Habíamos perdido la guerra. No estoy hablando de una falta de éxito. Al contrario, habíamos adquirido la costumbre de dormirnos en la comodidad y los éxitos hasta que una enfermedad, un accidente, un hecho distinto, un mal sin lucha ni enemigo nos hace perder la calma, como cuando nos deja colgado el ordenador, en una insignificancia por debajo de lo absurdo.
Nos habíamos ablandado, habíamos perdido la virilidad, nos habíamos reducido al estado de niños mimados que tienen una rabieta, de títeres preocupados por su cardio-training, de peluches adictos a la pornografía. Nos contentábamos con una paz impuesta y no nos importaba el precio que se había pagado por la devastación o los «daños colaterales» causados por la misma. Pero «la paz es obra de la justicia», dice Isaías, y es normal que cuando rechazamos este combate por la justicia, nuestra paz aparente nos estalle en la cara. Y entonces callejear ya no es algo evidente, como les sucede a los caminantes desganados. La guerra nos ha alcanzado. Ya es algo, si queremos despertarnos. Pero esta guerra, ¿la ganaremos? ¿Combatimos el «buen combate», según la expresión de San Pablo? Si no recuperamos esta virilidad guerrera, la que hacía cantar a San Bernardo la «alabanza de la nueva milicia», habremos perdido (…) El cristianismo que proponemos ya no tiene heroicidad ni caballería (y eso que Tolkien está con nosotros), sino que se reduce a amables consejos cívicos y a comunicación no violenta.
por Fabrice Hadjadj Publicado en Famille Chrétienne. Fuente y texto completo: https://www.religionenlibertad.com/opinion/46111/hay-que-coger-la-espada-para-extender-el-reino-del-amor.html |
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