KAZANTZAKIS, N., El pobre de Asís

Tras las celebración de la festividad San Francisco de Asís, este domingo les ofrecemos fragmentos del libro de Nikos Kazantzakis (1883-1957), El pobre de Asís[1]; en su mayoría anécdotas (intuiciones personales del escritor, no propiamente reales) referidas al fundador de los franciscanos, llenas de belleza literaria y espiritual.

         Era de noche cuando volvimos a la casa. Durante el camino, habíamos hablado de piedras, cal y herramientas. Era como si habláramos de Dios y  la salvación del mundo por primera vez comprendí que tras el más humilde menester se teje el destino del hombre. También Francisco estaba profundamente conmovido. Sentía que no hay tarea grande o pequeña y que poner un guijarro sobre un muro derruido es apuntalar el mundo todo que amenaza derruirse, es sostener el alma que vacila… 57

 

             No hay mayor alegría -me dijo Francisco- que la de obedecer la voluntad de Dios.

         Porque en el fondo de mostros mismos no deseamos sino lo que desea Dios. Sólo que lo ignoramos. Entonces el Señor desciende en nosotros, despierta nuestra alma y le señala lo que desea sin saberlo. Ese es el secreto, hermano León. Obedecer a la voluntad de Dios significa obedecer a nuestra voluntad más secreta. En el fondo del mas indigno de los hombres domina un servidor de Dios. 82

 

         Un puñado de huesos y de carne enteramente habitada por Dios. 97

 

         La tempestad puede aullar en él y el mundo precipitarse en el abismo, pero su espíritu permanece lúcido y calmado, te lo juro por mi alma. 106

 

        —Dios exige demasiado del hombre -protesté y lentamente retire las alforjas de mis hombros—. ¿Por qué es tan inhumano con nosotros?

         -Porque nos quiere —respondió Francisco—. No te quejes. 110

 

         -Francisco no ha dormido en toda la noche; ha rezado. Una gran llama ardía en su rostro. 114

 

         La menor pieza de oro pesa sobre el alma, y le impide volar… 117

     

         Cuando en el corazón del invierno el almendro se cubrió de flores, todos los demás árboles se pusieron a gritar: “¡Qué fatuidad, qué presunción! ¡Quizá se imagina que podrá adelantar la primavera!” Y el almendro se avergonzó. “Perdonadme, hermanos”, dijo, “os juro que no lo he querido. De pronto he sentido como una cálida brisa de primavera en mi corazón y…” p.165.

 

         ¡Santa Dama Pobreza, tú eres nuestra única riqueza! 185

 

         Se había reunido a los ancianos y enfermos en una mezquita.  Francisco iba a consolarlos y hacerlos compañía. L enfermedad había vuelto ciegos a la mayoría de ellos (….) Un día contrajo la enfermedad.

           —¡Te lo había previsto, te dije que no te acercaras demasiado! —me permití observarle un día.

       —Eres infinitamente sensato, hermano León —me respondió—. Todo lo que dice es más sensato de lo necesario. ¿Nunca te decidirás a “saltar”? ¿Siempre caminaras? 198

 

 

         Un día el hermano Bernardo y el hermano Pedro fueron a visitarnos.

         Los tres se abrazaron y permanecieron largamente enlazados. Después se separaron sin pronunciar una sola palabra y los dos hermanos desaparecieron tras los árboles del bosque.

         Cuando los dos nos quedamos solos, me senté junto a Francisco.

        —¿Por qué no habéis hablado, hermano Francisco? —pregunté incapaz de contener mi lengua—. No os veíais desde hace mucho tiempo. ¿No teníais nada que deciros?

        —¡Cómo! —dijo, sorprendido—. No hemos hecho otra cosa que hablar todo el tiempo. Nos lo hemos dicho todo…

         —No he oído nada.

          Francisco sonrió:

        —¿Con qué oídos escuchabas, hermano León? ¿Con los de arcilla, esos que se enrollan a la izquierda y derecha de tu rostro? Pero debiste escuchar con los otros, los de dentro… 244

  

          Una mañana, Egidio, uno de nuestros hermanos preferidos, volvió de una lejana misión. (…) se sentó en el suelo y nos contó, riendo, lo que había soportado ruante sus peregrinaciones.

        —A menudo —nos dijo—, me gritaban porque me tomaban por un loco. Otras veces, creyendo encontrárselas con un santo, se prosternaban ante mí. “No soy un santo ni un loco”, les explicaba yo. “Soy un pecador a quien el padre Francisco conduce por el camino de la salvación.” Entraba en las aldeas con una cesta de higo o de nueve so de frutos silvestres. “El que me dé una bofetada tendrá un higo”, decía. “El que me de dos bofetadas tendrá dos higos.” Entonces los campesinos corrían, me llovían los golpes y vaciaban la cesta. Después volvía a llenarla para ir a otra aldea.

            —¡Ten mi bendición hermano Egidio! —dijo Francisco­. ¡Me gustas! 251

 

        Y en verdad, fue sólo entonces cuando observé su metamorfosis. Su rostro resplandecía, sereno, bienaventurado, y una dulce claridad nimbaba su cabeza, sus pies y sus manos centelleaban… 302

 

         Un día, durante el invierno, mientras paseábamos bajo las encinas del Alverna, un lobo hambriento surgió delante de nosotros. Francisco se acercó y le habló tranquilamente y con dulzura, como a un amigo: “Hermano lobo, gran señor de la selva, danos permiso para pasearnos bajo tus árboles (…).

         Al oír la voz tranquila de Francisco, el lob se apartó dócilmente y os dejó pasar. 313

  

         La Navidad era, de todas las grandes fiestas, su preferida. Un año la Navidad cayó en viernes. Como uno de los nuevos  hermanos rehusaba comer carne ese día, Francisco lo invitó a sentarse a la mesa, a su lado.

        —Hermano Morico —le dijo—, no hay vienes que importe cuando es Navidad. Si las paredes pudieran comer carne, se la ofrecería para que también ellas pudieran festejar el nacimiento de Cristo. Por lo demás, aunque no p0uedan comer, haré que la prueben.

         Y diciendo eso, tomó un trozo de carne y frotó con él las cuatro paredes de la Porciúncula. Después volvió a sentarse satisfecho. 313

 

         Apenas acabó de hablar cuando Gennadio, uno de los más candorosos y de los más amados entre nuestros hermanos, se mostró en el umbral, descalzo, cubierto de heridas pero feliz.

         Gennadio debía de tener un mensaje importante para transmitirnos, porque ese día sus ojos brillaban. Se enjugó la boa con el dorso de la mano y empezó así:

        —Vengo de Rimini, padre Francisco. Lo que he visto y soportado a mi llega es indescriptible. En las aldeas, los campesinos, hombres y mujeres, corrían y se apretujaban a mi alrededor para besarme la mano. Me llevaban también enfermos para que los curara. (…) Un cía, pues, mientras me acercaba a la aldea vecina a Rímini, supe que la multitud se había puesto en marcha para recibirme. ¿Qué piensas que hice? Dos niños se mecían: habían puesto un leño a través de otra y, sentándose en los extremos, se balanceaban. Corro hacia ellos. “Hijos míos, jugaré con vosotros. Sentados los dos en un extremo y yo me sentaré en el otro.” Al fin llegaron los peregrinos, conducidos por un sacerdotes que llevaba un evangelio encuaderno en plata y un hisopo de agua bendita. Al verme jugar fruncen el ceño y esperan a que termine para recibir mi bendición y hacerme curar a unos enfermos que habían llevado hasta allí. Pero yo no  tenía la menor intención de abandonar el tobogán. Al fin, después de esperar un  buen rato: “No es un santo, éste”, gritan, fuera de sí, “¡es un loco! ¡Vayámonos! Y partieron. Yo no pedía otra cosas. Bajé del  tobogán y seguí mi camino hacia Rímini.

        Francisco se echó a reir.

      —Yo te bendigo, hermano Gennadio. Más vale que nos tomen por locos que por santos. En eso consiste la verdadera Humildad. 319

 

    —”Quien vive con los lobos debe ser un lobo y no un cordero”, eso has dicho, eso dicen todas las personas sensatas. Por yo tengo la locura, la nueva locura de que me ha dotado Dios, y digo: “Quien vive con los lobos debe ser un cordero, aunque lo devoren.” 348

 

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[1] Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1973.