Expectativas y condensación de las señales

Pablo VI y Jean Guitton

El problema del tiempo, de la percepción subjetiva del tiempo, siempre preocupó -o apasionó- a Jean Guitton. Y de esto gustaba hablar tanto con Pablo VI como con Marta Robin.

Después de Hiroshima, diría Guitton, estamos en ese intervalo del que no podemos saber si durará algunos años o algunos siglos.

 Pablo VI ya le había constatado, confidencialmente, su sensación de que los signos descritos en el Evangelio sobre el fin de los fines parecían condensarse, pero que al mismo tiempo no se podía saber si esa condensación sería corta o larga en el tiempo. Y aún con todo, lo que ya de antes preocuparía a Mons. Montini no era tanto ese poder destructivo del hombre, sino la apostasía, ese abandono de la fe, la incredulidad, la crisis de pensamiento y de conciencia, el abandono casi normal de las tradiciones religiosas, santas y sagradas. Le parecía que la apostasía era el pecado que caracterizaba nuestro tiempo como ninguno otro. Y esa apostasía entonces socialmente evidente le preocupaba grandemente, ya en 1962, al futuro Pablo VI: “La evolución social, ¿será la ruina o el porvenir de la vida cristiana? Ese es el problema que se plantea.”

 Las sociedades, al decir de Montini, se movían por un poderoso pragmatismo que sostenía las energías del mundo; “y el mundo marcha, se lanza hacía adelante, como un gigante ciego desencadenado.

 Había puesto el hombre su esperanza en sí mismo; había decido lanzarse hacía un pragmatismo sin Dios, y ese gigante desencadenado, perdido el oriente de su salvación, decidió avanzar hacia adelante en el sólo progreso, la sola riqueza. Y hoy asistimos atónitos a un gigante que corre sin cabeza y sin esperanza. El corazón de occidente parece crujir ante su incapacidad de crecer más y más. Y la incertidumbre, que antes permanecía oculta en los despachos, parece extenderse a mercados, economías y naciones. Se quiso lanzarse en una marcha hacía adelante, hacía el más, y ahora se descubre que se corría campo traviesa, sin ser consciente de los peligros del correr fuera de un camino, de una verdad moral que marque las líneas del peligro. Montini entendió que la evolución social afectaría gravemente al porvernir del cristianismo, pero ahora vemos que también ha quedado afectado el porvenir social.

 

  A Guitton y a Pablo VI nos les fue dado ver como ese motor de occidente, como esas esperanzas del mundo, que descansaban crudamente en el sólo hombre, al final tenía un solo rostro: y no se trataba del hombre renacentista, sino del hombre económico. Sería la economía -el crecimiento perpetuo- el alma y el corazón del mundo.

  Pero a diferencia de ayer el colpaso al que asistimos no es sino cuantitativo. El salto de umbral, la crisis cualitativa fue anterior, y a ella asistieron Guitton y Montini. La elección por la apostasía, por el sólo hombre y el sólo hombre capaz de destruir todo. Y si ahora ésto no llama la atención es porque se vive en el acostumbramiento de tal realidad. Acostumbramiento necesario, porque si el poder destructor del hombre asustó en aquellos años 40, hoy no levanta temores no porque no exista el riesgo, sino porque ese terror nuclear fue arma intimidante que permitió a occidente crecer –realizar su triunfal marcha económica- sin enemigos. Acostumbramiento provocado porque esa apostasía social -que los años 60 evidenciaron- era argumento necesario para hacer del hombre trascendente un hombre consumidor.

El crecimiento, ese a mayor gloria del bienestar, parece estar saltando hecho añicos. Y sin su “esperanza” el gigante desencadenado puede causar estragos. Y a esa ausencia de “esperanza” el sistema no está acostumbrado. Porque pudo acostumbrarse al terror atómico, ya que se convirtió en guardián de su sistema económico. Porque pudo acostumbrarse a la apostasía silenciosa, ya que se convirtió en puerta para el consumo. Pero no podrá acostumbrarse a un sistema económico roto porque ese ha sido su alma, su corazón, su porqué, su para qué. Y un gigante sin impulso vital colapsa y se desmorona.

 Entonces, cuando se asiste al inicio de un colapso, la percepción de la gravedad aparece nítidamente, y renace esa sensación de emergencia que yacía apagada por el acostumbramiento.

Guitton y Pablo VI, como toda su generación, asistieron a ese punto de inflexión histórico, pero cuanto ocurre ahora no sino consecuencia de aquello, por tanto, constatación de que el umbral en el que se entró agoniza ahora en su “alma”. Y eso genera incertidumbre, por cuanto ya se percibe que no sólo está afectado el porvenir del cristianismo, sino de la sociedad tal como la conocemos.

 
Entonces, cuando la incertidumbre es alimento del día a día se aplauden soluciones rápidas o se procuran huidas de la realidad. Y a veces esperanzas prontas que den salida a un agujero que se intuye complejo. 

(…)

Gustaba nuestro Señor de la metáfora, de la imagen como signo de una realidad que sobrepasaba al mismo signo y al mismo tiempo lo explicaba. Se acordaron los primeros cristianos de Jerusalem de aquella imagen de donde están las águilas se reunirán los cuerpos y al saber de las legiones romanas que bajaban hacia Jerusalem con sus estandartes huyeron de la ciudad, que sería sitiada por largos meses, hasta la inanición. O el bueno de Juan Bosco, que espoleado por el conocimiento de las cosas futuras quiso poner dos misteriosa fechas en las estatuas que custodiarían su María Auxiliadora de Turín… pero al final no las puso, y ahí quedan, como señal de la prudencia de un santo.

 
 No, no gusta el Señor de dar fechas. Y las cosas, como decía Guitton, pueden durar años, o siglos. Y no digo, no quiero decirlo, que esta vidente no sea de Dios. Pero poco sabemos de ella. Y eso no es bueno, sobre todo cuando su fama ha crecido como la espuma en tan poco tiempo. Los santos místicos han forjado su fama tras años de dura prueba. Y con todo bien podría ser de Dios, que también Él gusta de ser concreto a medida que se acerca la hora del castigo. Y si no que se lo digan al bueno de Jonás, que le fue dado anunciar fechas más cortas que las de nuestra vidente centroeuropea. Pero como desconocemos tanto sobre ella cualquier juicio puede ser aventurado en un sentido u otro. Ahora bien, no hemos de olvidar que la percepción de los tiempos –esa percepción de los tiempos de la que gustaba Guitton- es subjetiva, y esa subjetividad puede jugar malas pasadas a los mismos místicos si no son prudentes (el padre Gobbi bien supo de esto). Y muestra de esa prudencia dio Marta Robin al académico francés cuando indignada por las preguntas que se le hacían sobre el mañana le respondió airada “no pertenezco al sindicato de las echadoras de cartas”.

 

Hay que ser cauto, prudente y entender que para los místicos, como para Marta Robin, «es imposible decir si ese porvenir vislumbrado, presentido, previsto, es inmediato, muy cercano, lejano, muy lejano, último, escatológico; si sucederá mañana o dentro de mil años». Y concluía Guitton: “dicho de otro modo, el tiempo visto por el profeta no tiene la tercera dimensión: la profundidad. El momento presente contiene el tiempo todo entero, del cual es una conclusión«. 

 

César Uribarri

Fuente y texto completo: https://www.religionenlibertad.com/expectativas-y-condensacion-de-las-senales-19200.htm

 


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