En una deliciosa y aguda entrevista radiofónica, el filósofo Fernando Savater fue preguntado sobre la Inteligencia Artificial (IA). Su respuesta fue ingeniosa y sorprendente, cuando confesó que apenas conocía esta moderna herramienta, pero que más que preocuparle la IA, le preocupaba sobremanera la “estupidez natural” de la que sí tenía conocimiento en su larga experiencia docente. Me pareció provocativamente ajustado a la cruda realidad
Por eso, bienvenida esa herramienta de la IA que bien usada nos reporta tantos avances en el campo científico y social (medicina, artes, retos actuales, etc.), pero debemos reconocer que sus capacidades computacionales representan sólo una parte de las posibilidades de la mente humana, sin poder realizar el discernimiento moral o la capacidad de relaciones auténticas. Dado que la IA no tiene «la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas» (Antiqua et nova, 32-33). Y es que, Dios no nos hizo máquinas, sino tan a su imagen que nuestra semejanza se le parece en lo más hermoso: el corazón.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Publicado el 09/02/2025
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