¿Qué es la verdad?

 

Amar, lo que se dice amar, solo se puede amar a otra persona, porque amar es relacionarse y conocerse. Es lógico, pues, que solo se puede AMAR la verdad si esta es una persona. De lo contrario, como Kafka y tantos otros, solo se puede SOPORTAR la verdad.

Tenía dudas sobre cómo entender eso de que Cristo es la verdad. Dudas racionales, claro. Hasta que una noche llegó el monje y me dijo:

Solo San Agustín fue capaz de vincular racionalmente la verdad al amor, cuando afirmó aquello de «cuanto más amo, mejor entiendo«. Se lo explicaré, pero primero, por si nos escucha algún filósofo, definamos qué es el amor: fundamentalmente, entregarse hasta dar la vida por otro. Naturalmente, esto nada tiene que ver con el erotismo, el cariño hacia los animales, el enamoramiento romántico, o el flirteo de discoteca. Palabra escarnecida y torturada, asesinada, esta del amor. Me adelanto: tan asesinada y escarnecida como Cristo.

Amamos poco porque comprendemos poco. La razón sola no basta para conocer, pero este es un camino muy peligroso porque al final le dirán que ni el lenguaje basta para conocer -Wittgenstein- y entonces habrán acabado con la REALIDAD y con LOS HECHOS. Sin embargo, la verdad es un hecho y ES la realidad, en tanto que Cristo, Dios, crea y mantiene viva esta realidad en que vivimos. «En Él somos, nos movemos y existimos», dirá San Pablo.

Solo si la verdad es una persona puede amarse la verdad. Por eso nadie puede decir que está en posesión de la verdad: ¿quién posee a Dios? Se está con la verdad, nos relacionamos con la verdad, la amamos, pero no la poseemos. Porque «Dios es más grande que el corazón humano», ya sabe. Y por eso también solo hay una posibilidad, amar la verdad u odiarla. Si usted la niega, niega el amor -niega a Dios, que es amor-, y si niega el amor se planta usted en el territorio vacío del odio. Vacío porque el odio no es fértil, no es creativo, como diría usted.

Es fascinante comprender que la verdad es una persona y que se puede amar. Es sobrecogedor contemplar la verdad tierna, en Navidad, y la verdad terrible, en la Pasión. Terrible como nunca podremos imaginar; tan llena de ternura como para romper algo mucho más duro que la piedra, el corazón del hombre.

La verdad, paradójicamente, es relativa: está en relación con… Dios y su Misterio eterno. La verdad es, entonces, infinita e inabarcable. Más viva que la propia vida. Tan viva que da miedo. Por esta razón, me temo, todos los filósofos han huido de ella o la han desvirtuado: no pueden soportarla. No pueden soportar la verdad, ni la vida, ni la realidad. Es más tranquilizador hacerse una a la medida. Si me quiere entender, le diré que por eso hay tan pocos monjes; como le gusta a usted imaginar, somos vaqueros solitarios en busca de la verdad, comiéndonos el miedo y apretando los dientes ante el abismo insondable. Buenas noches, joven. Otro día le hablaré de la fragilidad y la indefensión de la verdad. Por ahora, estudie, lea a Sigrid Undset.

El monje se desvaneció en la noche. Fue, creo, a través de una grieta del muro del monasterio donde crecía una débil hierba verde, de una claridad amarillenta.

Francisco Segarra

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