Matrimonios y divorcios en EspañaHace unos días el INE (Instituto Nacional de Estadística) publicaba el último informe (ver aquí) sobre las cifras de divorcios, separaciones y divorcios en España. Durante el año 2016 se produjeron en España un total de 101.294 casos de nulidad, separación y divorcio. Más o menos, esta estadística es una constante de unos años para acá. (Según también datos del INE en el año 2015 se llevaron a cabo un total de 101.357 casos de divorcio, separación o nulidad).
En lo que va de siglo, y hasta el 31 de diciembre de 2016, se han producido en España un total de 2.068.063 disoluciones matrimoniales, de las que 1.621.394 fueron divorcios (967.865 de mutuo acuerdo) y 446.669, separaciones (297.226 consensuadas). Algunas consideraciones: Esta información nos sirve como botón de muestra para advertir de los derroteros por donde va la vanguardia o cabeza del mundo, Occidente. En un mundo globalizado es muy probable que tarde o temprano el resto del mundo siga esta deriva. Las demandas de disolución matrimonial han pasado prácticamente a ser divorcios y algunas nulidades, y separaciones cada vez menos; lo cual significa que las rupturas son definitivas y de difícil reconciliación. Si miramos los matrimonios que se han producido 167.984, y cada año siguen cayendo (hace 10 años, en 2006, fueron 207.766), y los comparamos con los que se deshacen, resulta que se rompen más de un 60 por 100. Datos escalofriantes, que hablan que de seguir así, en esta dinámica, ¡no va a quedar una familia en pié! Esta destrucción provoca amén del hecho de la pareja, tiene otras implicaciones: la repercusión en los hijos, su formación, el sufrimiento y la pena que les produce, su guarda, custodia o prestación de alimentos, etc.; y el desmembramiento y descohesión social… Las relaciones prematrimoniales, las prematuras experiencias sexuales, la promiscuidad, etc., está teniendo, sin duda alguna, consecuencias… Leemos estas palabras del Papa Francisco: «A veces, haber tenido todo de la vida es una desgracia. Piensen en un joven al cual no le han enseñado la virtud de la espera y de la paciencia, que no ha tenido que sudar para nada, que ha quemado las etapas y a veinte años ya sabe cómo va el mundo; la ha sido destinada la peor condena: aquella de no desear más nada. Es esta la peor condena: cerrar la puerta a los deseos, a los sueños. Parece un joven, en cambio ha bajado el otoño sobre su corazón. Son los jóvenes del otoño.»
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