión espiritual hacía el interior de uno, para encontrarse con el Espíritu de Dios, y dejarse guiar por Él, para conducirnos a la plenitud.

 

               Tenemos que percibir los poderes claros y los poderes oscuros que hay en nosotros, distinguirlos. 20

         Hay un grupo de procesos que parece que se originan en nosotros por  poderes tenebrosos. Cuando sentimos falta de claridad y confusión, cuando estamos impulsados por la repugnancia o por la codicia o por un superficial afán de prevalecer, cuando estamos disipados, a merced de todo lo nuevo y entregados a lo estrepitoso, inquietos, extraños para nosotros mismos, irritados, llenos de hastío respecto a nosotros mismos y a todos los demás, entonces eso —¡qué duda cabe!— un mal estado. 20

          Una buena manera de avanzar diariamente en el camino buscado consiste en ir repasando  por la noche,  de nuevo, con atención y ánimo despierto, los acontecimientos del día transcurrido, haciéndolo como quien relee una carta escrita, antes de echarla al correo. (…) Análogamente tomará un ratito por la mañana temprano para contemplar anticipadamente el nuevo día que comienza con todo lo que ha de traer consigo, y realizará ya internamente lo que se le pide en ese día. 35

         Un ejercicio central de la meditación, y al mismo tiempo un ejercicio que lo abarca todo, consiste en sumergirse en el Espíritu de Dios, que está dentro de nosotros. El penetrará cada vez más profundamente en nosotros, se posesionará de nosotros, nos dará vida, nos transformará. El cumple en nosotros nuestro propio destino, el destino que tenemos de Dios, y que consiste en “reproducir la imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito entre muchos hermanos (rom 8,29). 43

      Condición preliminar para avanzar por este camino es la actividad de quien desea tener los mismos sentimientos que su Señor, como dice la palabra de la Escritura: “Tened los sentimientos que corresponden a la vida en Cristo Jesús” (Flp 2,5).  Condición preliminar es la conversión, la apertura total sin miedo ni resistencia, la entrega sin reservas. La meta que Dios se propone es la siguiente: Hemos de “reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29), quien está ya presente en nosotros por medio de su Pneuma, y hemos de “transfigurarnos en su propia imagen, de gloria en gloria, por medio del Espíritu Santo” (2 Cor 3,18).  52

         “Todos querían tocarle, porque  salía de El una fuerza que daba la salud  a todos” (Lc 6,18-19).  

         No sólo cura Jesús con actos, sino que de El dimana fuerza sanadora, Jesús irradia salvación. 54

         “Todos querían tocarle, porque salía de El una fuerza que daba salud a todos” (Lc 6,18-19).

         No sólo cura Jesús con actos, sino que de El dimana fuerza sanadora, Jesús irradia salvación. 54

         Sentimos que algunas personas ejercen esa irradiación. El encanto de una muchacha, su pereza y frescor, su inocencia e integridad, que impresionan a otros profundamente y los atraen. Cerca de nosotros están esas personas. Las mujeres casadas, que nos causan la impresión de que viven realmente lo que dicen. Las verdades que ellas sostienen, se han plasmado —como quien dice— en su figura: Irradian limpieza, pereza y solidez, paz y la realidad de una vida bien probada en la paciencia. Por eso, algunas personas ejercen casi una atracción mágica sobre otras. Todo ello puede servirnos de puente para comprender a nuestro Señor exaltado. 55

         Si el que medita permanece dentro de la irradiación de su Señor, si se ofrece a El con su pobreza y fragilidad, con su falta de formalidad y su indigencia, no necesita hacer ninguna otra cosa sino permanecer ante El mirando y deseando. Esto le conducirá a su propio centro. Más aún, esto hará que se propio centro sea accesible para él, porque lo malo que hay en él se derretirá como la nieve bajo los rayos del sol y resaltará ahora debidamente su ser original, el ser que Dios quiso para él. Las faltas que su voluntad no puede superar porque están a demasiada profundidad en su ser, se irán manifestando ahora de manera cada vez más clara. Y mientras el cristiano, orando se mantiene con humildad e indigencia bajo la irradiación de su Señor, actuará en él al fuerza sanadora de Cristo, su misericordia, su amor, que nos atrae hacia El. Y esa fuerza dejará sentir sus efectos de manera cada vez más profunda. 55-56.

         Si en la inmersión aparecen buenos sucesos, palabras o actos, y nos parece que vale la pena retenerlos por escrito, no nos dejemos llevar por eso a interrumpir la meditación. Permanezcamos en ella el mayor tiempo que sea posible. Una vez que hayamos salido de nuestra inmersión y que haya acabado nuestro recogimiento interior, podemos anotar lo bueno que se nos ha concedido, y haremos bien en anotar esas cosas y guardarlas para horas menos luminosas. 57

         En la meditación hacemos que ese misterio penetre en nosotros, le damos espacio en nuestra vida interior, llegamos a ser partícipes de él, lo realizamos conjuntamente y somos configurados por esa realidad. De este modo llegamos a ser “personas henchidas del Espíritu, pneumáticas” (1 Cor 2,15). Llegamos a experimentar ese acontecimiento y somos transformados por él. 62

         El meditante se sumerge hacia el fondo de su interior. En él querría estar inmerso, sumergirse hasta él. Con él querría unirse. 66

         Entonces tiene la conciencia de que ha llegado al ámbito del Espíritu que Cristo le ha donado. Ahora hay que desligarse de sí cada vez más profundamente y abandonarse a la acción del Espíritu. Hay que dejarle espacio, dejarle que penetre, estar abierto para él en perfectísima quietud, permitírselo todo, existir completamente para El. Con eso el meditante ha llegado completamente a su nivel profundo. 66-67.

         En este estado, puede crecer en el Pneuma, en la manera del Espíritu de Cristo: humildad, limpieza, gozo, paciencia, amor, entrega, prontitud para cumplir la voluntad de Dios, y como queramos llamar a sus cualidades. 68

         Por medio de la acción del Espíritu, nos vamos haciendo más y más semejantes, de manera misteriosa, a la figura de Cristo; porque Dios nos “destinó de antemano a participar de la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29). 68

         La imagen expresa claramente el proceso de inmersión dentro del Pneuma. El hombre se sumerge en el Espíritu de Dios, que se le ha dado de regalo y que le rodea y le llena, y el hombre se entrega a la acción de ese Espíritu y se deja impregnar por El, sin hacer nada en todo ello. Así, el cristiano puede permanecer largo tiempo en ese estado, en esa oración profunda, aparentemente en forma pasiva, pero en realidad en una acción receptiva profunda. 70

         No sólo en imágenes y palabras, sino también en procesos y estados espirituales puede expresarse el acontecer de la meditación: cercanía, profundidad, presencia, ser comprendido, ser aceptado. Unión, alegría, paz, felicidad, ser fortalecido, permanecer en el incomprensible, esperar, aguardar, amar y ser amado. Y también otras cosas, como: tener recogimiento, estar en sí mismo, hallarse desligado, libertad. 76-77.

         Las palabras, las imágenes y otras cosas pueden expresar el proceso de inmersión. Pero no son necesarias. Poco a poco, la meditación va superando esas ayudas, que pueden significar también una limitación. Entonces, el que medita va sencillamente a la profanidad y sabe que, de esta manera, llega el Espíritu de dios. Únicamente se hacen presentes el vacío y el silencio. Pero en ellos acontece el sagrado encuentro. Todo lo demás es ya superfluo. El que medita lo sabe: Ahora estoy en El. Eso basta; ¾y sucede algo. 77

            El que hace meditación se sentirá “en Cristo”, que le acoge con amor y le hace permanecer en El. 77

         La meditación comienza siempre en el silencio y vació. Nos quedamos callados, abandonamos nuestra conciencia cotidiana con sus numerosas cosas. Nos concentramos por completo en la respiración. Todo lo demás desaparece. Y, así, en ese silencio aparece un espacio vacío. Eses espacio sólo está abierto y es accesible a Dios. En él puede Dios concedernos su cercanía. 79

         Es recomendable que, en la meditación, cada uno busque su camino que le atraiga, o que trate de ver cuál es el camino que mejor le conduce a la meta. Aquí, en ese ámbito sumamente interior, y si seguimos el consejo de las personas con experiencia, debemos abandonarnos por completo a la dirección de Dios. El nos conduce de veras hasta el centro.

         Pero el centro es, al mismo tiempo quietud, limpidez, profanidad, plenitud, interioridad, amor. 79

 

De vuelta a la vida cotidiana:

       No debemos interrumpir violentamente la meditación; destruiríamos mucho de lo que antes ha ido aconteciendo o formándose.

         Conviene efectuar de buena forma el tránsito a la vida cotidiana. Lo mejor será comenzar tal vez con una inclinación profunda y muy lenta ante el Señor en cuya presencia hemos meditado, y que ha estado tan cerca de nosotros y ha actuado en nosotros. De este modo, los procesos interiores se van aquietando poco a poco. En ese momento podemos pronunciar breves palabras de agradecimiento y oraciones para los demás trechos de camino. Algunos sienten que lo mejor aquí es la veneración en silencio. 80.       

          De todo ejercicio queda algo.  El ejercitante mismo se dará cuenta. Tal vez sea un sentimiento de la cercanía de Dios. La mirada del Señor, aunque oculta, sigue fija sobre él. Del interior brotan impulsos para lo que ahora hay que hacer. El anhelo de Dos, aunque de manera apenas perceptible, nos acompaña al quehacer cotidiano. Permanecen la limpidez, la profundidad y la alegría y un profundo sentimiento de estar consigo mismo y de estar con Dos. Oraciones breves mantienen vivo durante el día lo que ha acontecido. Toda convivencia con otras personas estará llena de nueva luz y del estado de buena voluntad y de amor. 80

         Ahora nos imponen sus exigencias las cosas que  necesariamente  hay que despachar y las tareas de nuestra profesión. Las reconocemos como voluntad de Dios y las realizamos con nueva alegría, serenidad y frescor. Quien practica la meditación, resultará más agradable para sus semejantes y estará más unido con ellos. 81

         La vida entera va entrando paulatinamente en el ámbito de irradiación de la mediación  y del Espíritu de Cristo. “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”, dice Pablo. “Si vivimos por el Espíritu, caminemos también por el Espíritu” (Gál 5,22-25).  Tal vez en medio de la vida cotidiana surge una oración que procede también de lo profundo. La mayor parte de las veces son breves palabras, que uno puede repetir. 81

         Más y más va formándose así en nosotros una disposición vital, un estado de ánimo de nuestra vida, que corresponde a la  disposición de ánimo de Cristo, más aún, que brota de ella. Jesús vivía con la mirada puesta constantemente en el Padre, cumpliendo ininterrumpidamente su voluntad. 81

         Dejemos que esta disposición fluya diariamente a nosotros, en la meditación, y después de ella, con adoración y gratitud, pero también con actos de amor fraterno que informen nuestra vida. Esa disposición fundamental será la forma en que realicemos nuestro vivir “en Cristo”. Luego, irá impregnando más y más nuestra vida. 82

         Durante la persecución de los cristianos en China. Shou Yi era la única china católica en su Facultad, en una gran universidad del Estado. Durante la clase de política y en las sesiones en que se procuraba intimidarla a ella y a los demás, la muchacha permanecía casi siempre en silencio o contestaba con monosílabos. Ese silencio desesperaba al profesor. Un día pego un puñetazo en la mesa y grito encolerizado: “Los católicos sois todos iguales. Os calláis o repetís siempre lo mismo. Tenéis que tener una organización secreta. Confiésalo. Qué organización es esa” Shou Yi respondió: “Puesto que usted me pregunta… Nuestra organización secreta… es el Espíritu Santo.  En Mancharía y en África, en América y aquí en China, creemos y decimos todos lo mismo, porque el mismo Espíritu habita en nuestros corazones y habla por nuestros labios. Por eso, mis palabras no son diferentes a las palabras de los católicos en todo el mundo”. 91

         En algunos casos el defecto radica  en la vida cotidiana,  y hay que atacarlo allí. Quien se ha acostumbrado a vivir de manera precipitada y sin sosiego, quien cubre el silencio con música de la radio, quien se sacia de televisión, no debe extraerse de que se cree en su interior una disposición sumamente opuesta a la meditación. 111

         Sabemos que una mujer mística de la edad media vivió durante más de 15 años en desolación y en el sentimiento de lejanía de Dios. Una vez pasado ese tiempo de oscuridad, preguntó al Señor: ¿Dónde estuviste todo ese tiempo?  La respuesta fue sencilla: ¡Dentro de tu corazón! 117-118

         No olvidemos a los santos. Conviene saber que en nuestro camino tenemos a esos compañeros. Son personas   muy puras, profundas, nobles,  inflamadas a un mismo tiempo, en amor a Dios y en amor a nosotros. Son nuestros hermanos y hermanas. Ellos han recorrido antes el camino en que nosotros nos encontramos ahora, y nos comprenden en virtud de su propia experiencia. Ellos han llegado ya a la meta y están deseosos de ayudarnos. Conviene tener entre ellos amigos particulares, y podemos llegar a conocerlos leyendo sus biografías. 121

         Las horas de la oscuridad pueden purificarnos. Nos ayudan a no buscar nuestra felicidad ni los éxitos rápidos, sino a buscar a Dios, a conocer cuales son sus propósitos, cual es su voluntad. Tal vez tengamos que confesar también nosotros como el Señor en el Monte de los Olivos: “Siento tristezas de muerte” Mt 26,38, pero aprenderemos también a orar así: “…sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya” Lc 22,42. 121

           El Pneuma, el Espíritu de Cristo, que se nos ha dado. “Dejaos inflar por El”. Entonces arderéis, no su vigor. 125

         Ser luz para otros y con otros: he ahí  nuestra tarea en la Iglesia. Los miembros de la Iglesia deben “resplandecer como estrellas en el universo” (Flp 2,15).  126

         La presencia de tales vidas en la Iglesia y en el mundo es de la mayor importancia. Esas vidas no sólo inflaman y ponen al rojo vivo el vivir y el obrar del individuo. No sólo irradian en la quietud de la meditación, incidiendo sobre el individuo, haciéndolo resplandecer e incluso poniéndolo al rojo vivo, sino que además iluminan a otros, y dan forma y visibilidad a la energía y profundidad que se reflejan luego en los actos externos de otros. La presencia del amor vivo y del Espíritu Santo son de suprema importancia para toda comunidad cristiana. 146

         “Mi quehacer mas importante es el de recibir”. 148

         Cuando es Espíritu penetra, toma posesión de todo, se le deja todo a El, es decir, cuando muere “el pequeño yo”, entonces comienza ya a ser poderosa y actuar en nosotros la resurrección. El yo impregnado por Cristo, el gran yo, el yo verdadero y redimido, comienza a  vivir. 150

          Qué queda por hacer. Sumergirnos en su Espíritu que habita en nosotros y vivir guiados por El. 156

 

 

[1] Sal Terraje, Santander, 1985.

 


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