Buscar a Dios dentro de uno mismo

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En el desarrollo de la vida espiritual de una persona…, llega un momento y también se desea que llegue, en que uno se encuentra con el Señor dentro de uno mismo.

En relación a este encuentro hay una conocida exclamación de San Agustín que en su libro de Confesiones, escribió: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serian. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y siento, hambre y sed, me tocaste, y abráseme en tu paz.

 

San Agustín, describe maravillosamente, lo que le pasaba antes de llegar a encontrar al Señor en su interior. Es esta una descripción plenamente aplicable, a todo el que lucha por avanzar en su vida espiritual y tiene el vivo deseo de entregarse al Señor. Pero hay que tener en cuenta, que Dios al igual que nos ha hecho a todos corporalmente distintos, también ha hecho que nuestras almas sean distintas. Se suele decir que: No hay almas gemelas y es así, por lo que ninguna experiencia espiritual de orden sobrenatural, sea idéntica en nadie, aunque solo sea en dos personas. Es por ello que la experiencia de encontrar al Señor en nuestro interior, sea única como lo es todo lo que es un bien espiritual, es un fruto que nos dona el Espíritu Santo, cuando, cómo y dónde Él quiere. Nosotros no podemos forzar la voluntad divina, pero si podemos poner de nuestra parte, el vivo deseo de obtener este don. El encuentro de Dios en lo más profundo de nuestro ser, marca un antes y un después en la vida de la persona de que se trate, lo mismo que la conversión inicial de uno. Pero, repetimos, al ser todos nosotros criaturas diferentes, la forma o el camino de adquisición de estos dos bienes espirituales es siempre diferente. Estas situaciones, las hay espectaculares y ruidosas, como el agua que se despeña por una cascada y los hay silenciosos como el agua mansa que se desliza por la llanura camino del delta de su río.

Todos los que deseamos avanzar en el desarrollo de nuestra vida espiritual, que es tanto como decir, en amar más al Señor, sabemos también como sabía San Agustín, como nos atraen y nos sujetan las bellezas de este mundo por Dios creadas. Como hombre, veo las maravillas naturales de este mundo y las que Dios ha permitido crear al hombre, como coches barcos, aviones, y aunque no tenga dinero para comprar ni sostener, estas tentaciones, tengo que luchar contra el sueño de la posesión de ese coche, de ese yate, de ese jet privado de esa mansión de ensueño, de esa propiedad rústica y los sueños se acumulan y también la lucha contra ellos y es igual lo que les pasa a las mujeres, aunque sus preferencias vayan encaminadas a joyas y trajes. Todos hemos de luchar y si se dispone de medios económicos, la lucha es aún peor, porque no es contra sueños imposibles, sino frente  a realidades tangibles. El peligro está en llegar a amar más, lo que ha hecho directa o indirectamente el Señor, más que a El mismo y nos olvidamos de que poseyendo al Creador poseeremos todo lo por Él creado.

Por ello,  lo que no hay que olvidar, tal como el mismo San Agustín nos dice, es que Dios es el Creador absoluto de todo lo visible y lo invisible y nosotros tenemos la capacidad para llegar a identificarnos con el Creador de todo y el que posee el todo posee la parte del todo. El mismo San Agustín, nos dice: “¿Amas la tierra? Eres tierra. ¿Amas a Dios? No me atrevo yo a decirte lo que eres; escucha la Escritura: ‘Yo he dicho que vosotros sois dioses e hijos del Altísimo todos’, (Sal 81, 6)”. También San Agustín escribía diciéndonos: De las cosas creadas quiero hacer una escala para subir hasta Ti; porqué sé que, si las amo más que a Ti, no llegaré a poseerte”.

Y frente a esta tendencia que todos tenemos para amar el barro de la tierra, Dios constantemente nos está llamando y  nuestra respuesta a su llamada nos la expresa el soneto castellano, cuyas dos últimas estrofas dicen:

             ¡Cuántas veces el ángel me decía:

            “Alma asómate ahora a la ventana,

            verás con cuánto amor llamar porfía”!.

             ¡Y cuánta, hermosura soberana:

            “Mañana le abriremos”, respondía,

            para lo mismo, responder mañana!.

La Santísima Trinidad inhabita en  el alma de toda persona bautizada que viva en gracia de Dios, pero no inhabita en nuestro cuerpo, ni en ninguna de sus partes nobles, como es el corazón que simbólicamente tanto se le emplea cuando hablamos o escribimos; el Señor inhabita en nuestra alma, porque ella al igual que Dios es espíritu puro y tal como se deduce, de lo que dice San AgustínEl amor a la tierra genera fango, el amor a Dios, genera nuestra glorificación. Por ello hemos de alcanzar el bien espiritual de encontrar a Dios en el interior de nuestra alma, para poder decir como decía San PabloVivo yo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi”. (Ga 2,20)”.

Y este bien de encontrar  a Dios en nuestra alma, ¿Cómo se logra? Es San Agustín en su libro de Confesiones, el que nos dice: Habiéndome convencido de que debía volver a mi mismo pensé en mi interior, siendo tú ni guía y ello me fue posible, porque tú Señor me socorriste. Entré y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que lo llenaba todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la Verdad”.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

 Juan del Carmelo

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