Newman, Benson y la gran apostasía

Lo que Newman estaba advirtiendo sobre la apostasía es que surgirán EN LA IGLESIA hombres inicuos que persuadirán a muchos para hacer alianza con los paganos que nos rodean.

“La gran apostasía se desarrolla ante nuestra vista, apenas recubierta con artificios tranquilizadores”.

En 1908, apareció la novela El amo del mundo (The Lord of the World) de Robert Hugh Benson, la conmoción de la sociedad británica, barnizada de hipocresía victoriana, fue tremenda.

La influencia del beato John Henry Newman en la conversión de Benson – como en las de G.K. Chesterton y Ronald Knox – fue decisiva.

De El amo del mundo  interesa especialmente el tratamiento de la gran apostasía religiosa de la etapa anticrística, porque muchos católicos “eclesiásticamente correctos” siguen negando sin rebozo que nos encontremos metidos en esa etapa… Recordemos los silencios contrariados que suscitó el comentario del Papa Benedicto XVI (el día 11 de marzo del 2012) sobre el anticristo. Por ello puede ser muy útil recordar algunos planteamientos de la novela de Benson, auténticamente proféticos: Como veremos, la realidad actual supera ampliamente aquella ficción. Pero, aun así, hay que inclinarse ante su  perspicacia.

En el primero de sus sermones (El tiempo del Anticristo), Newman decía literalmente que “el hombre de pecado nace de una apostasía, o por lo menos accede al poder por medio de una apostasía, o es precedido por una apostasía, o no existiría si no fuese por una apostasía” (p. 35). El beato enumeró prudentemente esas distintas posibilidades, sin excluir que se dieran todas juntas. Pero, antes, había citado como ejemplo de apostasía unos hechos relatados en el libro de los Macabeos: “En aquellos días surgieron en Israel hombres inicuos, que persuadieron a muchos diciendo: Vamos y hagamos alianza con los paganos que nos rodean, puesto que desde que nos separamos de ellos nos han sobrevenido muchas penalidades. Este consejo les pareció bien” (1 Mac 1, 11-13). Texto sugerente porque, siendo Israel figura  de la Iglesia, lo que Newman estaba advirtiendo sobre la apostasía es que surgirán EN LA IGLESIA hombres inicuos que persuadirán a muchos para hacer alianza con los paganos que nos rodean; aduciendo lo penoso que resulta separarse del mundo… Y Newman ya había fundamentado esta profecía apuntando el “enfriamiento de la caridad” previsto por Jesucristo (Mt 24, 12) como su causa profunda. Se engañarían, sin embargo, quienes equivocasen tal “enfriamiento”, porque lo que el Señor estaba avisando es la perversión de la caridad, que se “enfría” cuando es desconectada del fuego divino: Porque el Amor, con mayúscula, consiste en guardar los mandamientos de Dios (1 Jn 5, 3); y la perversión apóstata y anticrística de la caridad es precisamente tratar de “humanizarla”, rechazando, rebajando u ocultando la norma divina.

Lo cierto es que Benson, al predecir la tiranía humanista, escribe que “se llevaría a cabo mediante la integración de los individuos dentro de la familia; de la familia en el Estado, y de los estados nacionales en el gran Estado universal” (página 29).

No era concebible la destrucción de la familia, de los afectos naturales y de la diferenciación de los sexos. No poseía una intelección completa de la inspiración preternatural del positivismo; ni de su horizonte final de culto demoníaco apenas disimulado. Las políticas de ingeniería social impuestas a las naciones occidentales; la abolición institucional de la familia, las aberraciones de género, la normalización (conversión en norma) de la eutanasia, de la eugenesia, del incesto y del genocidio de inocentes en un mundo convertido en altar planetario de Moloch; eran atrocidades inimaginables a comienzos del siglo pasado. La trituradora espiritual y social de finales de siglo no podía ser prevista ni desde las mentes más calenturientas: ¿Qué habría dicho Benson si alguien le hubiese adelantado las actas parlamentarias del 2012 ordenando la supresión de los términos padre y madre en todos los documentos oficiales del Reino Unido?   

La hostilidad anticristiana hace diana, aunque se quede corta: “Las controversias por motivos ideológicos de creencias, podían ser tenidas como la más grave herejía y el mayor obstáculo para conseguir una línea de progreso…” (página  29). Nótese esta previsión de una mentalidad para la cual lo condenable e injusto no es el error, sino la controversia en tanto que polémica, es decir, para que se entienda, el escándalo suscitado por la proclamación de la verdad.

Benson jamás habría podido sospechar los extremos actuales: ¿Qué habría dicho si hubiese podido leer, por ejemplo, el informe del Homeland Security/FBI, publicado por el Huffington Post (14-4-2009) en el que se incluye entre los “grupos potencialmente terroristas” a los activistas y movimientos pro-vida, a los creyentes en dogmas teológicos y -¡nada menos! – a los difusores de “teorías conspiratorias mundiales” o de “mensajes apocalípticos”?

En lo tocante a la apostasía eclesiástica es donde la anticipación de Benson se vuelve prodigiosa: Llega a predecir un documento amenazador que, “bajo el inocente título de Petición, solicitaba del arzobispo el derecho a relajar la disciplina… La propuesta venía firmada por ciento veinte sacerdotes galeses e ingleses” (página 111). Pero su ficción se queda  corta. Aquel supuesto derecho a relajar la disciplina, aun siendo sintomático, sería menos grave que un llamamiento público a la desobediencia en temas morales y religiosos básicos. La “Llamada a la desobediencia” de Helmut Schüeller, hecha pública en junio del 2011 la encontramos suscrita por trescientos sacerdotes austríacos; aunque la desobediencia en las iglesias del centro de Europa compromete hoy a varios miles. Es sorprendente que en 1908 pudiera predecirse un desafío parecido. Benson seguidamente dice que “los obispos empezaban a vacilar” (página 143). La pérdida de discernimiento y la adaptación acrítica al mundo, afectando a las jerarquías, era algo que se resistía a entrar en su cabeza. Porque hace un siglo resultaba muy difícil anticipar el poder envolvente, seductor (cf. 2 Ts 2, 11) que alcanzaría la normalización de la aberración. Cuando Benson relata el ofrecimiento al gobierno de “un grupo de personas con experiencia en asuntos de culto para coordinar las liturgias humanistas” (página 152) no especifica, prudentemente, su rango eclesial. Ese culto es descrito como una representación no cristiana aunque servida por apóstatas.

La confusión deliberada, que se mantiene hasta la fecha, entre la HR4892 y la HR3200, no puede disimular el hecho de que se haya debatido una ley que haría obligatorio el implante corporal de microchips para acceder a los servicios “de salud” nortemericanos… Si Benson hubiese contemplado, como nosotros, los manejos de la empresa Applied Digital – propietaria de la Very-Chip – en el entorno legislativo y sanitario de los Estados Unidos, no tendría la menor duda de que se prepara la implantación literal de la “marca en la mano y en la frente” prevista en el capítulo XIII del Apocalipsis.

Pero Benson vivía una etapa diferente: Había entendido muy bien la afirmación de Newman, esta sí auténticamente evangélica, de que “toda generación de cristianos debería escrutar el horizonte desde una atalaya, cada vez más intensamente a medida que el tiempo transcurre” (4º sermón). La enajenación escatológica colectiva quedaba también fuera de sus previsiones. ¿Cómo hemos podido llegar a despreciar el retorno del Señor que durante siglos alimentó el kerigma? La causa hay que buscarla en un egoísmo atroz que nos hace indiferentes al restablecimiento de la justicia en el mundo. Es triste que Jesús haya tenido que lamentarse  a una confidente (que mis lectores conocen muy bien: VDCJ – página 219): “Lleváis veinte siglos preparándoos para mi Venida, y ved como a punto de tener lugar, nadie la espera ya. ¿Por qué no observáis los signos de los tiempos? Toda carne profetizará (Jl 2, 28)”.

La Iglesia descrita por Benson no se doblaba ante el poder avasallador del mundo. En el nudo mismo de su novela, el escritor ponía en labios del Papa un discurso de contradicción frontal: “Reiteramos una vez más – escribió – las mismas condenas dictadas por Nos o por Nuestros predecesores, contra todas las sociedades, organizaciones o comunidades que han sido fundadas para lograr la unidad de los hombres sobre unas bases opuestas a las queridas por Dios” (página 145).

Para ese momento, ahora inminente, en que la desolación parecerá triunfante y el santuario profanado (Dn 5, 1-4) nos puede servir también la oración maravillosa que Benson puso en los labios de su protagonista: “Yo mismo, Señor, sin tu Gracia, me encontraría sumergido en la desdicha y rodeado de tinieblas. Tú solo eres quien me sostiene y me salva. Infunde y termina tu obra en mi alma. No permitas que desfallezca ni siquiera un instante. Si me dejas de tu mano, caeré en lo más profundo del abismo” (página 51).

J.C. García de Polavieja P.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/22588/newman-benson-y-la-gran-apostasia.html


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.