Migración

“Angels Unawares”, vaticannews[1]
Ante el hecho —problema— de la migración, el mundo no puede volverse de espaldas e ignorarlo, sin atreverse a darlo una solución. Y especialmente la Iglesia Católica ha de dar un paso al frente y tirar de las naciones privilegiadas del mundo para que se afronte de una vez por todas ese drama.

El mundo no puede permanecer insensible, con el corazón anestesiado, globalizando la indiferencia, ante la miseria de tantas personas inocentes.

Los creyentes cristianos hemos de tener muy presentes que nuestros orígenes son migratorios, desde que Dios le pide a Abraham que saliera de su tierra, hasta la petición a San José de que huyera a Egipto con Jesús y María para salvar al Niño.

Pero no sólo por esto, hemos de mirar con especial atención a este asunto, sino porque es mandato divino (es decir, que nuestro amor a Dios pasa por ahí) que amemos al prójimo como a nosotros mismos. El prójimo más prójimo es el forastero y necesitado (el pobre, el desamparado, el débil, el desheredado, el descartado, el enfermo, el migrante, etc.). Es por lo tanto, imperativo imposible de esquiva el no desentenderse de esta desgraciada gente, hermanos nuestros, que se ven en la imperiosa necesidad de tener que abandona su tierra -por las razones que sean: persecuciones, hambrunas, etc.-. Esto poco importa, lo relevante es que la fe cristiana nos obliga a un amor activo y verdadero. Como decía el papa Francisco: «Esta preocupación amorosa por los menos favorecidos se presenta como un rasgo distintivo del Dios de Israel, y también se le requiere, como un deber moral, a todos los que quieran pertenecer a su pueblo»[2].

Hay que reconocer que son en los círculos especialmente católicos (ONGs cristianas, Caritas, parroquitas, monasterios, etc.)  que están proporcionando asistencia a los extranjeros que en Occidente llega a sus países. La respuesta a las migraciones es «acoger, proteger, promover e integrar». Pero hay que hacer más; hay que hacer más que estas acciones de asistencia movidos por el amor misericordioso y de justicia; hay que dar soluciones[3] de profundo calado a estos actuales importantes flujos migratorios.

Mientras tanto, «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). No se trata sólo de migrantes, también se trata de nuestros miedos. La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta «nuestro miedo a los «otros», a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros… El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro.

«No se olviden de practicar la hospitalidad, ya que gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles» (Hb 13,2).

Recemos a la Madre, a María, para que interceda por todos: por los migrantes y por los que hemos de ser hospitalarios.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] “Angels Unawares”, escultura de bronce y arcilla, situada en la Plaza de San Pedro para que recordara a todos el desafío evangélico de la acogida. Representa a un grupo de migrantes de varias culturas y diferentes períodos históricos. Ellos están juntos, hombro con hombro, acurrucados en una balsa. Dentro de esta diversa multitud de personas, las alas de un ángel emergen del centro, sugiriendo la presencia de lo sagrado entre ellos.

[2] Homilía en la Misa de la 105 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 29 de septiembre.

[3] Sobre las soluciones pueden ver artículos anteriores al respecto, que puede encontrar en la categoría de migración. No obstante, en próximo artículo sobre este tema trataremos sobre las soluciones estructuras a tan sangrante asunto.

 


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