«¿Qué mandáis hacer de mí?» (Santa Teresa)[1]. «No rogamos que Dios quiera, sino que nos enseñe y nos dé fuerzas para cumplir lo que El quiere» (San Agustín).
«Mi ansia de verdad era una oración continua… La donación total de nuestro corazón a Dios y la donación que él hace de sí mismo como retorno… Transformar nuestra vida en la suya» (Santa Edith Stein)[2]. «Rezar es cambiar la figura, es ser configurado en Dios como Cristo transfigurado delante de sus Apóstoles»[3]. ….. Hay quien «reza» para cambiar la voluntad de Dios, a que se avenga a la nuestra; cuando la verdadera oración es la que pide a Dios que nos cambie para hacer su voluntad. La oración es apertura y encuentro con Dios, es donación y disposición a El, a su gracia, permitir que fluya en nosotros, que su Amor nos transforme en amor; que sintamos su Bondad para ser bondadosos. La oración es acoger cuanto se nos da, para darlo. Si la relación con Dios, si la búsqueda de su voluntad en la oración, no afecta a nuestra relación de cada día con los demás, hay que empezar a dudar. Si la oración no se traduce en deseo de consumación, en transformación, en acción,… Entonces tenemos que revisar nuestra oración, nuestra relación con Dios y «nuestro» Dios. …..
Si al salir de la oración nuestra voluntad no se ha identificado con la voluntad de Dios, la oración no ha servido para nada (cf. Santa Teresa). Si le preguntas a cualquiera ¿qué es orar? Te contestará: hablar a Dios. Y es más bien lo contrario: escucharle. Ponerse en oración ex-ponerse en actitud de escucha. Dios habla claro y breve; y nosotros escuchamos mal y tarde. Y esto hay que tenerlo muy presente y estar en constante revisión y conversión. La oración no es doblegar la voluntad de Dios, que se avenga a hacer lo que nosotros queremos y le pedimos; sino en llegar a hacer realidad el «hágase tu voluntad, y no la mía«. Lo cual puede llevar mucho tiempo y dolor. La voluntad de Dios es mejor que la nuestra; por lo tanto, la oración es saber cuál es la voluntad de Dios y hacerla. No hay nada más urgente, importante y santo que hacer la voluntad del Señor. Un hombre sin oración es como una apisonadora: que hace aquello porque cree que es lo mejor; cuando lo mejor es la voluntad de Dios. En la oración, pues, hemos de desear fervientemente que nuestra voluntad se identifique con la de Dios, que siempre sabe y quiere lo que nos conviene. La gracia de Dios no le va a faltar a quien tenga esa disposición. Hay que creer esto ciegamente. Llevar esa confianza hasta la audacia, y perseverar. Dios nos abrirá los oídos, y se hará escuchar. Confiarse así nos es difícil cuando estamos tan impedidos por nuestra mentalidad de adultos. Tan sólo nos cabe ponernos de rodillas y mendigar esa gracia. Aunque tal vez tenemos miedo a pedir, porque lo que Dios da nos pesa demasiado, y tenemos miedo, miedo a que se le ocurra darnos la gracia que pedimos, y máxime teniendo la certeza de que nos la va a dar. Entonces retrocedemos, preferimos estar así, «tranquilitos», sometiendo a Dios a nuestro ritmo, que nada nos altere y perturbe en la «paz» que hemos hecho a nuestra medida, preferimos marcar el paso, que sea El quien nos siga, en lugar de seguirle nosotros a El, pues presentimos temerosos, inquietos, la cruz.
[1] Poesías, 5. [2] Sermón del Monte, 2, 6,21. [3] GERMAIN GUILLOT, M., en DA, p.189. |
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

