Categoría: DIOS

¿Han conseguido «matar a Dios»? (Por lo civil, y por lo eclesiástico)

Cuando hablo de “matar a Dios” me refiero a la llamada “¿teología? de la muerte de Dios” -de raíz protestante, lógico- por un lado: o sea, desde los mismos adentro de la Iglesia; y, por el otro, a todos los intentos que, por lo civil, por lo militar y lo propagándístico, llevan milenios intentántolo. Claro que, desde el siglo XIX, con una perseverancia y unos medios, institucionales y no-instucionales, como nunca antes. Y ¡a degüello!

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Homilía de la Misa del Domingo de la Divina Misericordia

“Hija, dame tu miseria”, el Señor se lo dijo a santa Faustina el 10 octubre 1937. También nosotros podemos  preguntarnos: “¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?” El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia.


Ayer, segundo Domingo de Pascua, en la iglesia de Santo Spirito en Sassia en Roma, el Papa Francisco celebró, de forma privada, la Santa Misa en el 20º aniversario de la canonización de santa Faustina Kowalska y la institución del Domingo de la Divina Misericordia.

Homilia del Santo Padre:

El domingo pasado celebramos la resurrección del Maestro, y hoy asistimos a la resurrección del discípulo. Había transcurrido una semana, una semana que los discípulos, aun habiendo visto al Resucitado, vivieron con temor, con «las puertas cerradas» (Jn 20,26), y ni siquiera lograron convencer de la resurrección a Tomás, el único ausente. ¿Qué hizo Jesús ante esa incredulidad temerosa? Regresó, se puso en el mismo lugar, “en medio” de los discípulos, y repitió el mismo saludo: “Paz a vosotros” (Jn 20,19.26). Volvió a empezar desde el principio. La resurrección del discípulo comenzó en ese momento, en esa misericordia fiel y paciente, en ese descubrimiento de que Dios no se cansa de tendernos la mano para levantarnos de nuestras caídas. Él quiere que lo veamos así, no como un patrón con quien tenemos que ajustar cuentas, sino como nuestro Papá, que nos levanta siempre. En la vida avanzamos a tientas, como un niño que empieza a caminar, pero se cae; da pocos pasos y vuelve a caerse; cae y se cae una y otra vez, y el papá lo levanta de nuevo. La mano que siempre nos levanta es la misericordia. Dios sabe que sin misericordia nos quedamos tirados en el suelo, que para caminar necesitamos que vuelvan a ponernos en pie.

Y tú puedes objetar: “¡Pero yo sigo siempre cayendo!”. El Señor lo sabe y siempre está dispuesto a levantarnos. Él no quiere que pensemos continuamente en nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a los que tiene que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que tiene que amar con misericordia. Hoy, en esta iglesia que se ha convertido en santuario de la misericordia en Roma, en el Domingo que veinte años atrás san Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia, acojamos con confianza este mensaje. Jesús le dijo a santa Faustina: “Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia” (Diario, 14 septiembre 1937). En otra ocasión, la santa le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó: «Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo». ¿Qué cosa había retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: “Hija, dame tu miseria” (10 octubre 1937). También nosotros podemos preguntarnos: “¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?”. ¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea sobre una persona determinada… El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia.

Volvamos a los discípulos. Habían abandonado al Señor durante la Pasión y se sentían culpables. Pero Jesús, cuando fue a encontrarse con ellos, no les dio largos sermones. Sabía que estaban heridos por dentro, y les mostró sus propias llagas. Tomás pudo tocarlas y descubrió lo que Jesús había sufrido por él, que lo había abandonado. En esas heridas tocó con sus propias manos la cercanía amorosa de Dios. Tomás, que había llegado tarde, cuando abrazó la misericordia superó a los otros discípulos; no creyó sólo en su resurrección, sino también en el amor infinito de Dios e hizo la confesión de fe más sencilla y hermosa: “¡Señor mío y Dios mío!” (v. 28). Así se realiza la resurrección del discípulo, cuando su humanidad frágil y herida entra en la de Jesús. Allí se disipan las dudas, allí Dios se convierte en mi Dios, allí volvemos a aceptarnos a nosotros mismos y a amar la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas: En la prueba que estamos atravesando, también nosotros, como Tomás, con nuestros temores y nuestras dudas, nos reconocemos frágiles. Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad, nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos al mismo tiempo. Y si, como el cristal, somos transparentes ante Él, su luz, la luz de la misericordia brilla en nosotros y, por medio nuestro, en el mundo. Ese es el motivo para alegrarse, como nos dijo la Carta de Pedro, “alegraos de ello, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas” (1 P 1,6).

En esta fiesta de la Divina Misericordia el anuncio más hermoso se da a través del discípulo que llegó más tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás. Ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí. Se parte de esa idea y se sigue hasta llegar a seleccionar a las personas, descartar a los pobres e inmolar en el altar del progreso al que se queda atrás. Pero esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Había recibido misericordia y vivía con misericordia: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-45). No es ideología, es cristianismo.

En esa comunidad, después de la resurrección de Jesús, sólo uno se había quedado atrás y los otros lo esperaron. Actualmente parece lo contrario: una pequeña parte de la humanidad avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás. Y cada uno podría decir: “Son problemas complejos, no me toca a mí ocuparme de los necesitados, son otros los que tienen que hacerse cargo”. Santa Faustina, después de haberse encontrado con Jesús, escribió: “En un alma que sufre debemos ver a Jesús crucificado y no un parásito y una carga… [Señor], nos ofreces la oportunidad de ejercitarnos en las obras de misericordia y nosotros nos ejercitamos en los juicios” (Diario, 6 septiembre 1937). Pero un día, ella misma le presentó sus quejas a Jesús, porque: ser misericordiosos implica pasar por ingenuos. Le dijo: “Señor, a menudo abusan de mi bondad”, y Jesús le respondió: “No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre misericordiosa con todos” (24 diciembre 1937). Con todos, no pensemos sólo en nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro.

Hoy, el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así reconstruiremos un mundo nuevo.

Las formas que Dios tiene de comunicarse con nosotros

Es una verdad de fe que Dios se comunica con nosotros de varias maneras, sin embargo muchas veces nos quejamos que no lo “oímos”, y probablemente se deba a que no estamos atentos a todos los signos que se aparecen, y que son la comunicación de Dios.

 

LOS MÉTODOS ESTANDAR

LA PALABRA DE LA BIBLIA. Allí está su revelación, aunque no totalmente explícita sino para irla descubriendo. Cada vez que leemos un pasaje se presenta con nuevos significados para nosotros.

LA TRADICIÓN y MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Doctrina y enseñanzas recogidas en sus documentos…, especialmente el Catecismo.  

LA CONCIENCIA. Su voz se deja sentir a través de ella, impiliendonos a que nos decidamos por el bien y rechazacemos la tentación al mal.

LA ORACIÓN Y LA ADORACIÓN. Orar y postrarse ante el santísimo sacramento son la forma de diálogo que tenemos con Dios. En la repetición monótona del rosario y en el silencio de la adoración podemos obtener respuestas a nuestras interrogantes.

LOS CONSEJEROS. Englobamos aquí a los exégetas del cristianismo que nos  interpretan las enseñanzas, a los pastores en sus homilías y diálogos personales, e incluso amigos que nos hacen llegar respuestas a lo que buscamos.

OTRAS INSTANCIAS DONDE BUSCAR LOS MENSAJES

Los mensajes de Dios ante nuestras preguntas pueden venir de diferentes sucesos, por eso no debemos estar distraídos y pensar en cada caso, que nos quiere decir.

Y si parece extraña la forma en que nos llegó el mensaje, entonces debemos pedir una confirmación.

COINCIDENCIAS. Cuando los acontecimientos parecen tener algún tipo de conexión sin que en apariencia exista ningún plan o proyecto.

CORAZONADAS. Son una fuerte sensación intuitiva relativa a un acontecimiento o resultado futuro.

DIOS A TRAVÉS DE LOS DEMAS. Define el principio de que DIOS nos habla por boca de otras personas, que nos dan respuestas que estábamos buscando sin que les preguntemos.

EFECTO ECO.  Se trata del uso que hace DIOS de la repetición de acontecimientos, ideas o personas para decirnos algo. Se remite a la experiencia de oír lo mismo o ver a las mismas personas, objetos o mensajes en un breve lapso de tiempo.

ENSUEÑOS. Son una creación visionaria, a menudo ilusoria, de nuestra imaginación. Si lo combinamos con la meditación podemos alcanzar la percepción sobre cuál es la voluntad de DIOS para nuestra vida.

EPIFANIA. Es una repentina manifestación o percepción de la naturaleza o significado esencial de una cosa. Es una comprensión intuitiva de la realidad mediante algo normalmente sencillo pero sorprendente.

FENOMENOS NATURALES. En los tiempos bíblicos DIOS a menudo hablaba a través de fenómenos naturales: viento, tormentas, arco iris, fuego, nubes, zarza ardiente, etc.

IMPRESIONES MENTALES. Cuando algo en nuestra mente parece estar dándonos nuevas ideas o  modificando nuestro pensamiento pero no se oye sonido audible alguno, es posible que DIOS nos esté hablando a través de impresiones mentales. Estos pensamientos son distintos de los que desarrollamos en nuestros monólogos interiores habituales. Una impresión mental puede impulsarnos a decir “¿de dónde he sacado esta idea?”.

INTUICION. Es la capacidad o facultad de obtener un conocimiento o cognición directos sin recurrir al conocimiento racional y a la información objetiva.

LLAMADAS DE ATENCIÓN. Advertencias o avisos repentinos o sorprendentes que pueden captarse mediante una sensación visceral, una intuición o un obstáculo físico. Pueden adquirir la forma de un susurro al oído o una impresión mental que se percibe como una idea inconfundiblemente ajena.

MILAGROS. Se trata del uso que hace DIOS del asombro y el espectáculo para llamar la atención respecto a su omnipotencia, la majestad de su creatividad y su infinito poder.

MURMULLOS DE ANGELES. Es un habla suave al oído de parte de un mensajero de DIOS cuando necesitamos ayuda o consejo especial o urgente.

PREMONICIONES. Anticipar un acontecimiento sin razonarlo conscientemente, se trata de advertencias.

PRESAGIOS. Cuando un acontecimiento anuncia otro y nos prepara para un evento culminante.

REACCION VISCERAL. Es una respuesta intuitiva ante una persona o situación que entraña la activación de emociones básicas, es una respuesta inmediata y espontánea.

SABIDURIA INTERIOR. Cuando no tenemos hechos que nos respalden, pero algo nos dice que una cosa es cierta, estamos confiando en nuestra sabiduría interior.

SERENDIPIDAD. Es la facultad de realizar descubrimientos afortunados de forma accidental mientras se está buscando otra cosa.

SEÑALES DIOS. Nos trasmite sus mensajes a través de carteles, postales, tarjetas de visita, titulares, publicidad. La aparición inesperada pero oportuna de un animal. Un objeto o un acontecimiento puede captar nuestra atención. La experiencia de recibir una señal suele tener un regusto mágico y puede trasmitir un consejo o un mensaje de aliento.

SINCRONICIDADES. Son coincidencias significativas que entrañan siempre un elemento temporal crucial. Una interacción entre dos personas o acontecimientos paralelos sin previa cita o plan es una sincronicidad.

SUEÑOS. Son series de pensamientos, imágenes o emociones que transcurren mientras dormimos. Una creación visionaria de la imaginación. Como si se tratase de una premonición, un sueño puede vaticinar el futuro o proporcionar una caja de resonancia para los problemas con que pronto nos toparemos.

TELEPATIA. Es la comunicación mental a través de medios extrasensoriales. Es como si unos cables telefónicos invisibles trasmitieran mensajes entre dos o más personas.

VISIONES. Experiencias místicas de ver como si lo hiciésemos a través de los ojos de un ente sobrenatural. La visión en si misma suele ser una aparición milagrosa que comporta una revelación.

Fuentes parciales: Albert Clayton Gaulden, Signos de estos Tiempos