Navidad, tiempo para el reencuentro

Esta es una historia real, en la que la «casualidad» provocó que, contando también con la «casualidad» del tiempo propicio navideño, se diera el reencuentro de dos seres amados.

A nosotros, los creyentes, nos gusta pensar que Dios mueve los hilos de la historia, por pequeña que sea, para favorecer el amor, y para ello pone las causas necesarias (o por así decir, se sirve de «casualidades») para lograrlo.

 

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      Un sacerdote que acaba de ser ordenador fue destinado a una iglesia en los suburbios de Brooklyn, New York.

           Aunque fue con el mayor entusiasmo, cuando llegó la iglesia se encontró con la desagradable sorpresa de que estaba en pésimas condiciones y requería de mucho trabajo de restauración. Sin desfallecer por eso, se fijó la meta de tenerlo terminado en dos meses, para las celebraciones litúrgicas navideñas. Trabajó arduamente: enyesando las paredes, pintando, reparando los bancos, etc.

           Todo parecía estar en su contra. El 19 de diciembre, cuando ya había conseguido su propósito, se desató una descomunal tempestad, que duró dos días. El 21, el joven sacerdote al ir a ver cómo se encontraba la iglesia, comprobó con cierta tristeza que una considerable gotera había aparecido en una pared, tras el altar. El agua se había filtrado por el techo chorreando por la pared, descarnándola. El sacerdote limpió el suelo, y no sabiendo que más hacer, salió para su casa. En el camino vio que una tienda estaba llevando a cabo una venta de liquidación de cosas antiguas. Y pensó que quizá encontrara algo con qué ocultar provisionalmente, hasta que se secara, la fea mancha. Y efectivamente, encontró un gran y bello mantel bordado a mano, bellos colores y una cruz bordada en el centro. Era justamente el tamaño adecuado para cubrir la mancha, y no desentonar de la estética general de la iglesia. 

           Un día antes de navidad comenzó a nevar. Una mujer mayor había perdido el autobús y se refugió en la puerta de la iglesia. El Sacerdote le invito a esperar dentro el próximo autobús, donde había calefacción. La mujer se sentó en el último banco; pero al rato se levantó y se acercó al altar, mirando el mantel que el sacerdote ya había colocado. Al verla el joven sacerdote tan fija la mirada, le preguntó casi orgulloso por lo bien que quedaba:

             —¿Le gusta?

         —Ese tapiz es igual… Padre, ¿dónde lo consiguió usted?

           El sacerdote se lo explicó. La mujer le pidió que le permitiera ver la esquina inferior derecha para ver si las iniciales EBG aparecían bordadas allí. Sí, estaban. Estas eran las iniciales de la mujer y ella bordado aquel mantel treinta y cinco años atrás en Austria.

           Entonces, la mujer le explico que antes de la guerra ella y su esposo tenían una posición económica desahogada en Austria. Cuando los Nazis llegaron, la forzaron a marcharse. Su esposo debía seguirla la semana siguiente. Ella fue capturada, enviada a prisión y nunca volvió a ver a su esposo ni su casa. 

           El sacerdote le ofreció regalarle el mantel, pero ella se negó a aceptarlo diciéndole que era lo menos que podía hacer y que ahí donde estaba quedaba muy bien. Se sentía muy agradecida pues vivía al otro lado de Staten Island y solamente estaba en Brooklyn por el día para un trabajo de limpieza de casa. 

           En la Misa de la Nochebuena la iglesia estaba casi llena. Y la celebración de la misma fue de una gran confraternización. Cuando termino y todo el mundo se marchó, un anciano aún permaneció allí sentado en uno de los bancos mirando hacia el frente, y el padre si no se iba. El hombre le pregunto donde había obtenido ese mantel que estaba en la pared del frente, porque era idéntico al que su esposa había hecho años atrás en Austria antes de la guerra y cómo podían haber dos manteles tan iguales. El le relato al padre como llegaron los Nazis y como el forzó a su esposa a irse, para la seguridad de ella, y como el estaba supuesto a seguirla, pero había sido arrestado y enviado a prisión. Nunca volvió a ver a su esposa ni su hogar en todos aquellos años. 

           El sacerdote guardó silencio. Y lo invito a dar un paseo con él. Se dirigieron en el carro hacia Staten Island, hasta la misma casa donde el padre había llevado la mujer un día antes. 

           Cuando la mujer abrió la puerta… Aquella fue la más bella e inolvidable nochebuena que jamás nadie podría haber imaginado.

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