Amar, dar de sí

 “Sólo dais realmente cuando dais algo de vosotros mismos”[1]

“Si alguno tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en la necesidad, y le cierra su propio corazón, ¿cómo puede estar en él el amor de Dios? Amémonos no de palabras ni de lengua, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,17-18).

 

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           Un joven al casarse recibió de sus padres todos los bienes. Al poco tiempo de su mujer le sobrevino una gravísima enfermedad. Le llevaron de médico en médico, y la sometieron a constantes tratamientos, pero todo fue inútil. Tan sólo una remotísima posibilidad. Era algo por experimentar, y la posibilidades eran prácticamente nulas, y el precio costosísimo. El joven esposo, no sabía qué camino tomar. Todo el mundo le aconsejó que renunciara a tal pretensión, pues perdería todo su patrimonio y se hipotecaría de por vida. Su esposa, consciente de lo que aquello suponía, momentos antes de perder la consciencia por la debilidad de la fase terminal de la enfermedad, le dijo que no merecía la pena, que sería un disparate y que cuantos se había aconsejado estaban en lo acertado, y era de sentido común.

           El joven, desoyendo a todos, optó porque se llevará a cabo la intervención quirúrgica.

           La operación no resultó.

           Un instante antes de morir, la joven esposa, aún pudo abrir los ojos, y mirándole con un hilo de voz le pudo decir dulcemente:

           —¡Oh, amor mío…! ¡Estaba segura que lo harías!

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Quien no da (la vida) está muerto.

 Solo se tiene verdaderamente lo que se es capaz de dar.

Tener la capacidad de desprenderse de cualquier riqueza, es la mayor riqueza, la única riqueza verdadera, que solo unos pocos poseen.

Si somos incapaces de dar un trozo de pan, ¡cómo para dar la vida!

“Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8). Dar lo que se tiene, teniéndolo como un mendigo agradecido. Nadie da verdaderamente sin ser mendigo. Cuando somos y tenemos, el ser y la vida y la capacidad de amar se dado por el Dador, Dios creador, generosa y gratuitamente. “Yo no puedo darte nada que Tú mismo no me hayas dado.” (Santa Catalina de Siena[2])

“Dad y se os dará” (Lc 6,38). La medida de lo que recibamos depende de lo que hayamos dado. No tanto por merecimiento o por un “do ut des” (doy para que me des), sino por la disposición a la gracia que opera y a la vez dispone y abre a seguir recibiendo lo que ya antes de nada  y como gratuidad se nos está dando.

Dar con la gracia, con Cristo, con el “sin mí no podéis hacer nada” es humildad, es no apropiación, es la verdadera generosidad; se desprende hasta del bien hecho por no ser propiamente suyo; es liberador y salvador. Solo Cristo puede dar la libertad, hacer libres, para amar. Nos atan tantas cosas…, que nos es imposible intentar un gesto de amor, pues carecemos de las fuerzas necesarias.

“Amar a alguien por é mismo, es amarle por su miseria y no por sus cualidades.”[3], y amarle sin medida. En mundo no comprende este amor, porque no es de este mundo, pertenece al orden de la Caridad, que es mundo de la vida Trinitaria, el Reino de Dios.

El amor es contrario a todo —paradójicamente—, pues cuanto más se da, no es que disminuya como ocurre con cualquier realidad, sino que crece. Cualquier cosa que se da, mengua; el amor, en cambio, crece. Quien da hasta la vida cree hasta la vida eterna.

 

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[1] GIBRAN JALIL GRIBRAN: El Profeta, EDAF, Madrid,1986, p.33.

[2] UNDSET, S.: “Santa Catalina de Siena”, Ed. Orbis, Barcelona, 1983, p.234.

[3] MOLINIE, M.-D.: El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.26.

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