Santos Cornelio y Cipriano, 16 de septiembre

Cornelio, papa (251-252)

Las actitudes extremosas acaban creando fricciones y calentamientos que casi siempre tienen un difícil y costoso arreglo. La figura del papa Cornelio es una de las que, desde la segunda mitad del siglo tercero, señaló pautas de comportamiento para la futura marcha de la Iglesia. Y se trataba nada más y nada menos que de conjugar dos principios básicos con sus correspondientes consecuencias prácticas –la misericordia y la justicia– en los que no era posible ceder ni olvidar; tampoco se podía permitir que, al hacer incidencia en uno de ellos, quedara el otro relegado al olvido.

Al papa Cornelio se le presentaba una tarea ardua. Se trataba de dilucidar la actitud práctica que había de seguir la Iglesia con los lapsi. ¿Que quienes eran estos? Aquellos cristianos que no tuvieron fuerzas morales para mostrarse firmes en el tiempo de las persecuciones y prefirieron amar más su propia vida que los intereses de Dios; sacrificaron a los ídolos y condescendieron con el poder civil, salvando así el pellejo. Además, se les añadían los reos de otro tipo de pecado, siempre grave –adulterio y asesinato–.

Al pasar el momento de peligro o de ofuscación, los lapsi quieren volver a participar de los misterios cristianos. Pero ¿cómo podrán ser recibidos, aun después de hacer penitencia, en la comunidad de los santos y en la celebración de los misterios de la fe, cuando tantos habían dejado sus vidas en la arena de los circos, en las llamas, o bajo el corte de las espadas, por no querer dejar la fe ni sus exigencias, como era el caso de tantos mártires cuya memoria y recuerdo era tan cercano y cuyos familiares estaban entre las filas de los cristianos? ¿No habíamos quedado que el amor a Jesucristo y al Dios que nos ha revelado están por encima de todos los bienes terrenos, incluida la propia vida? ¿No sería mejor dar escarmiento a aquellos que fueron cobardes? ¿No pedía la justicia ser implacable con quienes habían claudicado? ¿No era muestra de debilidad darles el perdón, cuando el dolor que acompaña a los muertos está ahora mezclado con la euforia santa de tener en la familia a los héroes mártires? El hecho de otorgarles el perdón, ¿no sería interpretado por muchos como una condescendencia de la Iglesia con aquellos lapsi? Incluso, llevando las cosas hasta sus más escondidas consecuencias, ¿no podría plantearse como algo cuestionable el hecho mismo martirial puesto que, luego, en la práctica, los que consiguieron seguir vivos con su mentira, volvían a ser miembros de pleno derecho en la Iglesia? Dicho de otro modo, ¿no quedaría ridiculizada la actitud de quienes prefirieron morir por el hecho de ser cristianos a ofender a Dios? Si hasta podrían pasar los martirizados por llegar a ser considerados como unos intransigentes ofuscados que se extralimitaron en el amor a Dios, que se demuestra con las elecciones libres que exige su honor.

Por otra parte, recibir o no a los lapsi era mucho más que una cuestión práctica o de buen gobierno para colmar las inquietudes y satisfacciones de los cristianos. La decisión práctica que se adoptara no sería más que la consecuencia de los principios morales y de otros teológicos que no podrían ser puestos en tela de juicio. ¿Tenía restricciones la capacidad de perdonar que Jesucristo había dejado a su Iglesia? ¿Podía ella perdonar toda clase de pecados? ¿Incluido el de apostasía? ¿Podía ella negar el perdón de Dios al pecador arrepentido? ¿No sería ello falta de misericordia? ¿No significaría el abandono del Maestro que vino a salvar a todos y que no hizo ascos a los peores pecadores, mandando amar incluso a los enemigos? ¿Habría de ser la Iglesia más dura que el propio Jesús que rogó por quienes le ajusticiaban? ¿No tenía ahora la ocasión de demostrar compasión con la debilidad humana?

Tanto Cornelio como Novaciano eran sacerdotes de Roma que empleaban su tiempo y consumían sus energías en la predicación de la misericordia de Dios con los pecadores, dando aliento a los cristianos y bautizando a los que se convertían a la fe en la mitad del siglo iii. Había muerto el papa Esteban, martirizado mientras celebraba el culto en las catacumbas, hacía ya dieciséis meses y, por la persecución, no se había podido elegir papa. Pasado el apuro, eligieron a Cornelio para la Sede de Pedro. Y no supo aguantar el tirón la ambición y soberbia de Novaciano, que llegó a hacerse consagrar como obispo de Roma.

Cisma hubo en la Iglesia al levantarse Novaciano con la bandera de los puros, rigoristas, exigentes, puritanos y pietistas frente al papa Cornelio que se mostraba inclinado al perdón, a la compasión con los débiles y a recibir a los verdaderamente arrepentidos que hicieran penitencia.

Cornelio tuvo que condenar a Novaciano y su rigorismo desesperante. Lo sucedido en esta ocasión no era más que un caso particular más de la ya antigua y gran cuestión que había conmovido a la Iglesia, –en los pontificados de Ceferino (198-217) y en el caso entre el papa Calixto e Hipólito (217-222), ambos santos y mártires– sobre la admisión en la Iglesia de los pecadores o su exclusión a perpetuidad.

Mostró el papa Cornelio el verdadero sentir de la Iglesia, abriendo las abundantísimas fuentes inagotables del perdón y de la misericordia con los pecadores y débiles. Por si algún lector llegara a formarse la idea de que este papa antiguo se dejó llevar de la blandura por no aplicar correctivos a quienes claudicaron, conviene asegurar que dejó muy clara la doctrina: hay ocasiones en las que no se puede ceder en la fe, aun con la aceptación de la muerte violenta; de hecho, culminó su vida entregándola en martirio; sucedió en Centumcellae (la actual Civitavecchia), en el año 252.

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Cipriano, obispo y doctor de la Iglesia (c. a. 200-257)

«No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre» dejó escrito este santo obispo, maestro y doctor de la Iglesia, en su obra De catholicae ecclesiae unitate. A pesar de ser un auténtico defensor a ultranza de la unidad de la Iglesia, por su celo y coherencia, estuvo muy al borde de la ruptura cismática con Roma.

San Jerónimo escribe de él una auténtica biografía en su listado de varones ilustres. Cipriano nació en el norte de África, posiblemente en Cartago, al comienzo del siglo III. Se llamaba Tascio. Sus padres, paganos y ricos, le procuraron una estupenda formación literaria. Llegó a enseñar retórica hasta su encuentro con el presbítero Cecilio, que transformó su vida hasta entonces montada sobre los vicios del paganismo, llevando una conducta nada edificante hasta que entró en los cuarenta. Vino luego su conversión, el catecumenado y el bautismo. Se produjo en Cipriano un notable proceso de madurez cristiana que tendrá tres polos persistentes a lo largo de su vida futura: austeridad, continencia y caridad. Cuando lo ordenaron sacerdote, se desprendió de todos sus bienes heredados y los donó a la iglesia para facilitar la atención de quienes más los necesitaban.

Siguiendo el uso democrático del tiempo, lo eligieron para obispo de Cartago en el 248 ó 249, no sin la oposición organizada por el presbítero Novato y el rico seglar Felicísimo, contra quienes tuvo que enfrentarse fuertemente todo el tiempo de su gobierno como obispo; eran los portavoces del «ala blanda», extremadamente proclives a mostrar una indulgencia rayana en el laxismo. No debió de caerle bien al presbítero Novato la elección para obispo de un neoconverso que hasta poco antes había sido un modelo de desorden; quizá llegó a sentirse más digno candidato por ser cristiano desde la más tierna infancia.

El comienzo de la tensión entre Cipriano y la facción disidente vino provocado por lo que el obispo consideró abuso en el modo de proceder algunos cristianos que, durante el tiempo de persecución habían conseguido por dinero o influencias el libellum de apostasía que, sin haber llegado a sacrificar a los ídolos, les permitía pasar ficticiamente como gente que había rendido culto a los dioses paganos del Imperio, librándose así de los compromisos inherentes a la defensa de la fe y de las complicaciones que podrían terminar en martirio; además, cuando vuelve la paz a la Iglesia, consiguen de sus confesores el libellum pacis o escrito exculpatorio para escapar a la penitencia pública. Y este modo de proceder era apoyado por el grupo liderado por Novato que hizo causa común con los novacianos de Roma; estos, aunque en su pensamiento y praxis eran contrarios, tenían tantas ganas de sacar de la sede romana al papa Cornelio considerado por ellos muy blando, como los que pretendían expulsar de Cartago a Cipriano por rigorista. Juzgaron que unidos en contestataria alianza sería mayor la presión para conseguir sus propósitos.

Turbias estuvieron las relaciones entre Cartago y Roma en esa ocasión, empeoradas por el asunto de los libeláticos obispos españoles Basílides de Astorga y Marcial de Mérida, que habían sido arrojados de sus diócesis y ocupadas por otros obispos fieles y fuertes; el obispo de Cartago se vio implicado en este asunto por ciertas consultas. Y lo malo es que esto sucedía ya en tiempos del papa Esteban, augurando no muy buenas relaciones entre los dos pastores desde el comienzo del pontificado.

Por si esto fuera poco, Cipriano consideró oportuno y necesario manifestar su desacuerdo con la praxis que en Roma estaba permitiendo el papa Esteban con respecto a reconocer como válido el bautismo administrado por herejes. El pensamiento del obispo cartaginés en este punto estaba equivocado. El papa Esteban reconocía la validez de este bautismo y Cipriano llegó a enfrentarse dura y dramáticamente con él manteniendo una opinión contraria avalada por los sínodos de Cartago. Se produjo un distanciamiento tal entre ellos que algunos historiadores han llegado a calificarlo de cismático. Gracias a la intervención de la Providencia, se resolvió el asunto con la muerte del papa Esteban y con el carácter conciliador de Sixto II, su sucesor en la Sede de Pedro.

Cipriano, con su personalidad fuerte y arrolladora, tuvo que pastorear a su grey desde el ocultamiento, durante la persecución de Decio, allá por el año 250. Acuciado por las necesidades y la distancia, desarrolló una intensísima actividad epistolar que apoyaba con esporádicas y anónimas visitas a sus fieles.

Regresó a su diócesis y retomó el gobierno pastoral directo hasta la persecución de Valeriano en el 257; fue decapitado por orden del procónsul Galerio Máximo. No faltó el detalle del santo al mandar que se dieran a su verdugo veinticinco monedas de oro como pago por el trabajo. Murió el mismo día que el papa Cornelio, aunque cinco años más tarde.

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