Como diariamente el hombre normal recibe tantísima información del presente, lo natural es que olvide o deje en un limbo de memoria las noticias pasadas, con lo que se hace verdad que, a mayor información, mayor olvido.
Cuanta más información tiene una sociedad, menos memoria guarda, dispone de menos perspectiva histórica y, para colmo de desdichas, menos capaz es de conocerse a sí misma tal como es en realidad. Exagerando, podríamos decir que el hombre que ocupara verdaderamente todo su tiempo en recibir información, se convertiría en un ser sin razón, en un ser que dispondría de miles de premisas pero ni de una sola conclusión. Tal parece que se esté describiendo aquí una especie de tiranía: el hombre asaltado, estimulado contra su voluntad, conducido y, por último, forzado a olvidar. Quizá sí es una tiranía además de un peligroso camino. Es, evidentemente, una arrolladora invasión de la intimidad, una negación de la soledad y, por supuesto, del recogimiento que en otros tiempos permitió a muchos vivir mejor consigo. Si atendemos a quienes emiten esa catarata de informaciones, encontramos solamente tres clases de motivaciones: los que desarrollan informaciones que les hagan ganar más dinero (publicidad); los que ganan dinero con la información misma (medios); y los que ganan o conservan poder (política). Hay, evidentemente, informaciones sin tan materialista interés, pero son las menos. En otras palabras: no se nos informa más para hacernos más libres, según reza la teoría generalmente aceptada pero difícil de demostrar. Se nos informa más para conducirnos mejor en una o en otra dirección. Y, quienes lo hacen, obtienen beneficios por regla general. Del mismo modo, para poder llegar a emitir informaciones hace falta dinero. Sólo las grandes compañías hacen publicidad en televisión. Sólo los grandes partidos. Sólo los grandes equipos… Un mundo informativo para los fuertes. ¿Recuerda que antes nos preguntábamos si estábamos describiendo una tiranía? Definitivamente, sí. Pero hay que advertir de algo: la información no es el cuarto poder. Es el dinero Pero esto no es lo peor. Como se anticipaba más arriba, la sobreabundancia de la información masiva, que es en sí fragmentaria, poco duradera en la memoria y no muy amplia, hace difícil su asimilación. A mayor tiempo dedicado a recibir informaciones que no se desean expresamente, menos tiempo para la reflexión. No en vano se ha dicho que el aburrimiento es un mal de nuestra sociedades desarrolladas. Pero el aburrimiento no proviene, como se dice, del hombre vacío que busca el espectáculo el matar el tiempo y que, por lo tanto, no sabe qué hacer cuando nada capta su atención en el exterior. El aburrimiento es más propio de las personas sobreexcitadas informativamente, que tienen ya dificultades para fijar su atención en algo concreto durante un tiempo algo prolongado. Los publicitarios y muchas mujeres casadas saben que el éxito de su mensaje dependerá de las veces que consiga repetirlo. No siempre lo repetido es cierto, como decía Goebbels, pero sí siempre lo repetido se recuerda más. Y lo que se recuerda con facilidad, automáticamente, tiende a considerarse opinión propia, criterio propio, cuando es, en realidad, un simple mensaje implantado en la memoria con fines no precisamente filantrópicos. Tales mensajes repetitivos no suelen incluir razonamiento alguno. Contienen, por regla general, una afirmación antes que una negación y, cuando caen sobre un hombre que tiene ya dificultades para formar sus propias opiniones, las sustituyen insensiblemente. Diariamente cientos de medios repiten las ideas, las cáscaras de ideas, sobre las que se asienta la justificación de nuestra sociedad. Y tales ideas tienden a aceptarse o a rechazarse de modo instintivo y visceral, sin que en ello intervenga ningún anterior o posterior análisis. ¿Es éste un panorama desolador? Un mundo de gente que se concentra mal en sus asuntos, que acepta o rechaza en función de sentimientos más que de razones, que mezcla en su concepción del mundo frases publicitarias y que, además, tiene cada vez menos memoria histórica. por Manuel Morillo Fuente y texto completo: https://www.religionenlibertad.com/blog/13448/la-sobreinformacion-como-manipulacion-.html |
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