La sinodalidad actual. Perdiendo energías, alejándonos de lo importante

No estamos en contra de la sinodalidad, que estimamos como un modo de ser Iglesia. Pero necesita de afinarse, de mejorar en muchos sentidos. Porque en lugar de mejorar aspectos dignos de tal posibilidad, se está cayendo en debates estériles, y que problematiza más que enriquece y soluciona. Amén, y sobre todo, de distraernos de lo que realmente importa en estos momentos cruciales.

La Iglesia en España ha culminado la fase diocesana del Sínodo sobre la sinodalidad, un proceso de ocho meses en el que han participado más de 220.000 personas en todas las diócesis. Apenas si llega al 1% (0,78%) y este es de fieles más ideologizados (progres).

Andamos distrayéndonos con el señuelo del sínodo de la sinodalidad y sus diversas disputas: el papel de la mujer y los laicos, la familia, el acercamiento a los jóvenes y los abusos, el celibato opcional. Que o no son tan urgentes o ni fundamentales como para que andemos enzarzados perdiendo el objetivo de lo que realmente importa: proclamar en Reino e invitar a cree; anunciar el evangelio, testimoniar el amor de un Dios misericordioso, que quiere que todo el mundo se convierta y salve.

Centremos en lo principal y en las prioridades. Si con lo de la sinodalidad, las propuestas cismáticas, las ideologías progres, abolición de la moral sexual, etc., están apartando a la Iglesia del encargo del Señor: la evangelización y la santidad. Lo demás es una dispersión y distracción, que aleja de estos dos objetivos fundamentales, y del necesario compromiso y activismo, que se precisan con urgencia. Hay que centrarse, y tomar conciencia de lo importante.

En estos momentos borrascosos –apelando al aforismo ignaciano- es mejor no provocar cambios. Es tiempo de crisis, como pone de relieve la apostasía de Occidente, y hasta de persecución del cristianismo: tan solo hay que ver la cantidad de actos vandálicos y de hechos violentos contra las iglesias y los cristianos en muchos lugares del mundo. Y también existe una crisis interna a la Iglesia misma. En estos momentos tempestuosos en que la barca se tambalea es mejor dejarse de moverse, para evitar su hundimiento.

Todos estos asuntos que en este movimiento sinodal son más ruido que nueces, pero que no conducen a nada realmente practico y de alcance. Insistimos que hay que enfocarse en la batalla a dar contra la mundanidad, la mentalidad del espíritu del tiempo, que está angostando la dimensión religiosa de la persona, la apertura a la trascendencia y el aniquilamiento de su espiritualidad, su conciencia, la naturaleza humana, el valor de la persona en cualquier etapa de su vida, etc. Fuera de esto cualquier otro objetivo en el tiempo actual, son fuegos pirotécnicos, pompas de distracción. Y si esto encima lo envolvemos en disputas desetabilizantes…, entonces cabe penar si el demonio no anda lejos, o al menos frotándose las manos.

Hay que preocuparse por el aumento de la increencia y la perdida considerable (“masiva”) de fieles, bautizados, matrimonios, etc.

La jerarquía episcopal haría bien en discernir quienes ha influido adquiriendo un protagonismo… y en tomar distancia de todos aquellos que está continuamente a su alrededor… También da la impresión de que hay sinodales que “aspiraran” a ocupar el lugar de los sacerdotes.

En fin, que las propuestas sinodales tan progres, cuestionadores doctrinales,  no representan a casi nadie ni tienen mayor recorrido. Y en cuanto al funcionamiento de la sinodalidad hay cosas que corregir (organización de participaciones factibles realmente a todos los fieles).

Y lo más importante hay que movilizarse, activarse, salir a la calle, participar y corresponsabilizarse en testimoniar vivamente la fe y evangelizar ahormando un discurso respetable socialmente.

Todos estamos vocacionados, como cristianos, al apostolado; somos enviados, mensajeros, embajadores… de la fe que profesamos; aunque cada cual en su justa medida y posibilidades. Pero en apostolado, la misión, la «proclamación» del Evangelio nos corresponde a todos -no solo al clero, también a los laicos o seglares-, de palabra y obra.

Menos asambleas de este tipo, en que se pierden energías y se saca la cabeza caliente y no es corazón, y más acudir a manifestaciones como la de pro-vida del día 26 de junio.

Les animamos a leer estos dos breves artículos: El activismo de la fe y Pecado de omisión: el nulo activismo

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.