La generosidad premiada: el ciento por uno

«Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor, y no a los hombres:  sabiendo que recibiréis del Señor en recompensa la herencia. Servid a Cristo Señor.» (Col 3,23-24).

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            Una noche de tempestuosa una pareja mayor entraron a la recepción de un pequeño hotel, intentando conseguir alojamiento. Dirigiéndose al conserje el hombre preguntó:

           —¿Disponen de una habitación?

           El empleado, un hombre atento con una cálida sonrisa, les dijo:

           —Hay tres convenciones simultáneas en la ciudad… Todas las habitación, de nuestro hotel y de los otros están ocupadas. 

           El matrimonio se angustió pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo espantoso fuesen a conseguir dónde pasar las noche. Pero el empleado les dijo: 

           —Miren…, no puedo enviarlos afuera con este temporal. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré en un sillón de la oficina. 

           El matrimonio lo rechazó, pero el empleado insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación. 

           A la mañana siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo:

           —Usted es el tipo de Gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya un hotel para devolverle el favor que nos ha hecho.

           El conserje tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente. 

           Pasaron dos años y el conserje recibe una carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y vuelta a New York con la petición expresa de que los visitase. Con cierta curiosidad el conserje no desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió a la cita. 

           En esta ocasión el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo:

           —Este es el Hotel que he construido para usted.

           El conserje miró anonadado y dijo:

           —¿Es una broma, verdad?

          —Puedo asegurarle que no —le contestó con una sonrisa cómplice el hombre mayor.

           Y así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt, el conserje de aquella noche… 

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Aunque Jesús prometió el dar tantísimo referido al que dé cuanto tiene por amor a Él y al Evangelio,  por su causa, la el Reino, «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna.» (Mt 19,29), lo cierto es que el Señor, muestra esa magnanimidad en todos los gestos de desprendimiento que hacemos por su nombre y para los demás.

Así le decía el Salvador a Beata Crescencia Hoss)[1]: «Yo no me dejo vencer en amor ni en generosidad… Sé fiel y constante, y será grande mi gracia«. «¡Que es muy buen pagador y paga muy sin tasa!» (Santa Teresa de Jesús)[2]. Y Dios «paga» sin medida, sin la lógica humana del «do ut des» («doy para que des»),que se usaba para referirse a la reciprocidad de cualquier trato o pacto; Dios da espléndidamente, sobreabundantemente. Es decir, el ciento por uno.

«Mirad: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría. Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas. Como está escrito: Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente.» (2 Cor 9,6-9). «La generosidad es como un paraíso de bendiciones,  y la limosna permanece para siempre.»(Eclo 40,17). «Debe darle y darle con alegría y Yavé, tu Dios, te bendecirá en todas tus obras y en todas las aportaciones de tus manos.» (Dt 15,10).

Hay quien pensará -cuestionando la generosidad- en el ciento que se va a recibir a cambio del uno que se da… Pero aún así, dar. Y es más dar sin pensar en la recompensa; porque Dios quiere que seas generoso, como Él lo es, para parecernos y tener que ver con Él Y por lo demás, hasta en el dar pensando en la recompensa, el beneficiado existe, y por tu parte tienes que contar con algo: tener fe, creer en quien promete, Dios, y además, tener esperanza… (la otra virtud teologal) en la confianza de que se va hacer realidad…

 «Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (Santa Teresa de Jesús).

Y Dios da sobre todo lo máximo, lo más de lo que imaginamos, Él mismo.

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[1] «Vida», 1. 2, c. 7. En ARINTERO, J. G.,  «Cuestiones místicas», BAC, Madrid, 1956, p.201.

[2] «Camino de perfección«, 37, 3.

 

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