«Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11).
La Natividad de Jesús, su onomástica o cumpleaños, es lo que se celebra en estas fechas, aunque no lo parezca.
El mundo occidental cristiano otrora, se ha paganizado hasta el extremo de no reconocer lo que acontece y a lo que se debe estas celebraciones, que es ni más ni menos que esto:
«María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2,7). La Virgen nos dio la Luz.
Pero y como dice se dice al final versículo: «no había lugar…»: El Hijo de Dios tuvo que nacer en un establo porque los suyos no tenían espacio para él. «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Ttal y como ocurre hoy día no hay lugar, hueco en nuestros corazones para albergar al Señor, como acogerlo dentro de nosotros.
Para muchos no hay qué celebrar, sus festejos carecen de contenido, pues sin Jesús no hay Navidad. Por ello, ahora se felicita el personal con un «Felices Fiestas», y sus crismas y felicitaciones, son neutras, sin contenido referencial al acontecimiento del nacimiento de Dios entre nosotros. Se ha prescindido de cualquier simbología religiosa, las decoraciones, luces, etc., son abstractas, sin significación cristiana; la música y canciones, lo mismo, ya no se oyen villancicos. etc., etc.
Qué distinto a lo que decía el gran poeta Juan Ramón Jiménez: «¡Señor del cielo, nace y esta vez en mi alma !»