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La esperanza es una certeza, porque se fundamenta en la fidelidad de Dios a sus promesas. El cristiano no puede contentarse con tener esperanza; también debe irradiar esperanza, ser un sembrador de esperanza.
«¡Alégrate!, llena de gracia» (Lc 1,28). Con este saludo, el Ángel reveló a María, en la humilde casa de Nazaret, el misterio de su Corazón inmaculado que, desde la concepción, es «inmune de la mancha del pecado original» (B. Pío IX, Const. ap. Ineffabilis Deus, 8 diciembre 1854). De muchas maneras, a lo largo de los siglos, con palabras e imágenes, los cristianos han intentado representar tal don, destacando la gracia y la dulzura en las facciones de la “Bendita entre todas las mujeres” (cf. Lc 1,42), por medio de los rasgos somáticos y las categorías de muy diversas razas y culturas.
