Si algo le preocupa al arzobispo de Oviedo es «no traicionar el mensaje de Cristo, la Buena Nueva de su Evangelio, y lo que la tradición del cristianismo ha defendido siempre»
–Hoy vivimos tiempos convulsos. ¿Qué aspectos le preocupan más de la situación actual de España?
–La lista es muy amplia, pero en este momento, la crispación social, que es una mala compañía para la convivencia deseable.
–¿Y a qué cree que se debe esta crispación?
–Hoy hay caminos políticos, culturales y mediáticos, que intentan reescribir la historia que no sucedió. La reescriben, la tergiversan y la banalizan o la demonizan. Y eso, como consecuencia, hace que se reabran heridas que generosamente estaban cerradas y se declaren ataques y guerras que estaban ya superadas. En esto hay una intencionalidad ideológica, no una búsqueda del bien común. Y cuando hablo de la ideología me refiero a varias que están en curso, y todas ellas, por lo que tienen de reducción, de censura, de marginación, van en contra de aquellos o de aquello que pueda presentar una discreta resistencia, como por ejemplo la Iglesia. Hoy, ves que van claudicando, uno tras otro, estamentos, instituciones y personas ante la asechanza de la ideología de turno. Y cuando alguna parte de la Iglesia dice: «No, yo no voy a jugar a esto, yo me rebelo contra esto, yo desmantelo esto, yo señalo esto como torticero o como mendaz», entonces tienen en ti, no solamente un adversario, que eso sería razonable, sino un enemigo a censurar, a ridiculizar y si es posible, destruir.
–Dice que hoy vivimos una época de gran confusión antropológica. ¿Esa confusión ha penetrado también en la Iglesia?
–Sin dud La ideología de género ha penetrado en la Iglesia. a. La confusión antropológica que tiene que ver con la relación hombre y mujer, con la verdad del varón, con la verdad de la mujer, y con la pedagogía de dejar a los niños crecer sanamente sin redirigirlos para que puedan afiliarse a tu antropología perversa… Todo eso ha penetrado en la Iglesia. Lo vemos cuando en los colegios, en la docencia e incluso en la catequesis, hay expresiones y gestos en los que se reconoce una ambigüedad o, claramente, una claudicación. Y hay que estar muy atentos, porque podemos estar hablando de los temas a los que nos arrastran, para que no hablemos de lo que verdaderamente vale la pena. Esa es una manera de traicionar el mensaje de Cristo, la Buena Nueva de su Evangelio, y lo que la tradición del cristianismo ha defendido siempre. Hoy, si tú no hablas con la jerga de la ideología de género, si no mencionas el cambio climático, si no llevas el pin y la agenda 2030 en las entrañas, parece que estás en otro mundo y te arrinconan. Bueno, pues: ni pin, ni agenda, ni cambio climático, ni ideología de género.
–Fiducia Suplicans, ¿entraría dentro de este ámbito de la confusión?
–Entra, entra.
–Solo unas semanas antes de Fiducia Suplicans, hubo otro documento de Doctrina de la Fe que establecía que las personas transexuales que hayan recibido un tratamiento hormonal, podrán ser bautizadas. Pero, ¿cómo se las bautizará: según el sexo con el que nacieron, o con el que se han inscrito en el registro tras la intervención hormonal o quirúrgica?
–Pues esa es la cuestión. Esto es a lo que me refiero cuando hablo de confusión ambigua y extraña, en la que la imagen y semejanza del hombre y de la mujer se intenta rehacer y reescribir. Hoy no solo se reescriben las historias de guerras ganadas o guerras perdidas: se reescribe también el proyecto originario. Porque la vieja y única tentación del hombre es querer ser como Dios. Y el pecado personal no es más que el torpe comentario de esa vieja y única tentación: querer ser como Dios. Este planteamiento del transexualismo está indicando que yo quiero crear al hombre, como lo creó Dios. Y, por tanto, me permito crearlo o recrearlo según mi propuesta ideológica. El Dicasterio de Doctrina de la Fe no aclara este punto, y, por tanto, deja la puerta abierta, con una dosis notable de ambigüedad, para que alguien tenga después que decir «sí» o «no». En las iglesias particulares somos los obispos los que tenemos esta responsabilidad. Antes citabas Fiducia Suplicans, que a veces es Fiducia complicans. Y los obispos tendremos que hacer todo este recorrido sin saberte con la certidumbre y el apoyo de que, por encima de tu ministerio local, alguien te está sosteniendo, iluminando, acompañando. Y a veces tienes que tomar tú una decisión con una especie de intemperie, en la que este tipo de documentos extraños se están y se siguen publicando.
–¿Qué actitud tenemos que tomar los católicos de a pie en estos momentos en los que unos obispos dicen una cosa, y otros la contraria?
–No estamos ante un bazar en el que se nos está vendiendo la última novedad, sino que estamos ante una historia que es de salvación y que tiene 2.000 años de andadura. Hay suficiente magisterio, suficiente enseñanza, suficiente testimonio, como para poder decir «sé lo que es verdad y sé lo que es ambiguo, lo que es extraño o lo que es confuso». Así que teniendo detrás nada menos que la altura de 2.000 años, que nos contemplan historias de santidad, de martirio, de grandes pastores, de grandes doctores, de excelentes papas y obispos, tenemos suficiente bagaje como para decir «No me voy a confundir con la confusión reinante; no me voy a deprimir con la tristeza que a veces nos rodea, sino que sé de Quién me he fiado y sé quién me puede acompañar».
–¿Qué es lo mejor de ser sacerdote?
–Saberte que eres otro Cristo. Que tú no actúas con una palabra que nace de ti y que tiene tu ingenio. Tú tampoco repartes una genialidad que tiene tu medida, sino que eres portavoz de una palabra más grande y portador de una gracia que tú no has hecho. Y esta es la misión ministerial de todo sacerdote: ser portavoz de la Palabra y portador de la gracia. Eso cada día lo experimentas justamente en el ejercicio del ministerio.
–¿Y lo peor de ser obispo?
–¡Son tantos los escenarios! El encontrarte con las penurias de la humanidad para las que no tienes respuesta; que se te clavan las miradas de la gente diciendo «dinos algo». La situación de cansancio en los sacerdotes, cuando un sacerdote se quema justamente por una entrega desmedida y no sabes cómo levantarlo, curarlo y devolverle la alegría. Los niños, cuando tú ves en sus ojitos que no tienen esperanza, los ancianos que viven con resquemor, las familias que se rompen, las injerencias que hay por parte de las instituciones políticas y culturales donde te tratan de censurar todo cuanto puedes decir…
Entrevista completa en: Eldebate
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