Cristianos echados a los leones

Un día tras otro nos llegan noticias de cristianos prohibidos, perseguidos, encarcelados e, incluso, asesinados, en los lugares más dispares del planeta. ¿Qué puede pensar un cristiano que es bárbaramente martirizado en cualquier lugar del mundo con la misma saña con la que los fueron sus antepasados hace 2000 años? ¿Cómo es posible hoy?

En Sri Lanka??, el asesinato de 350 personas, de las cuales al menos 330 eran creyentes que celebraban la Pascua de la Resurrección, en un país donde son pocos, no son conflictivos, ni mandan o imponen, ni tienen mayor relevancia, sino que son buena gente. Entonces, ¿cómo explicar esto?

Han dicho que son grupos extremistas islámicos, yihadistas, por el acto terrorista de Nueva Zelanda… Pero esto ha ocurrido recientemente, y parece que el atentado de Ceilán se estaba preparando hace mucho más tiempo; tampoco tiene explicación que el autor solitario de un desequilibrado supremacista de Nueva Zelanda no era creyente ni le movieron razones de orden de fe, lo cual ­-si hubiera sido este acto terrorista la razón…- lo muertos hubieran sido no creyentes, sin embargo, lo cristianos han sido las víctimas propiciatorias. ¿Entonces, cuál es la causa? ¿El por qué se nos asesina impunemente? ¿Por qué se nos odia aquí como en tantas partes del mundo donde somos perseguidos brutalmente, echados a los leones?

Si el mundo os odia, sabed que me odió a mi antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo. Mas como no sois del mundo, pues yo os saqué del mundo, por eso, el mundo os odia” (Jn 15,18-19).

Los niveles de persecución tan generalizados (por ejemplo y sin ir más lejos: los ataques a los cristianos en Europa están en torno a los 300 casos al año) y, como en este caso asíatico, tan tremendos (asesinados en el Mundo, 4.000 al año) nos llevan a pensar también en aquello de Jesús de leer los signos de los tiempos en lo concerniente al anticipo del fin de los tiempos: Satanás “sabe que le queda poco tiempo” (Apocalipsis 12,12), hará la guerra “al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús” (Apocalipsis 12,17).

«¡Orad sin cesar!» (1Tes 5,17).

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