Palabras del Papa, 27-9-2017

Palabras del Papa, 27-9-2017

El Papa se hace una foto con algunos inmigrantes en la Plaza de San Pedro. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

El Santo Padre en la audiencia del miércoles, y ante treinta mil personas en la plaza de San Pedro, impartió una catequesis sobre la esperanza cristiana, exhortando a no dejársela robar, porque la esperanza mantiene en pié la vida:

«No es verdad que ‘hasta que hay vida, hay esperanza’, como se suele decir. Más bien es lo contrario: es la esperanza que tiene en pie la vida, la protege, la custodia y la hace crecer. Si los hombres no hubieran cultivado la esperanza, si no se hubieran sostenido en esta virtud, no habrían salido jamás de las cavernas, y no habrían dejado huellas en la historia del mundo. Es lo que más divino pueda existir en el corazón del hombre.

La esperanza es el impulso en el corazón de quien parte dejando la casa, la tierra, a veces familiares y parientes -pienso en los migrantes- para buscar una vida mejor, más digna para sí y para sus seres queridos. Y es también el impulso en el corazón de quien los acoge: el deseo de encontrarse, de conocerse, de dialogar…

La esperanza es el impulso a ‘compartir el viaje’, porque el viaje se hace de a dos: los que vienen a nuestra tierra, y nosotros que vamos hacia sus corazones, para entenderlos, para entender su cultura, su lengua. Es un viaje de a dos, pero sin esperanza ese viaje no se puede hacer. La esperanza es el impulso a compartir el viaje de la vida, como nos recuerda la Campaña de Caritas que hoy inauguramos. ¡Hermanos, no tengamos miedo de compartir el viaje! ¡No tengamos miedo! ¡No tengamos miedo de compartir la esperanza!

La esperanza no es una virtud para gente con el estómago lleno. Por esto desde siempre, los pobres son los primeros portadores de la esperanza. Y en este sentido podemos decir que los pobres, también los mendigos, son los protagonistas de la Historia.

Para entrar en el mundo, Dios ha necesitado de ellos: de José y de María, de los pastores de Belén. En la noche de la primera Navidad había un mundo que dormía, recostado en tantas certezas adquiridas. Pero los humildes preparaban escondidamente la revolución de la bondad. Eran pobres de todo, alguno emergía un poco sobre el umbral de la supervivencia, pero eran ricos del bien más precioso que existe en el mundo, es decir, el deseo del cambio.

A veces, haber tenido todo de la vida es una desgracia. Piensen en un joven al cual no le han enseñado la virtud de la espera y de la paciencia, que no ha tenido que sudar para nada, que ha quemado las etapas y a veinte años ya sabe cómo va el mundo; la ha sido destinada la peor condena: aquella de no desear más nada. Es esta la peor condena: cerrar la puerta a los deseos, a los sueños. Parece un joven, en cambio ha bajado el otoño sobre su corazón. Son los jóvenes del otoño.

Tener un alma vacía es el peor obstáculo a la esperanza. Es un riesgo al cual nadie puede estar excluido; porque ser tentados contra la esperanza puede suceder también cuando se recorre el camino de la vida cristiana.

Dios nos ha creado para la alegría y para la felicidad, y no para complacernos en pensamientos melancólicos. Es por esto que es importante cuidar el propio corazón, oponiéndonos a las tentaciones de infelicidad, que seguro no provienen de Dios.

Y allí donde nuestras fuerzas parecieran débiles y la batalla contra la angustia particularmente dura, podemos siempre recurrir al nombre de Jesús. Podemos repetir esa oración simple, de la cual encontramos huellas también en los Evangelios y que se ha convertido en el fundamento de tantas tradiciones espirituales cristianas: “¡Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mi pecador!”. ¡Bella oración! “¡Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mi pecador!”. Esta es una oración de esperanza, porque me dirijo a Aquel que puede abrir de par en par las puertas y resolver los problemas y hacerme ver el horizonte, el horizonte de la esperanza.

Entretanto hermanos y hermanas, no estamos solos a combatir contra la desesperación. Si Jesús ha vencido al mundo, es capaz de vencer en nosotros todo lo que se opone al bien. Si Dios está con nosotros, nadie nos robará esa virtud de la cual tenemos absolutamente necesidad para vivir. Nadie nos robará la esperanza. ¡Vayamos adelante!».

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Al final de la Audiencia General con motivo de la nueva campaña de Cáritas “compartiendo el viaje”, el Papa lanzó en favor de los migrantes: Iglesia que abraza como nos pide Cristo:

«Hoy comienza la campaña de Caritas Internationalis, ‘Comparte el Viaje’, para sostener a las familias obligadas a migrar; los aliento a adherir a esta loable iniciativa como signo de solidaridad con estos nuestros hermanos y hermanas necesitados. Sobre todos ustedes y sus familias invoco la alegría y la paz del Señor nuestro Jesucristo.

Tengo la alegría de acoger a los representantes de Caritas, aquí reunidos para dar comienzo de forma oficial a la campaña ‘Comparte el viaje’ – qué lindo el nombre de esta campaña –  que he querido hacer coincidir con esta audiencia. Doy la bienvenida a los migrantes, a los que solicitan asilo y a los refugiados que, junto con los operadores de Caritas Italiana y de otras organizaciones católicas, son signo de una Iglesia que busca ser abierta, inclusiva y acogedora. Gracias a todos por su infatigable servicio.

¡Todos ellos merecen verdaderamente un gran aplauso!

Con su empeño cotidiano, nos recuerdan que Cristo mismo nos pide acoger a nuestros hermanos y hermanas migrantes y refugiados con los brazos abiertos. Precisamente así, con los brazos bien abiertos, listos para un abrazo sincero, afectuoso y envolvente, como esta columnata de la Plaza de San Pedro, que representa a la Iglesia madre, que abraza a todos en el compartir el viaje común.

Además, aprovechó la ocasión para agradecer la recogida de firmas para una nueva ley migratoria más apropiada al contexto actua«.

 

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