Pese a quien pese, así la llamó el ángel Gabriel a María; hermoso título, maravilloso, sobrenatural. Para aquellos que detestan tal denominación atribuido a la Virgen: para unos, decirles que ¡tranquilos!, eso no la convierte en una diosa, tan solo en la nueva Eva, y para otros, para aquellos seres inmundos —que existen, aunque no los veamos— que la temen por eso mismo, porque Dios la ha agraciado y otorgados poderes especiales, la teman más que a una vara verde —el poder de María, con solo invocarla, para que medie como en Caná, es manifiesto—, en los exorcismos están comprobado el temor que produce a los demonios su nombre, y qué decir, de tantos milagros que a través de ella se han dado y dan…
Este belicismo cuadro que pintara de rodillas fray Angélico, expresa fielmente el momento de la anunciación (aunque alguno que haya estado en Nazaret dirá que no es tan así el marco natural histórico, pues era más bien una gruta, un lugar humilde y escondido, que nada tiene que ver con la escena del cuadro).
Lo cierto es que fray Angélico captó y plasmo la realidad de la verdad espiritual tal y como fue: a un lado, a la izquierda, en el marco simbólico del pasado, representa el paraíso terrenal, con los primeros padres, Adán y Eva; María, será la nueva Eva, la fiel a Dios, la que, a diferencia de la Eva desobediente, aceptará la voluntad de Dios: Hágase.
Gabriel está, a diferencia de otros cuadros clásicos, a la altura de María, no se siente superior sino a su nivel, ambos se inclinan humildemente, en actitud de respecto, recogimiento y respeto.
Y María sintiendo la distancia infinita, abrumadora, de a Quien hacía referencia el ángel, se declara la esclava… del Señor,
Todo es luminoso, claro, limpio, de una pureza y belleza extraordinaria. Tal y como fue.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.
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