De vuelta de vacaciones

De vuelta de vacaciones

Buenos días, queridos lector. Aquí estamos de vuelta a la realidad cotidiana.

Hay varias cosas que me han llamado la atención paseando en una playa levantina muy conocida, tan atestada de gente y toda ella mayoritariamente española, y de edad madura; la ausencia de jóvenes es llamativa (no porque no existan, supongo, sino porque habrán estado toda la noche de discotecas, pero no estoy seguro: entre, no sé, diez mil personas llenaban, apenas si habré visto cuatro o cinco con un libro en las manos: es más, hay una biblioteca pública, al aire libre, en medio de la playa, y está prácticamente vacía (afortunadamente, para los que nos acercamos a leer un rato la prensa). Otra cosa llamativa, chocante, en un país católico, es que nadie luce en el pecho una medalla o una cruz, y sí se ven, cada vez más, jóvenes y no tan jóvenes grafitis por toda parte del cuerpo; todo tipo de tatuajes, a cual más incompresible, sucio y hasta fe, acompañando de sus correspondientes ping. Otra cosa, es la común destape de pechos (hay excepciones), pero en un espacio de dominio público, es sensiblemente elegante tal: y, por otra parte, aunque no se dé el pudor casto, en casi nadie, es obvio, que habría de darse un pudor estético (porque, aunque uno no quiera, ve, y comprueba la marchitez del paso del tiempo sobre el cuerpo humano).

Un asunto del que he tomado conciencia en estos días, ha sido el de las familias desestructuradas, como se dice técnicamente hoy. o lo que siempre se ha dicho familias rotas. Oigan, ¡son multitud! Cada día entre los nuevos vecinos de hamaca o sombrilla con el que me encontraba frente al mar, en paños menores, el que la gente habla de sus cosas, hasta de las más personalísimas. Era repetitivo el hablar de la familia y los hijos, y de los nietos, con los que muchos se presentaban… Los abuelos allí estaban asumiendo la figura de canguro, mientras su hija o hijo, o ambos, trabajaban o gozaban de algún tiempo de esparcimiento, con algún nuevo ligue o pareja recién. Como desahogo, a veces un desconocido sirve como pararrayos, contaban la peripecia de su familia, sus dos o tres hijos, a los que pertenecían aquellos u otros niños, se habían desamparado o divorciando, a veces hasta en varias ocasiones, mezclando una dispar de hermanos de diferente progenitores. En fin, un lio. (Me pongo a escribir un artículo reflexivo sobre este tema).

Saludos,

Miguel Morales

 


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