La iglesia ha de mantenerse firme en sus principios indeclinables. No caben componendas, que echen agua al vino del Evangelio. Aunque cueste «sangre», no se ha de licuar la doctrina mimetizándose con la sociedad líquida. Aunque haya poderosas razones —»que nunca las ha de dejar de haber»— no hay que dar un paso atrás; tampoco un paso más allá de donde se marca el límite de la fidelidad.
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