La Eucaristía es el sacramento de la fidelidad. En el rito del matrimonio, que los dos esposos realizan como ministros, la pregunta que se les dirige no es: «¿Estás tú enamorado o enamorada de…?», sino: «¿Quieres tú al o a la aquí presente, etc. …?». El matrimonio católico expresa la voluntad de unirse y de abrazar, gracias a la Presencia de Cristo, una alianza perenne que el Sacramento de la Eucaristía certifica y consolida.
La leyenda cuenta que gozaron también de la visión de ángeles que adoraban el Misterio con ellos. Verdad o no, lo cierto es que a la mañana siguiente la noticia del milagro se difundió por doquier y la hostia, por intervención del párroco, fue solemnemente llevada de nuevo a la Iglesia. La hostia siguió sangrando durante varios días a la vista de todos. Hoy, los cristianos consideran un derecho la Eucaristía, como por otra parte al resto de los sacramentos en general, mientras que estos son un don que hay que merecer. Son un medio poderoso para hacer que el camino hacia la santidad sea más cierto y seguro. Por esto, el problema de la comunión a los divorciados concierne a muchos aspectos y no simplemente a la indisolubilidad del matrimonio. Concierne, por ejemplo, al problema fundamental de la fe y de la educación a la fe. La Eucaristía es un alimento que conserva el alma – como la sal conserva el alimento en la condición en la que lo encuentra. Si el alimento está malo, la sal aumenta el proceso de putrefacción; del mismo modo, si el alma está enferma, la Eucaristía es sacrílega. La comunión sacrílega de la mujer de Santarém hizo sangrar el corazón de Cristo, pero la luz de esa sangre derramada también por las infidelidades conyugales recompuso el matrimonio, educando a los dos a la verdad del Misterio. Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana. |
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