- Al hacer oración lo primero que hay que hacer es dedicarla tiempo. Y no hay que preocuparse por ello, pues la oración es el mejor tiempo empleado.
- Orar es requisito imprescindible para mantenerse en vivo en la fe. Quién no vive de la fe forjada en la oración acaba por no creer en Dios. De ahí vienen luego tantos desengaños: vocaciones frustradas, apostasías y doctrinas erróneas, que acaban en cismas. Sin la oración la fe es imposible.
- Dios nos ha dado algo grandioso, inalienable -ni por Él mismo-, porque hace referencia a la grandeza de nuestra dignidad de personas: la libertad. Pero libertad otorgada por Dios a nuestro genuino ser para y fundamentalmente optar por el bien, y no para que se elija el mal. Dios nos ha dado la libertad de que elijamos el bien -para lo que Él aporta su gracia, con la que nos predispone, inclina, a esa elección-, y no para el mal, que es un defecto de la libertad. Nuestra elección y acción del bien supone un aporte de bondad, con la que contribuimos a la presencia santificadora del Reino de Dios.
- Dijo Jesús: «De los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.» (Mc 10,14b-15). Más claro que el agua: el sencillo, inocente, puro y tierno de corazón. Lo que nos aparte de esto, es invento nuestro.
- El dinero es generador de ateísmo en cuanto que ciega la mirada, la desvía, la aleja de lo que no sea interés propio, egoísmo y avaricia (de esta ya dijo san Pablo que era la fuente de todos los males: «Raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tim 6,10).). «La raíz de la avaricia es la preocupación mundana de los paganos» (San Jerónimo), vive imbuido en la inmanencia, circunscrito en la materia crasa, ausente de trascendencia, cerrado a todo, especialmente a la esperanza.
- Quien no admite la existencia de Dios, no admite la trascendencia; se retrotrae a la cerril materia, declarándose, en su afán posesivo, dueño y señor de cuanto pueda… Cierra sobre sí el universo, y se proclama su dios. Un dios loco, sin cualidad, sin misterio, sin esencia que le defina ante el bien y el mal. De modo que tener como razón fundamental de la existencia a un señor u Otro, determina a la persona y sus destino. De ahí que Jesús dijera tan tajantemente: «no podéis servir a dos señores…» (Mt 6,24): al dinero y a Dios. Somos, pues, responsables de nuestro posible arrumbamiento de nuestro ser al reducirlo a la estricta existencia de la materia.
- El mal, el pecado, ciega al hombre. En esa ceguera moral hay una responsabilidad humana que compromete su futuro eterno: el mal incapacita, desde su sombra de muerte, apreciar el rostro bondadosísimo de Dios, el mismo que nos salga al encuentro en el juicio final, pretendiendo acogernos en su seno. Ese rechazo, por extraño a lo que él mismo se ha convertido, provocará su autocondena. Pues lo semejante se reconoce a sí mismo y se atrae por «simpatía».
- La razón estricta, encerrada en las paredes de la materia, en lugar de ser puerta abierta a la magnificencia del ser, del misterio que lleva dentro, se plega sobre sí misma constriñéndose -y toda la realidad- a su única y reductora medida: es decir, «lo que yo no consiga medir no existe«.
- El dinero -como cualquier otro ídolo (de los muchos relativos que hacemos absolutos)- ciega la visión y parasita sobre sí la mirada y toda la atención. Más allá no hay nada, piensan, y en ello acaban, y mueren, pues no hay muerte que no sea la condenación…; que no la desaparición, que es el destino de lo ídolos.
- Quien el Evangelio y no siente un decir dentro de sí «esto es la verdad» ha perdido la capacidad de vibrar y se le ha endurecido dramáticamente el corazón.
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