Sobre la primera carta del apóstol san Juan

Durante la liturgia de la misas de estos días navideños, desde el día 27 de diciembre hasta el 10 de enero, se lee parte de la primera carta de Juan. Se centra principalmente en el tema extraordinario de nuestra filiación divina y del amor fraterno derivado de esa afiliación. A diferencia de la de Jesucristo con el Padre que es una afiliación por naturaleza, la nuestra lo por «adopción».

 En la parte intermedia pueden leer estas lecturas de estos días y al final algunos comentarios nuestros; ahora, antes de nada, vamos a precisar la noción de filiación divina, con unas líneas muy precisas de Pere Farnés[1]:

Tres modalidades de la filiación divina puede ayudarnos a entender y vivir mejor nuestra condición de hijos de Dios. Las tres facetas de la filiación divina son: a) la filiación del Verbo de Dios de la que participa también en toda su plenitud la humanidad del Hijo; b) la filiación divina de los bautizados, convertidos por el bautismo en miembros del Cuerpo de Cristo y c) la filiación divina de todos los hombres en cuanto participan de una misma carne y de una misma sangre con Jesucristo (Hb 2, 12). Incluso, analógicamente, podría llegar a hablarse de una cierta filiación divina de toda la creación en cuanto espera también ella la revelación de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

 

27 de diciembre de 2025

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1, 1-4):

 Queridos hermanos: Les anunciamos lo que ya existía desde el principio, lo que hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y hemos tocado con nuestras propias manos. Nos referimos a aquel que es la Palabra de la vida.
Esta vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y somos testigos de ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el Padre y se nos ha manifestado a nosotros.

Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros, y juntos estemos unidos con el Padre y su Hijo, Jesucristo. Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea completa.
      

 

29 de diciembre de 2025

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2, 3-11):

Queridos hermanos: En esto tenemos una prueba de que conocemos a Dios, en que cumplimos sus mandamientos. El que dice: «Yo lo conozco», pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él. El que afirma que permanece en Cristo debe de vivir como él vivió.
Hermanos míos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que ustedes tenían desde el principio. Este mandamiento antiguo, es la palabra que han escuchado, y sin embargo, es un mandamiento nuevo éste que les escribo; nuevo en él y en ustedes, porque las tinieblas pasan y la luz verdadera alumbra ya.
Quien afirma que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien odia a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas y no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

  

30 de diciembre de 2025

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2, 12-17):

 Les escribo a ustedes, hijitos, porque han sido perdonados sus pecados en el nombre de Jesús. Les escribo a ustedes, padres, porque conocen al que existe desde el principio. Les escribo a ustedes, jóvenes, porque han vencido al demonio. Les he escrito a ustedes, hijitos, porque conocen al Padre. Les he escrito a ustedes, padres, porque conocen al que existe desde el principio. Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al demonio.
No amen al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo: las pasiones desordenadas del hombre, las curiosidades malsanas y la arrogancia del dinero, no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo pasa y sus pasiones desordenadas también. Pero el que hace la voluntad de Dios tiene vida eterna.

 

31 de diciembre de 2025

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2, 18-21):

 Hijos míos: Ésta es la última hora. Han oído ustedes que iba a venir el anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido ya, por lo cual nos damos cuenta de que es la última hora.

De entre ustedes salieron, pero no eran de los nuestros; pues si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para que se pusiera de manifiesto que ninguno de ellos es de los nuestros.

Por lo que a ustedes toca, han recibido la unción del Espíritu Santo y tienen así el verdadero conocimiento. Les he escrito, no porque ignoren la verdad, sino porque la conocen y porque ninguna mentira viene de la verdad.

 

2 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,22-28):

Hijos míos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

 

3 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,29–3,6):

 Queridos hijos: Si ustedes saben que Dios es santo, tienen que reconocer que todo el que practica la santidad ha nacido de Dios.
Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.
Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Y todo el que tiene puesta en él esta esperanza, procura ser santo, como Jesucristo es santo.
Todo el que comete pecado quebranta la ley, puesto que el pecado es quebrantamiento de la ley. Y si saben ustedes que Dios se manifestó para quitar los pecados, es porque en él no hay pecado. Todo el que permanece en Dios, no peca. Todo el que vive pecando, es como si no hubiera visto ni conocido a Dios.

  

5 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3, 22–4, 6):

 Queridos hijos: Puesto que cumplimos los mandamientos de y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos. Ahora bien, éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio. Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que él nos ha dado, que él permanece en nosotros.
Hermanos míos, no se dejen llevar de cualquier espíritu, sino examinen toda inspiración para ver si viene de Dios, pues han surgido por el mundo muchos falsos profetas. La presencia del Espíritu de Dios la pueden conocer en esto: Todo aquel que reconoce a Jesucristo, Palabra de Dios, hecha hombre, es de Dios. Todo aquel que no reconoce a Jesús, no es de Dios, sino que su espíritu es del anticristo. De éste han oído decir que ha de venir; pues bien, ya está en el mundo.
Ustedes son de Dios, hijitos míos, y han triunfado de los falsos profetas, porque más grande es el que está en ustedes que el que está en el mundo. Ellos son del mundo, enseñan cosas del mundo y el mundo los escucha. Pero nosotros somos de Dios y nos escucha el que es de Dios. En cambio, aquel que no es de Dios no nos escucha. De esta manera distinguimos entre el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

 

6 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4, 7-10):

Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él. El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.

 

7 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4, 11-18):

Juan Queridos hijos: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. A Dios nadie lo ha visto nunca; pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Nosotros hemos visto, y de ello damos testimonio, que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo. Quien confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él.

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto llega a la perfección el amor que Dios nos tiene: en que esperamos con tranquilidad el día del juicio, porque nosotros vivimos en este mundo en la misma forma que Jesucristo vivió.
En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor, porque el que teme, mira al castigo, y el que teme no ha alcanzado la perfección del amor.

  

8 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4, 19–5, 4):

Queridos hijos: Amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Además, Jesús nos ha dado este mandamiento: El que ama a Dios, que ame también a su hermano.

Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Todo el que ama a un padre, ama también a los hijos de éste. Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus preceptos. Y sus mandamientos no son pesados, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo.

 

9 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5, 5-13):

Queridos hijos: ¿Quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Jesucristo es el que vino por medio del agua y de la sangre; él vino, no sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Así pues, los testigos son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. Y los tres están de acuerdo.
Si aceptamos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios vale mucho más y ese testimonio es el que Dios ha dado de su Hijo.
El que cree en el Hijo de Dios tiene en sí ese testimonio. El que no le cree a Dios, hace de él un mentiroso, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo. Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado la vida eterna y esa vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida.
A ustedes, los que creen en el nombre del Hijo de Dios, les he escrito estas cosas para que sepan que tienen la vida eterna.

  

10 de enero 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5, 14-21):

Queridos hijos: La confianza que tenemos en Dios consiste en que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, él nos escucha. Si estamos seguros de que escucha nuestras peticiones, también lo estamos de poseer ya lo que le pedimos.

Si alguno ve que su hermano comete un pecado de los que no llevan a la muerte, que pida por él y le obtendrá la vida. Esto vale para los que cometen pecados que no llevan a la muerte, porque hay un pecado que sí lleva a la muerte (por ése no digo que se pida). Toda mala acción es pecado, pero hay pecados que no llevan a la muerte.

Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Hijo de Dios lo protege, y no lo toca el demonio. Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo entero yace en poder del demonio. También sabemos que el Hijo de Dios ha venido ya y que nos ha dado inteligencia para conocer al Dios verdadero. Nosotros permanecemos fieles al único verdadero, porque permanecemos en su Hijo Jesucristo. Él es el verdadero Dios y la vida eterna. Hijos míos, no adoren a los ídolos.

 ……

 

Quien niegue a Cristo está negado al Padre, y se convierte en anticristo, y pierde la filiación que nos otorga la vinculación con el Hijo, que nos hace hijos en él. Y consecuencia de esta pérdida sobreviene la perdición eterna. El Maligno en la figura del Anticristo -y de todos los que pecando nos vinculamos a esta negación de la identidad de Cristo- se afana, tanto en aquel tiempo del siglo I, que combatía san Juan en Éfeso contra aquellos que quería subvertir la verdad del Evangelio predicado por los apóstoles. Hoy día también hay tentativas de fomentar la apostasía y falsificar el conocimiento de la verdad, tratando de mundanizar la doctrina, causando división y rompiendo la fraternidad del Cuerpo de Cristo.

La filiación divina no es algo más entre otras características de nuestro ser cristianos. Filiación que tiene origen en el Padre divino que nos ha otorgado por amor: cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Y en esta condición no se peca: todo el que permanece en Dios, no peca. Todo el que vive pecando, es como si no hubiera visto ni conocido a Dios. (…) Todo el que practica la santidad ha nacido de Dios. Todo el que quiera ser santo ha de comportarse, vivir y sentir según el Hijo: ser santo, como Jesucristo es santo. Santidad que obra el Espíritu Santo que actúa en nosotros asemejándonos a él, haciendo que tengamos sus mismos sentimientos; no obstante, afiliación en el Hijo, queda por colmarse en plenitud: ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.


El hombre no «es» el hombre tal como se nos aparece en las condiciones actuales sino tal y como será mañana, según lo revelado en Cristo. El hombre por tanto no es el que vemos, sino el que veremos, el hombre escatológico, el futuro de cada hombre está  no ciertamente en la tierra, sino en la muerte y más allá de la muerte: donde tendrá lugar la beatitud, el ser colmado, planificado según la imagen y semejanza de Cristo que caracteriza toda su existencia. Como decía san Ignacio de Antioquía[2]: «Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre«. Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de él (Gen 1,26). «El séptimo día (el del descanso) seremos nosotros mismos» (San Agustin[3]).

……………………………………………………………….

[1] En https://mercaba.org/FICHAS/almudi.org/filiacion_divina.htm.  Y sigue: «Cuando el Verbo asume una humanidad como la nuestra, esta humanidad del Verbo es también Hijo, pues la naturaleza divina del Verbo se une personalmente al Verbo formando con él una única Persona. Así la filiación divina del Hijo, unida a la humanidad por la Encarnación, -al participar el Verbo de una misma carne y sangre con los hombres- convierte a la humanidad en hija y por ello está llamada a tener gran repercusión en la vida espiritual y a transformar nuestra relación frente a Dios.

Pero no sólo el Verbo también en su naturaleza humana es Hijo; «hijo por naturaleza» sino que nosotros como bautizados participamos de una manera muy peculiar la filiación divina de Jesucristo; somos hijos de Dios por adopción en la persona de Cristo. Por el bautismo, en efecto, hemos sido incorporados a la persona de Cristo, hemos sido convertidos en miembros de su Cuerpo. Cuantos hemos sido bautizados en Cristo, dirá repetidamente el apóstol, nos hemos revestido de Cristo, hemos sido incorporados a su Cuerpo. Como cristianos, pues, también nosotros somos hijos, no ciertamente hijos por naturaleza ni por generación, pero sí por adopción. Nuestra filiación es real, somos hijos aunque sólo analógicamente pues entre la filiación del Verbo y nuestra propia filiación media una diferencia radical.

El salmo 2, desde antiguo, se aplica a Jesucristo en su encarnación, es decir a Jesucristo hecho hombre, -o mejor dicho, como diría san Agustín habla literalmente de Cristo-hombre-, y se aplica al Hijo, como hombre verdadero, una profecía: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy», es decir, en el hoy de la encarnación por la que su humanidad queda asumida como Hijo de Dios.

En un sentido mucho más amplio, podemos hablar aún de la humanidad entera como hija de Dios en cuanto que Cristo hombre no sólo es Cabeza de la Iglesia sino también Cabeza de la humanidad entera: por nosotros los hombres, confesamos en el Símbolo, se hizo hombre. Incluso la creación entera puede llegar a llamarse hija, pues la humanidad de Cristo forma parte de la creación. La carta a los Romanos, en un pasaje no especialmente claro (Rm, 8) afirma que la creación está anhelando la plena manifestación de los hijos de Dios.»

[2] A los Romanos, 6,2.

[3] Ciudad de Dios, lib. 22, cap. 30, núm. 5; en «Obras de san Agustín», BAC, t. 17; Madrid, 2ª ed., 1965, p.778.

ACTUALIDAD CATÓLICA