Ícaro

ÍCARO

¿Qué aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida? (Mt 16,26).

 

«No digas, cuando vieres alto el vuelo

del cohete, en la pólvora animado,

que va derecho al cielo encaminado,

pues no siempre quien sube llega al cielo” (F. Quevedo)[1].

 

«Las invenciones de los hombres van avanzando de siglo en siglo. La bondad y la malicia del mundo son, en general, las mismas” (B. Pascal)[2].

  *****

       Dédalo, el genio, ha caído en desgracia del rey Minos, que le tiene desterrado en la isla. El hombre ingenioso trata de escapar con su hijo Ícaro. Y, no pudiendo hacerlo por mar o por tierra, lo hará por el cielo abierto, porque la prisión no tiene techo.

      –Los hombres no tienen alas, pero nosotros las construiremos –dice el artista.

      Con plumas de ave, hilos de lino, tiras de cuero y cera, confeccionan dos enormes pares de alas blancas.

      El ingenio, el arte y la imaginación dan por resultado el poder remontarse como las águilas hacia las estrellas. ‘In altum!’ Hacia las alturas, hacia la luz. Fue trabajoso el empeño, pero valía la pena.

      Dos hombres con alas blancas buscan la libertad, saltan al infinito y, como pájaros, como nubes, como vientos recorren los cielos de Creta. El padre vuela delante, mostrando al hijo el camino.

      El consejo de Dédalo a Ícaro es preciso: habrá que volar a media altura.

      –No demasiado baho, para no hundirse en las aguas frías del mar.

      –No demasiado alto, para no quemarse con los con los calores del sol.

      Cuenta el mito que Ícaro, deslumbrado por la belleza del firmamento, no repara que cobra altura paulatinamente. Desatendiendo la advertencia de su padre, sube y sube en una escala sin techo. Cuando los rayos del sol merman la estructura de su invento, se ablanda la cera, se deshacen las alas y el cuerpo de Ícaro cae al mar, ahogándose en él.

      En la mansa superficie de las aguas, junto a una isla que Hércules le dará el nombre del muchacho, flotan perdidas dos alas blancas.[3]

                 *****

 

Hay quien sube a lo alto por ver mejor, y hay quien lo hace por ser visto. Para ver todo o para que todos lo vean.

 

Cuántas luchas mezquinas y ambiciones por llegar alto,… cuando para un cristiano estar al servicio de los demás es su vocación entitativa.

 

No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme al espíritu de vanidad y de ambición.

Tal vez nos encontremos en los albores del siglo XXI en un estadio de «subdesarrollo» espiritual y cultural, en que nos alimentamos de viento (Ecl 2,18).

Con los avances… ciertamente las cosas han mejorado, es decir, estamos en una mejor realidad. Esto es obvio. Pero, sin embargo, no es totalmente cierto que el progreso, la ascensión en los avances científicos, técnicos, etc., hayan mejorado al hombre como persona. Si entendemos por progreso propiamente humano lo de Ortega y Gasset, «progresar es acumular ser», surgen serías dudas al respecto. “El error del viejo progresismo estribaba en afirmar ‘a priori’ que progresa hacia lo mejor”[4].

“La naturaleza humana no se ha civilizado nada al entrar en contacto con él (el progreso). Sólo se había olvidado una cosa: el alma humana. Hemos dejado que nuestras necesidades crezcan sin trabas. En la actualidad, en el estado de confusión que nos es propio, ya no sabemos ni siquiera hacia qué orientarlas”.

“¿No corremos el riegos de perder algo en esta carrera de progreso? Se pensaba con entusiasmo que todos los aspectos de la existencia y la humanidad misma se verían con ello profundamente transformados. Esta interpretación de intenso optimismo indujo a Marx, por ejemplo, a concluir que la Historia nos llevaría directamente a la justicia, y sin la ayuda de Dios”[5].

…..

«No puede haber más que un verdadero Progreso: la suma de los progresos espirituales ignorados por los individuos, el grado de perfeccionamiento moral alcanzado a lo largo de su vidas”[6].

«Promover a todos los hombres a todo hombre», pedía Pablo VI[7].

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[1] Poesía, Ed. Ebro, Zaragoza 1980, p.31.

[2] Pensamientos, Origen, Barcelona 1982, Artª XVI, LXXXVI, p. 125.

[3] PP, nº 926, 13-1-1978, pp.1-2

[4] ORTEGA Y GASSET, J., Historia como sistema, Sarpe, Madrid 1984, p.80.

[5] SOLZHENITSYN, A., Etica y política, en «Blanco y Negro», 1993, p.3.

[6] SOLZHENITSYN, A., El siglo de la crisis, en “Blanco y Negro”, 12-12-93, p.8.

[7] Enc. Populorum Progressio, 14.

 

Luis M. Mata

 


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